Cada 40 segundos ocurre un infarto de miocardio en el mundo, una de las principales causas de mortalidad global. Aunque no es posible eliminar por completo el riesgo, especialistas de Cleveland Clinic subrayan que incorporar hábitos saludables en la vida diaria es clave para proteger el corazón y reducir la probabilidad de episodios cardiovasculares.

Peso saludable y alimentación: primeras barreras de protección

Mantener un peso adecuado figura entre las primeras recomendaciones. El índice de masa corporal (IMC) permite determinar si una persona presenta obesidad o sobrepeso, condiciones asociadas a un riesgo cardíaco elevado. La grasa abdominal suele indicar mayor acumulación de placa en las arterias, lo que incrementa la posibilidad de un infarto.

El cardiólogo Luke Laffin señala que bajar incluso algunos kilos puede mejorar la salud del corazón y disminuir las probabilidades de infarto.

En cuanto a la alimentación, la dieta mediterránea se considera el modelo recomendado. Frente a los alimentos ultraprocesados —con alto contenido de grasas saturadas, azúcares y sal— este patrón prioriza frutas, verduras, cereales integrales y grasas saludables provenientes del pescado, los frutos secos y las semillas.

“Esta forma de comer mejora el colesterol y la presión arterial, y también disminuye el riesgo de accidente cerebrovascular y de infarto”, afirmó Laffin.

Por el contrario, las comidas rápidas y frituras favorecen la acumulación de placa, lo que puede bloquear el flujo sanguíneo y derivar en problemas cardíacos graves.

Ejercicio, controles médicos y abandono del tabaco

La actividad física regular es esencial en la prevención cardiovascular. La Asociación Americana del Corazón recomienda al menos 150 minutos semanales de ejercicio moderado o 75 minutos de alta intensidad. Según Laffin, ejercitarse entre dos y cinco veces por semana fortalece el músculo cardíaco y mantiene las arterias flexibles.

El ejercicio ayuda a disminuir la presión arterial, mejorar el colesterol y controlar el peso corporal. Además, los controles médicos periódicos permiten anticipar complicaciones: medir la presión arterial al menos una vez al año y analizar los niveles de colesterol cada cuatro a seis años.

La glucosa en sangre es otro valor fundamental, ya que la diabetes puede duplicar el riesgo de afecciones cardíacas.

El control de enfermedades crónicas es igualmente relevante: 1 de cada 3 adultos padece hipertensión, el colesterol elevado afecta al 39% de la población mundial y la diabetes alcanza aproximadamente al 10%.

Abandonar el tabaco es fundamental. El humo del cigarrillo contiene más de 7.000 compuestos tóxicos capaces de provocar aterosclerosis. “Dejar de fumar o evitar ese hábito es fundamental para proteger el corazón”, enfatizó Laffin. El vapeo también incrementa el riesgo cardíaco.

Estrés, sueño y factores no modificables

La moderación en el consumo de alcohol representa otra medida efectiva. Ingerir tres o más bebidas en una sola noche eleva la presión arterial al día siguiente y, si se vuelve habitual, aumenta el riesgo de infarto. Cleveland Clinic recomienda que los hombres no superen dos bebidas diarias y las mujeres, una.

El estrés crónico puede dañar las arterias y aumentar la presión arterial. Laffin sugiere prácticas como la meditación o el apoyo psicológico.

Dormir lo suficiente también es un pilar de la salud cardíaca. Quienes sufren insomnio presentan hasta un 70% más de probabilidades de experimentar un infarto. El intervalo recomendado es de siete a nueve horas de sueño por noche.

Existen factores de riesgo que no pueden modificarse, como los antecedentes familiares, la genética o el envejecimiento. Sin embargo, modificar los factores de riesgo sigue siendo la mejor estrategia para mejorar la salud a largo plazo.

Conclusión

“Adoptar medidas preventivas mediante la modificación del estilo de vida y el control de los factores de riesgo es clave para reducir la incidencia de infartos”, concluyó Luke Laffin en diálogo con Cleveland Clinic.

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