Los primeros viajeros interestelares de nuestro planeta podrían ser los tardígrados. Unas criaturas, por cierto, que ya han sido expuestas más de una vez, y con éxito, a las duras condiciones del espacio. Miden alrededor de medio milímetro, pero que el tamaño no engañe. Se trata de algunos de los animales más resistentes que hay sobre la Tierra, y han demostrado ser capaces de sobrevivir tanto dentro como fuera de ella.

Hasta el momento, las naves que han abandonado el Sistema Solar pueden contarse con los dedos de una mano. Y todas ellas han tardado varias décadas en superar los 18.000 millones de kilómetros que es necesario recorrer para llegar al espacio interestelar. Ni que decir tiene que hasta ahora ninguna forma biológica ha viajado a bordo, pero eso podría estar destinado a cambiar en un tiempo relativamente breve.

De hecho, el proyecto de investigación Starlight, financiado por la NASA, está desarrollando una forma mucho más rápida de moverse por el espacio: velas solares impulsadas por potentes haces de rayos láser que podrían impulsar pequeñas naves, incluso, a un 10% de la velocidad de la luz. Con ellas, las enormes distancias que las sondas Voyager, por ejemplo, han tardado más de cuarenta años en recorrer podrían cubrirse en apenas unos días.

Hasta ahora, además, las anteriores naves de larga distancia solo han incluido mensajes, como el disco de la Voyager en el que se han grabado todo tipo de datos sobre la Humanidad y sus logros. Pero todo indica que pronto habrá más misiones fuera del Sistema Solar, misiones para alcanzar los sistemas planetarios más cercanos en plazos de tiempo razonables. Y eso abre la puerta a experimentar con organismos vivientes.

En un artículo publicado en ‘ Acta Astronáutica’, un equipo de investigadores dirigido por Stephen Lantin, de la Universidad de Florida, ha analizado cuánta comida se necesitaría en un viaje así para mantener con vida a diferentes especies, además de tener en cuenta factores como su peso, dimensiones y capacidad de resistir durante largo tiempo a la radiación espacial y a la alta aceleración a la que se enfrentarían durante tales viajes. Y los pequeños tardígrados han resultado ser las criaturas más adecuadas.

«Sería estupendo enviar humanos -asegura Lantin-, pero existen limitaciones biológicas que hacen más aconsejable el envío de otros organismos, al menos en los primeros vuelos. Se necesita mucha energía para enviar algo al espacio interestelar a las velocidades que proponemos, y para hacer eso se necesita una carga útil realmente pequeña». Por supuesto, el viaje sería solo de ida.

Llevar la vida a nuevas fronteras
«Nuestra capacidad para explorar el cosmos por contacto directo -escriben los investigadores en su artículo- se ha limitado a un pequeño número de misiones lunares e interplanetarias. Sin embargo, el programa Starlight de la NASA señala un camino a seguir para enviar pequeñas naves espaciales relativistas lejos de nuestro sistema solar».

Esas naves espaciales miniaturizadas «son capaces de exploración robótica, pero también pueden transportar semillas y organismos, lo que marca un cambio profundo en nuestra capacidad para caracterizar y expandir el alcance de la vida conocida».

Los tardígrados y el diminuto gusano Caenorhabditis elegans, otra especie candidata, tienen la ventaja de ser capaces de criptobiosis, una forma de hibernación extrema en la que los animales ralentizan radicalmente su metabolismo cuando se encuentran en condiciones adversas como la desecación o la congelación. Se cree que los tardígrados usan solo el 0.01 por ciento de su energía normal cuando están en criptobiosis, lo que les permite resistir en ese estado durante prolongados periodos de tiempo. Y ya se ha demostrado que sobreviven a los vuelos espaciales e incluso a la exposición al vacío del espacio, como han demostrado las pruebas en que se les colocó en el exterior de la Estación Espacial Internacional. Incluso podrían haber llegado a la Luna, como parte de la misión israelí Beresheet, que transportaba numerosos ejemplares y que el 11 de abril de 2019 se estrelló contra la superficie de nuestro satélite.

Según el artículo, los investigadores han explorado «los desafíos biológicos y tecnológicos de la biología espacial interestelar, centrándonos en microorganismos tolerantes a la radiación capaces de criptobiosis. Además, discutimos las preocupaciones de protección planetaria y otras consideraciones éticas de enviar vida a las estrellas». Para los autores, de hecho, enviar vida al espacio interestelar no entra en conflicto con las actuales regulaciones de protección planetaria, que se ciñen únicamente a los mundos y lunas de nuestro Sistema Solar.

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