Al ser proclamada candidata del Partido Socialista, Paula Narváez pronunció una frase que al redactar su discurso, debió imaginar sería el sello de su futuro programa:

“La política de lo posible no da para más, y debe ser reemplazada por una política de lo necesario”.

El dictum “la política es el arte de lo posible” (que Narváez, por lo visto, se propone derogar) se atribuye a Bismarck.

Lo que Bismarck dijo fue que la política, para funcionar, requiere ser resguardada frente a los excesos de lo imposible, porque si se cedía frente a estos últimos, el resultado era peor. En Chile, la frase fue casi la divisa de la transición. Y la pronunció Patricio Aylwin. Cuando él dijo que había que alcanzar la justicia “en la medida de lo posible” estaba diciendo exactamente eso: que no se trataba de pagar cualquier costo para obtener la justicia. La frase, pues, no representa una renuncia a perseguir lo que se estima deseable, sino que llama la atención acerca del hecho que en este mundo no se puede ganar en todos los frentes, sino que para obtener algo hay que sacrificar alguna otra cosa (entre otras razones, porque hay un opositor que persigue fines o usa medios distintos a los propios). No es que Aylwin creyera que la realidad fuera inamovible (algo así significaría renunciar a la vocación de cambiarla), lo que él creía era que para cambiarla había que tener en cuenta las consecuencias. En esto está de acuerdo un clásico como Weber, quien en su famoso discurso acerca de la vocación del político aconsejó en las últimas líneas perseguir una y otra vez lo imposible; pero, antes, tuvo el cuidado de decir que ello debía hacerse atendiendo a las consecuencias.

Y es que el profeta es quien desprecia las consecuencias; el político les presta atención.

Así entonces, ¿qué quiere decir —habría que preguntarle a Paula Narváez— con eso de que la política de lo posible no da para más?

Obviamente, no querrá ella decir que hay que perseguir lo deseable sin atender a las consecuencias, porque algo así no se llama política, sino flagrante irresponsabilidad. Son los fanáticos o los déspotas convencidos de sí mismos los que han dicho que se haga la justicia aunque el cielo se venga abajo. Tampoco querrá, es de esperar, repetir por enésima vez la idea —ampliamente extendida entre algunos sectores del Frente Amplio— que cuando Patricio Aylwin pronunció esa frase estaba en realidad confesando una claudicación y una renuncia. Algo así sería profundamente injusto con el propio Partido Socialista. ¿Qué quiso decir entonces Paula Narváez cuando dijo que la política de lo posible “no da para más”?

Sería útil que los periodistas (junto a las abundantes sonrisas que acostumbran prodigar a sus entrevistados) le dieran la oportunidad para que, con calma, explique esa frase.

Y al mismo tiempo, podría aprovechar la oportunidad de explicar lo que, en su opinión, debe sustituirla: la política de lo necesario.

Lo necesario en la literatura se opone a lo contingente. Lo necesario es lo que no se puede cambiar. Aristóteles da como ejemplo el orbitar de los astros. Así entonces, hablar de política de lo necesario puede significar hacer una política que por nada del mundo se modificará, una política cuyo diseño será tan firme como el orbitar de los astros. Así entendida la frase, Narváez querría decir que es hora de esgrimir ciertos fines sin abandonarlos, perseguirlos porfiadamente sin claudicar, empujar tras ellos bajo cualquier condición. Pero una frase como esa supone renunciar a lo que es más propio de la política democrática: la convicción de que los fines de la vida son competitivos entre sí, que alcanzar uno supone a veces renunciar a otro, que hay contrincantes cuya voluntad y cuyo punto de vista hay que tener en cuenta. En suma, que la política —de nuevo Bismarck, Weber— es el arte de reconocer los límites, de saber detenerse cuando las consecuencias lo aconsejan. Por eso la grandeza de la política —es el caso de Patricio Aylwin— es siempre una grandeza sombría.

Lo otro es más brilloso, pero no se llama política, sino fe religiosa.

Es probable que la frase no sea más que eso, solo una frase; una frase sonora en cuyo significado no se reparó demasiado, uno de esos párrafos que se imaginan para encender la audiencia confiando que ella lo oirá distraída. Ojalá. Porque malentender la política de lo posible como blandura o defección y pretender sustituirla por la prosecución irrenunciable de los propios fines —y pretenderlo en serio— sería, en realidad, desconocer en qué consiste exactamente la política.

Y claro, una candidata o candidato puede tener algunos defectos, pero hay uno que no es razonable: ignorar de qué se trata el empleo al que postula.

/Escrito por Carlos Peña para El Mercurio

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