El comienzo del nuevo año, como suele ocurrir, viene cargado de buenos deseos personales. En la vida política, como en el fútbol, por ejemplo, la situación es diferente. La mayoría de las veces las celebraciones de un lado van a la par con los lamentos del otro, así como el éxito electoral o deportivo es la otra cara de la derrota. Así terminó el 2021.

El año cerró con una victoria de Gabriel Boric en la elección presidencial del 19 de diciembre, que además de ser un triunfo personal tiene una indudable dimensión generacional. El Frente Amplio, que levantó un proyecto por fuera de la Concertación hace algunos años, logró elegir primero diputados y luego un senador; en la elección municipal tuvo algunos logros especialmente valiosos –en Maipú y Viña del Mar, por ejemplo– y su candidato ganó unas primarias que se presentaban cuesta arriba, contra el líder comunista Daniel Jadue, que a mediados de año encabezaba muchas encuestas. Finalmente, y mucho antes de lo esperado, un notorio éxito en la segunda vuelta presidencial le permitirá entrar por la puerta ancha a La Moneda, con más de cuatro millones de votos.

La centroderecha experimentó un año ambivalente, que comenzó con los desastrosos resultados del 15 y 16 de mayo en las elecciones para la Convención Constituyente, cuando no logró obtener el tercio necesario para ser relevante en dicha instancia. En esa misma ocasión sufrió derrotas importantes en las elecciones de alcaldes y concejales, tanto en algunas comunas que lideraba como en términos porcentuales. Los resultados en la elección de gobernadores también fueron pobres y entonces se pensó que vendría una larga noche para el conglomerado de gobierno. Las cosas comenzaron a cambiar el 18 de julio, con la gran participación en las primarias de Chile Vamos, en las que resultó elegido Sebastián Sichel. Pese a ello su candidatura se desinfló y fue José Antonio Kast quien pasó a segunda vuelta, tras obtener la primera mayoría el 21 de noviembre. Adicionalmente, en esa jornada las derechas lograron conquistar la mitad del Senado y una buena representación en la Cámara de Diputados. Por último, en la actualidad los tres partidos más grandes de Chile son Renovación Nacional, la UDI y el Partido Republicano, que superan el 10% de los votos.

La derrota más contundente la ha sufrido la antigua Concertación, que fuera tan exitosa electoral y políticamente durante décadas. El 2021 mostró importantes grados de descomposición institucional, sus primarias no se realizaron dentro del marco legal sino que emergieron de forma poco pulcra y sin respetar los procesos internos de sus agrupaciones. El Partido Socialista estuvo coqueteando con el Frente Amplio y el PC, aunque terminó compitiendo sin éxito con Paula Narváez como abanderada. Yasna Provoste logró tener cierto respaldo en las encuestas, pero fueron primarias con escasa participación y finalmente obtuvo el quinto lugar en la elección presidencial. Los partidos Por la Democracia, Socialista, Radical y Demócrata Cristiano estuvieron muy lejos de los resultados en la década de 1990, tanto en los comicios para la Convención constituyente en mayo como en las elecciones parlamentarias de noviembre. El caso del PDC es ilustrativa: hoy cuenta con menos de diez diputados y viene perdiendo cientos de miles de votos en cada elección parlamentaria. Para mayor claridad, es muy probable que el Partido Socialista se integre al gobierno de Gabriel Boric, con lo cual será primera vez en casi cuatro décadas en que el PS y la Democracia Cristiana optan por caminos políticos distintos, lo que grafica de forma mucho más clara el fin de una época.

La situación económica muestra signos ambivalentes. Por una parte, ha existido una recuperación del empleo y una gran expansión del consumo (y la consiguiente inflación), movido por los continuos retiros de los fondos de pensiones y por el IFE. Sin embargo, la incertidumbre económica es una realidad, como muestran algunos signos importantes –la fuga de capitales y el precio del dólar así lo ilustran–, en parte por la victoria de Boric y los riesgos de la nueva Constitución. Es verdad que han existido esfuerzos por “calmar a los mercados”, como suele decirse, pero las señales son ambiguas o contradictorias, pues a pesar del estilo del líder de Apruebo Dignidad en la segunda vuelta, todavía sus cercanos dicen que el presidente electo no ha variado ni sus convicciones ni su programa.

Sin perjuicio de todo lo anterior, hay una victoria que podríamos celebrar en conjunto, que con toda justicia puede llamarse nacional y corresponde a las políticas de Estado que parecen tan ausentes en los últimos años, y que son tan necesarias para el progreso de Chile. El éxito común –relativo y con dolores– ha sido la lucha contra la pandemia del coronavirus. Las vacunas, que arribaron por primera vez al país a fines del 2020, se convirtieron en un aliado clave a la hora de enfrentar la propagación y los efectos de la pandemia. De esta manera, Chile pudo disminuir contagiados y muertos, y se convirtió en uno de los mejores lugares del mundo para enfrentar el coronavirus, según ha sido reconocido por diferentes estudios internacionales. En esto el éxito del gobierno del presidente Sebastián Piñera es indesmentible, al igual que el trabajo serio y profesional del personal de salud a lo largo de todo el país. Adicionalmente, con el paso del tiempo ha ido desapareciendo la dinámica odiosa entre oposición y gobierno que marcó muchas discusiones sobre la pandemia, que ha dado paso al respeto a la ciencia y una manera profesional de enfrentar el inesperado adversario contra la vida y la salud de quienes habitan esta tierra.

No hay que cifrar demasiadas esperanzas en el próximo gobierno –ni en ninguno en especial–, aunque esperamos logre acuerdos positivos para el país. El progreso social requiere inversión, trabajo intenso, capacidad de integrar a los diversos sectores sociales al desarrollo, así como potenciar todas las regiones del país. La euforia que siguió a los comicios se entiende como parte de los procesos electorales, pero las grandes potencias no mejoran por cambios de gobierno, sino por instituciones sólidas y por ciertas virtudes que permiten a los pueblos salir adelante. El 2022 será un año clave para mostrar esas capacidades y superar los riesgos que se advierten en el camino. Así podremos tener un feliz año nuevo.

Por Alejandro San Francisco, profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de “Historia de Chile 1960-2010” (USS), para El Líbero

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