Karl Popper sostiene que el objetivo de la democracia no es responder la pregunta acerca de quién debe gobernar, sino que cómo se debe gobernar. El buen gobierno no descansa en encontrar personas con cualidades que las hagan intrínsecamente superiores para la conducción de los asuntos comunes, sino en la administración del poder subordinado a un sistema de reglas que lo limitan y lo hacen sujeto de control por los ciudadanos.

Esto que, dicho así, parece tan simple, es un ideal que la humanidad ha alcanzado muy recientemente y en muy pocos países; el horror que vemos a diario en Afganistán nos recuerda su excepcionalidad.

En el último tiempo, los chilenos nos hemos alejado progresivamente de esta noción y la hemos ido reemplazando por la concepción ilusa y primitiva de que nuestros problemas pueden resolverse simplemente sustituyendo a “los mismos de siempre” por auténticos representantes del “pueblo”, independientes que serían capaces de expresar el sentido común, de limpiar la política de aquellos que la tendrían capturada y colocar a los poderosos de siempre en el sitio que merecen.

El episodio de Ancalao, candidato presidencial de la Lista del Pueblo, vino a estrellarnos con la más antigua de las verdades: que el poder corrompe, que el ser humano, cualquiera sea su raza, credo o posición política, es sujeto de la tentación irresistible de aferrarse a los privilegios o de perseguirlos con la misma avidez que el náufrago busca la playa.

Esta misma semana vimos a la presidenta de la Convención Constituyente en el escenario del Teatro Municipal abriendo una gala y recibiendo un homenaje, por decir lo menos curioso, de parte de la P. Universidad Católica; sí, la misma que forma a la elite, de la que salieron los Chicago boys, cuna de nuestra cultura hétero patriarcal. ¿Tienen algo de malo estos episodios? Absolutamente nada, pero nos muestran la rapidez con la que los revolucionarios mutan en establishment, se adaptan a sus ritos y gozan de los privilegios de pertenecer al grupo dirigente. Así como la flexibilidad del poder establecido para recibir nuevos miembros, cuando cree que ese es el precio de conservar su posición.

Por todo esto es que creo en el poder limitado por el estado de derecho, en las sociedades organizadas en base a la libertad individual, así como repelo las burocracias que pretenden administrar los bienes, valores y proyectos de vida, como un gran árbitro que dirime la justa posición de cada uno.

Pero aquí no llegamos por azar. ¿Dónde están los conductores de matinal que endiosaron a delincuentes que quemaban el centro de Santiago? ¿Dónde están los columnistas que denunciaban desde su auto erigido pedestal de superioridad moral; dónde están los políticos que, acobardados, abrieron la puerta a estos “independientes”?

No le carguemos toda la culpa a Ancalao, tratemos de decirnos la verdad, aunque sea un ratito.

/Escrito por Gonzalo Cordero, abogado, para La Tercera

/gap