Cada año que comienza nos recuerda que la vida es una sucesión de ciclos, que a cada invierno le sigue la primavera, por ello la esperanza nos acompaña siempre, nada es definitivo, tanto terminan los años fastos como los nefastos. En este, que empezó hace pocas horas, una parte del país -la mayoría- espera con ilusión cambios que les traerán la justicia y el bienestar que, hasta ahora, se les ha escamoteado; la otra parte -minoría, pero significativa- teme que perdamos significativamente nuestra libertad, la economía se estanque y campee el populismo.

Mientras unos celebraron el comienzo del nuevo ciclo, otros esperamos con temor lo que viene. Pero, unos y otros, debiéramos tener presente que es solo un ciclo más, que las expectativas desmedidas conducen a la frustración y el pesimismo paraliza, de una manera que nos puede hacer perder tanto o más libertad que un mal gobierno.

Para los que creemos que un gobierno ideologizado, con un programa divorciado de la realidad, solo puede conducir a agudizar las dificultades y postergar su solución, este ciclo que comienza es uno de desafíos, de reflexión y acción -en ese orden- para construir la alternativa, para alertar de los errores, para encauzar la decepción hacia una nueva esperanza democrática y no permitir que se incube la frustración que conduce a la violencia y las tentaciones autoritarias, ya sea de los que ven que el poder se le escapa de las manos o de los que, perdida la fe en el camino institucional, creen que es mejor “cualquier alternativa”.

Sin embargo, quienes tienen la visión mesiánica y maniquea de la política son los que más necesitan recordar que iniciamos solo una etapa más y que, con suerte, podrán cambiar un par de cosas de manera perdurable. ¿Significa esto que les sugiero renunciar a su proyecto? Desde luego que no, sería ingenuo, pero en su aplicación tienen que ser realistas y que eso que antes llamaron, con desprecio, gradualismo es la exigencia que la sociedad impone a los políticos.

Es fácil creer, cuando se es joven o se ha mirado “desde la galería”, que se puede cambiar todo, que la injusticia es consecuencia de la desidia o la mala fe de quienes han gobernado. Incluso es peor cuando se quiere ver la realidad a través de un prisma dogmático y mesiánico como ocurre con el comunismo, partido central en el periodo que se inicia.

Con todo, no creo que la juventud del Presidente Boric sea un defecto; al contrario, de todas sus características es en la que cifro más esperanzas, porque en esa etapa de la vida se aprende y se cree en las convicciones propias sin el cinismo que suele venir con las canas. Pero eso requiere ser capaz de ver, en los versos de Borges, que “ya somos el olvido que seremos”. En otras palabras, que somos mucho más pequeños de lo que queremos creer y que querer cambiar algo es mucho más sensato y posible que pretender cambiarlo todo.

/Escrito por Gonzalo Cordero, abogado, para La Tercera

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