El 15 de noviembre de 2019 el país asistió a la firma del “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”, suscrito por los representantes de casi todos los partidos políticos. Dicho acuerdo comenzaba diciendo que “Ante la grave crisis política y social del país, atendiendo la movilización de la ciudadanía y el llamado formulado por S.E. el Presidente Sebastián Piñera, los partidos abajo firmantes han acordado una salida institucional cuyo objetivo es buscar la paz y la justicia social a través de un procedimiento inobjetablemente democrático”. El acuerdo, que erróneamente nos llevó a pensar que tendríamos paz social, y que, por lo tanto, se acabarían, entre otros, los viernes de destrozos y violencia en la plaza Baquedano, incluyó 12 puntos, entre los cuales quiero destacar dos. El primero, que “Los partidos que suscriben este acuerdo vienen a garantizar su compromiso con el restablecimiento de la paz y el orden público en Chile y el total respeto de los derechos humanos y la institucionalidad democrática vigente”. Y el segundo, y más conocido por cierto, es que se impulsaría un Plebiscito en que se preguntaría a la población si se quería una nueva Constitución.

A casi un año y medio de la firma del famoso acuerdo, nadie puede desconocer que sólo se cumplió una parte del mismo. En efecto, el 25 de octubre del 2020 (después de haberse pospuesto por razones sanitarias) se realizó el plebiscito acordado, donde la población votó muy mayoritariamente por una nueva Constitución. Pero la tan anhelada paz social sigue brillando por su ausencia y lo peor es que una parte importante de los partidos políticos que firmaron este acuerdo, en específico, los partidos de la oposición al gobierno, no sólo no se comprometieron nunca con el restablecimiento de la paz y el orden público en Chile, sino que, por el contrario, muchos de ellos han seguido incentivando y justificando la violencia los destrozos y el desorden.

Lo más llamativo de esto es la incapacidad del resto de los firmantes, de aquellos que buscaban la paz social y estuvieron dispuestos a jugarse la Constitución en ello, de hacer cumplir los acuerdos o al menos de desenmascarar a quienes firmaron y no han cumplido su palabra; y que por lo tanto, no han cumplido su parte del pacto. Ni hablar de los medios de comunicación, cuya labor principal debería ser informar, y desenmascarar las promesas incumplidas.

Sin embargo, aún peor que lo anterior es lo que está pasando hoy en el Congreso, donde los parlamentarios, que juraron cumplir la Constitución, parecen haberlo olvidado. Esos parlamentarios, que fueron elegidos para generar nuestras leyes y que, por lo tanto, deberían ser los primeros en cumplirlas, no sólo no cumplen las leyes que ellos mismos tramitan, sino que tampoco la Constitución que nos rige a todos los chilenos. En efecto, en principio trataban de burlar la Constitución en forma soslayada, pero en el último tiempo muchos parlamentarios no tienen vergüenza de reconocer que no la respetarán, y la rompen descaradamente, a sabiendas que lo que hacen es contra la ley.

Dado que los parlamentarios que no cumplen la Constitución no sufren ninguna consecuencia por romper las leyes, no parece justificarse hacer tanto gasto en plebiscito, elecciones de constituyentes y una asamblea, para cambiarla… si bastaba con no respetarla, tal como se hace ahora, sin ninguna consecuencia.

Si vamos a trabajar en una nueva Constitución, ¿no deberíamos partir por cumplir la actual? Como sabemos que los seres humanos actuamos siguiendo incentivos o evitando el garrote, creo absolutamente necesario establecer penas para aquellos que no cumplen la Constitución, y que tal como se hace con el resto de las leyes, que sea un tribunal independiente –como el Tribunal Constitucional-, que no sólo juzgue si las leyes cumplen la Constitución, sino que también si los parlamentarios cumplen la Constitución, y que sentencie las consecuencias de no hacerlo. De otro modo, lamentablemente, muchos parlamentarios violarán la nueva Constitución, tal como hacen con la actual; y en dicho caso, para qué gastar en hacer una nueva.

El 2019 los chilenos nos enfermamos de la violencia, el 2020 nos atacó la pandemia, hoy seguimos en pandemia, pero tenemos la esperanza de que la vacuna nos ayudará a salir de la crisis sanitaria, y que la economía siga lentamente recuperándose. Pero los chilenos no estamos felices, ni contentos, ni esperanzados. La culpa es de un virus que llegó hace un tiempo atrás, pero que en este año electoral ataca con más fuerza que nunca. La mala política enferma a nuestro país, y de no encontrar una vacuna contra el mismo, nuestro país, tal como lo conocemos, está en serio riesgo de perder su vida.

/escrito por Michelle Labbé para El Líbero

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