Europa, uno de los satélites de Júpiter, tiene el tamaño de nuestra Luna, aunque con una estructura muy diferente: cubriendo su interior rocoso, existe todo un océano helado que lo rodea, creando todo tipo de estructuras que fueron reveladas por primera vez a finales de los noventa por la sonda Galileo, de la NASA. Las fotografías mostraban dobles crestas de hielo en forma de ‘M’ con más de 300 metros de altitud y separados por valles de unos 800 metros de ancho. Ahora, un nuevo estudio publicado en ‘ Nature Communications’ propone que debajo de esas estructuras, que pueden llegar hasta lo diez kilómetros de espesor, guardan bajo ellas bolsas de agua líquida que en las que la vida podría abrirse paso.

«Debido a que está más cerca de la superficie, donde existen sustancias químicas llegadas del espacio, otras lunas o de los volcanes de Io (otro satélite de Júpiter), existe la posibilidad de que la vida tenga una oportunidad si hay bolsas de agua dentro de ese caparazón», explica Dustin Schroeder, profesor asociado de geofísica en la Escuela de Ciencias de la Tierra, Energía y Medio Ambiente de la Universidad de Stanford, y primer autor del artículo. «Sin embargo, ahora mismo no podemos ver qué ocurre bajo la superficie, por lo que necesitamos otros sistemas para observar qué ocurre ahí abajo».

Un análogo terrestre

Los investigadores señalan que no tendríamos que ir muy lejos para encontrar estructuras parecidas: puede existir un ‘gemelo’ aquí, en la Tierra. Concretamente en Groenlandia, donde los investigadores analizan las regiones polares utilizando instrumentos geofísicos aéreos para comprender cómo el crecimiento y la retirada de las capas de hielo podrían afectar el aumento del nivel del mar. Allí, los científicos también han encontrado estas ‘dobles crestas heladas’, si bien en miniatura. «Fue un poco serendipia; uno de nuestros colegas mostró imágenes de estas formaciones en Europa e inmediatamente recordé que había visto algo similar en la capa de hielo de Groenlandia», afirma Riley Culberg, de la Universidad de Stanford y experto en la aplicación de radar en la penetración del hielo, tanto a nivel terrestre como en otros planetas.

De hecho, su trabajo se centra en el papel que juegan los sistemas de aguas poco profundas en la modulación de las contribuciones del nivel del mar de la capa de hielo de Groenlandia en el contexto del cambio climático. «Aquí, esta doble cresta se formó en un lugar donde el agua de los lagos y arroyos superficiales con frecuencia drena cerca de la superficie y se vuelve a congelar», señala Culberg. Así lo reveló el análisis de datos de elevación de la superficie y radares de penetración de hielo recopilados entre 2015 y 2017 por la Operación IceBridge, de la NASA: el hielo se fracturó alrededor de una bolsa de agua líquida presurizada que se estaba volviendo a congelar dentro del capa de hielo, causando que dos picos se elevan en el noroesta de Groenlandia.

Un proceso análogo puede estar ocurriendo en Europa: «Creemos que las bolsas de agua bajo Europa podrían fracturar el hielo, saliendo al exterior. Después de esa fractura, el terreno se helaría; más tarde volvería a emerger el agua, y a volverse a helar. Este proceso repetido en varias ocasiones provocaría esos sistemas de doble cresta -asegura Schroeder-. Es cierto que entre Europa y la Tierra existen muchas diferencias, como la presión, la temperatura o la gravedad; pero las leyes de la física son las mismas; sin embargo, el mecanismo que presentamos aquí no habría tenido tantas pruebas sin ver qué pasaba antes en Groenlandia».

Mucho más que una capa de hielo

Al principio se pensó que la capa de hielo de Europa era tan solo una cubierta inerte; sin embargo, las últimas investigaciones apuntan a que en realidad pueden estar dándose diferentes procesos geológicos e hidrológicos que provocan todas las fracturas y accidentes que pueblan la superficie del satélite. Es decir, el hielo está, de alguna forma, ‘vivo’.

«La gente ha estado estudiando estas crestas dobles durante más de 20 años, pero es la primera vez que hemos podido observar algo similar en la Tierra y ver cómo la naturaleza hace funcionar su magia», apunta por su parte Gregor Steinbrügge, científico planetario, ahora en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA pero que comenzó a trabajar en el proyecto como investigador postdoctoral en Stanford. «Estamos dando un paso muy grande para comprender qué procesos dominan realmente la física y la dinámica de la capa de hielo de Europa».

Gracias a este trabajo, ahora los investigadores podrán tener pistas para configurar los radares de las próximas misiones a Europa y penetrar más profundamente bajo el hielo de este satélite. Aún así, los autores se muestran cautelosos: «Somos una de las variadas hipótesis que existen para explicar el fenómeno, pero tener un análogo en la Tierra nos da una gran ventaja y abre nuevas posibilidades para emocionantes descubrimientos», dice Culberg.

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