Hablando de racionalidad -o irracionalidad, mejor dicho-, si hay algo que se tomó el debate por estos días fue el regreso de la violencia este 18 de octubre y los análisis sobre la otra, la del 18 original, de 2019. Y si para el senador Jaime Quintana  “sin justificarla, la violencia hizo lo suyo” y “generó condiciones para el acuerdo”, para Sergio Muñoz Riveros ahí reside uno de las principales “deslealtades a la democracia” de este último tiempo. En los hechos, “los líderes opositores convirtieron en aliados políticos a los activistas de la destrucción y el pillaje”, escribe. Un punto en el que insiste Gonzalo Cordero el domingo pasado, al apuntar que ese día -el 18 de octubre de 2019- “se rompió un principio que había gobernado la transición: la violencia política nunca tiene justificación”.

Juan Carvajal, sin embargo, agrega otro punto sobre los sucesos del lunes. Si bien, dice, “no hay nada, absolutamente nada que justifique los actos de violencia que ocurrieron en la noche del lunes”, lo que llamó la atención ese día “fue la falta de eficiencia de la policía y el estado en que quedó el centro de Santiago y de otras ciudades, como también que la autoridad culpara a los candidatos presidenciales de centroizquierda de los desmanes y actos delictuales”. ¿Falta de autocrítica? Para Carvajal, más allá de las razones de lo sucedido, “lo que no puede ocurrir es que la autoridad”, de quien depende el resguardo del orden público, “no asuma los errores propios y, en cambio, caiga en el viejo garlito de “ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”, utilizando electoralmente lo sucedido.

Como apuntaba el domingo pasado Oscar Contardo, sobre el 18-O, original, aún quedan muchas preguntas y cabos sueltos sobre lo que sucedió ese día. “El puñado de personas imputadas hasta ahora no da cuenta de la escala de la destrucción provocada durante las jornadas de octubre de 2019 en la red de transporte público, acciones de vandalismo que el propio gobierno en su momento calificó como un ataque organizado y planificado”, asegura. Y eso se da , según él, cuando el gobierno está llegando a su fin, “y lo hace entregando un país muy distinto del que recibió, no sólo más pobre y convulsionado, sino también uno con instituciones degradadas hasta el límite del escándalo”. Uno que parece estar en compás de espera entre el viejo y el nuevo Chile.

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