El gobierno cubano quiso enviar a Miguel Díaz-Canel a la transmisión del mando en Perú. La victoria de Castillo fue recibida con júbilo en el Caribe, especialmente la anunciada designación del exguerrillero Héctor Béjar como canciller. Sin embargo, los planes se frustraron por la tensa situación en las FFAA cubanas. Seis generales muertos, en menos de 15 días (y en tiempos de paz), demuestra que las aguas siguen demasiado procelosas en torno a la isla. Es un indicativo fuerte, además, que la revuelta tiene herida de muerte al régimen y sólo las poderosas consideraciones geopolíticas lo mantienen con vida.

La sucesión de estas extrañas muertes invitan a pensar que estamos en presencia de esa figura que Octavio Paz estampa en su obra Los Privilegios de la Vista como obvisión, para significar la idea de una imagen que transmite un mensaje duro. En este caso uno numántico. El régimen, pese al asedio de sus detractores (reales e imaginarios), sigue representando la idea de una revolución capaz de preferir el suicidio antes que la entrega. Tal cual ocurrió con Numancia, el pueblo (en la actual comunidad de Castilla y León) que los romanos nunca pudieron conquistar.

La impactante muerte de seis generales, en un brevísimo lapso, recuerda las famosas purgas de Stalin en los años 30 y 40, cuando desaparecían, uno tras otros, los viejos líderes de la revolución bolchevique, a la vez que refresca los juicios sumarios de inicios de la revolución de Castro, relatados por Carlos Franqui y más tarde novelizados por Roberto Ampuero. Sólo en sus primeros años, el régimen fusiló a casi 4 mil opositores, según datos del proyecto Verdad y Memoria. Fue el propio Ernesto Guevara quien lo reconoció en su histórico discurso en la ONU en 1964: “Es una verdad conocida y la hemos expresado siempre ante el mundo. Fusilamientos, sí. Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario”.

Esta vez, la lista de generales muertos impacta. El 18 de julio se informó que concluía su paso por esta vida, Agustín Peña Porres, general de división y jefe del Ejército Oriental de Cuba. Dos días después, el general de brigada, Marcelo Verdecia Perdomo, ex guardaespaldas de F. Castro. El 24, murió el general de división, Rubén Martínez Puente. Dos días más tarde, el general de brigada, Manuel Eduardo Lastres Pacheco. El día 27 se informó escuetamente que el general de brigada Armando Choy Rodríguez ya no estaba en el mundo de la revolución, mientras que el 28 fue la hora del general Gilberto Antonio Cordero Sánchez. Seis infortunados líderes revolucionarios, cuyos cadáveres fueron incinerados con rapidez y, desde luego, sin funerales oficiales.

El hermetismo sobre estas muertes sorprende. Es cierto que varios de ellos se encontraban ya desde hace un buen tiempo en el crepúsculo de su vida, y que la isla está colapsada por el Covid, pero no se trata de personas comunes y corrientes al interior del régimen como para no despedirlos con honores. Menos aún no señalar las razones de su partida.

Hay demasiadas casualidades y misterios. Primero, es la falta de información. Segundo, todos mueren en un lapso brevísimo. Tercero, ocurren simultáneamente a una revuelta que sacudió al régimen como nunca antes. Cuarto, la mayoría de ellos tenía altas responsabilidades castrenses en las zonas más convulsionadas con la revuelta y donde surgieron rumores de una negativa de las fuerzas de seguridad a actuar con violencia contra la población civil. Quinto, Raúl Castro vive desde hace algún tiempo en Santiago de Cuba, justamente en el oriente de la isla, donde incluso están depositadas las cenizas de Fidel Castro y, por extraña coincidencia, trabajaban los seis generales muertos.

El trágico destino de estos altos oficiales rememora también el fusilamiento, en julio de 1989, del general Arnaldo Ochoa, héroe de las guerras en Africa y carismático líder de las Fuerzas Armadas cubanas. Ochoa fue fusilado en medio de una atmósfera hermética, junto a otros tres altos oficiales, reconocidos admiradores de la perestroika, muy popular aquellos años en Moscú.

A estas muertes debe añadirse la inusualmente larga lista de personeros cubanos, suicidados en extrañas circunstancias. El ex Presidente Osvaldo Dorticós, degradado en 1975 a ministro de Justicia, víctima de una severa depresión. El mismo hijo del máximo líder, Fidel Castro Díaz-Balart, y la famosa guerrillera de la época de la Sierra Maestra, Haydée Santa María, ambos aquejados también de profunda depresión. En la lista de suicidados hay que incluir por cierto a la dirigente socialista chilena Beatriz Allende, quien se lanzó desde un edificio de altura, víctima de lo mismo.

¿Qué secreto esconderá esta arcadia revolucionaria como para generar tal cantidad de depresiones en su casta dirigente?

La respuesta forma parte de los innumerables enigmas que rodean aquel régimen, el cual, por estos motivos y por el descalabro económico, ha entrado en una suerte de aporía, esa denominación que se remonta a la antigua Grecia para señalar situaciones en que ya no hay camino posible. Por lo mismo, su conversión numantina ha conducido a una dislocación total de expectativas, transformándose en un fósil viviente.

El trágico destino de estos generales refuerza la idea que en un régimen comunista (y, por supuesto, en cualquier trato con cualquier PC) es mejor no seguir el ejemplo de Giordano Bruno, sino el de Galileo Galilei. Es decir, esa fórmula conductual individual, tan popular en los ambientes disidentes de aquellos regímenes y que Roberto Ampuero rescata en sus novelas, para ilustrar la conveniencia de aceptar que la Tierra no se mueve, so pena de sufrir consecuencias catastróficas.

Sin embargo, a nivel de países se ha empezado a sugerir la conveniencia de revitalizar los ya olvidados Principios de Sullivan, aquellos que sirvieron para activar a la comunidad internacional interesada en poner fin al apartheid sudafricano. Es decir, una presión coordinada sobre puntos específicos a fin de obligar a cambios en favor de la libertad y la democracia.

Escrito para El Líbero por Ivan Witker, autor de “The Southern Cone: Iran´s backdoor” en Ilan Berman y J. Humire Iran´s  strategic penetration of Latin America, Lexington Books, New York, 2014.

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