Ricardo Lagos es, sin duda, una de las figuras más importantes de Chile en las últimas décadas. A ello suma una cuestión que no siempre va aparejada a la vida política práctica: ha sido un dirigente y gobernante con capacidad de reflexión política y que ha plasmado sus ideas y visión de país en diversos libros, discursos, artículos de prensa y otras formas de expresión pública.

En este plano, me parece que cobran especial relevancia los dos volúmenes autobiográficos publicados en los últimos años: Mi vida. De la infancia a la lucha contra la dictadura. Memorias I (Santiago, Debate, 2013) y Mi vida. Gobernar para la democracia. Memorias II (Santiago, Debate, 2020). En ellos no solo presenta momentos de su trayectoria personal y pública, sino que también expone un pensamiento político, que en el cambio de siglo representaría el socialismo democrático, de gran relevancia en Europa en el siglo XX y poco relevante en América Latina en la misma época. Se puede leer también con interés la larga entrevista que le hizo Patricia Politzer, titulada El libro de Lagos (Santiago, Ediciones B, 1998). Y así hay muchos otros textos relevantes, como sus interesantes conversaciones con el escritor mexicano Carlos Fuentes, titulado El siglo que despierta (Madrid, Taurus, 2012, edición de Juan Cruz), y diversos libros y artículos que permiten seguir su ideario y acción política.

En los últimos meses Ricardo Lagos ha regresado a la palestra, con apariciones que han procurado presentar posturas sobre el proceso constituyente que vive Chile, así como reivindicar la obra de la Concertación en general y de su gobierno en particular. Para ello no solo ha aportado antecedentes y cifras, sino también una visión de la historia reciente, que a su juicio permite poner los temas en perspectiva, representando una fórmula alternativa a la visión dominante que se impuso “en la calle” a partir de la revolución de octubre de 2019: el problema chileno no habría sido puntual, sino que tenía sus raíces y resultados negativos en los treinta últimos años. Ello atacaba precisamente la obra de la Concertación, cuyos logros habían enorgullecido a sus actores y, en buena medida, habían puesto a Chile como un país con logros decisivos que le permitían destacarse internacionalmente.

En entrevista en radio Duna, el 8 de abril pasado el expresidente Lagos se manifestó sobre el proceso constituyente en marcha. Aunque partidario de una nueva carta fundamental, presentó reservas al concepto de plurinacionalidad, así como sostuvo que la eliminación del Senado “es un grave error”, estaba inquieto por el tema del “Poder Judicial” y se mostró incómodo con algunas reglas de la Constitución nueva, que suponía sería “la casa de todos”. La reflexión que tuvo mayor difusión se refirió a la afirmación de que si triunfaba el Rechazo el próximo 4 de septiembre: en tal caso no estaría vigente una Constitución hecha “por cuatro generales”, como había sostenido el presidente Gabriel Boric, sino que –aseguró Lagos– regiría “la que lleva mi firma”

Efectivamente, en 2005 la Constitución de 1980 tuvo su reforma más importante, que incluso llevó a consagrar una nueva carta fundamental, con la firma del propio Lagos y de todos sus ministros. Ese cambio “nos costó los seis años de gobierno”, aseguró el exgobernante en la entrevista a radio Duna. Al firmar la Constitución de 2005, el presidente Ricardo Lagos pronunció un discurso potente y con una puesta en escena especial. En la ocasión hizo un recorrido histórico constitucional –discutible en algunos aspectos–, enfatizando que 1973 había representado un quiebre en la tradición democrática: “Hoy nos reunimos aquí para celebrar, celebrar solemnemente el reencuentro de Chile con su historia. La Constitución de 1833 le abrió paso al Chile del siglo XIX; la de 1925 en el siglo XX. Y hoy nos reunimos, inspirados en el mismo espíritu de 1833 y de 1925: darle a Chile y a los chilenos una Constitución que nos abra paso al siglo XXI”.

Lagos valoraba especialmente la eliminación de los senadores designados y vitalicios, la posibilidad de que el Presidente removiera a los comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas y el cambio en la concepción del Consejo de Seguridad Nacional. “Chile cuenta desde hoy con una Constitución que ya no nos divide, sino que es un piso institucional compartido, desde el cual podemos continuar avanzando por el camino del perfeccionamiento de nuestra democracia”, aseguró el Presidente en esa ocasión. El gobernante culminó celebrando: “Este es un día muy grande para Chile, tenemos razones para celebrar, tenemos hoy, por fin, una Constitución democrática, acorde con el espíritu de Chile, del alma permanente de Chile. Es nuestro mejor homenaje a la Independencia, a las Glorias Patrias, a la gloria y a la fuerza de nuestro entendimiento nacional”.

Al comenzar mayo de 2022, Ricardo Lagos y su colaborador Enrique Paris (jefe de gabinete presidencial 2003-2006) prepararon un texto de ocho páginas, “que podría enriquecer el debate” que se lleva a cabo en el marco del proceso constituyente. El Oficio –introducido por una carta dirigida a María Elisa Quinteros y Gaspar Domínguez, de la mesa de la Convención–, presenta lo que denomina “Una mirada, de luces y sombras de la economía en Chile desde la recuperación de la democracia (1990-1992)”, que destaca la disminución de la pobreza y el progreso en diversos indicadores de bienestar social, que han puesto al país a la cabeza de América Latina. Para probar los resultados utiliza diversos datos, incluidos el coeficiente Gini para medir la desigualdad y el ingreso per cápita. Se puede discrepar de los énfasis y la selección de los argumentos en el texto presentado por la Fundación Democracia y Desarrollo, pero sin duda es un texto que vale la pena conocer e incorporar a la discusión pública.

En la parte final realiza un balante interesante, que podría dar algunas luces sobre la última década y la crisis actual: “En 30 años, Chile progresó y fuimos capaces de crear bases sólidas que permiten avanzar al desarrollo. Sin embargo es preciso reconocer que la fuerza propulsiva de los primeros 18 años se debilitó paulatinamente en los años posteriores haciendo más lentos los avances y generando un choque con las expectativas ciudadanas, malestar por la despreocupación de los responsables gubernamentales por su dignidad, sus derechos y su calidad de vida. Y un sentimiento de injusticia creciente por cómo se distribuían los frutos del crecimiento”. Es decir, la antítesis de la consigna “no son 30 pesos, son 30 años”, aunque sin caer en un conformismo ciego que no permite comprender la crisis que ha vivido Chile desde 2019 en adelante.

El tema de fondo no es el análisis de datos, muchos de los cuales han circulado en estudios y en la opinión pública en las últimas décadas. El hito político es la decisión del expresidente Ricardo Lagos de participar en este momento decisivo de la historia de Chile, en una fase en que la Convención Constituyente tiene una evaluación más negativa que en su etapa de formación o a fines de 2021, así como diversas encuestas muestran el crecimiento de la opción Rechazo para el plebiscito de salida. La vapuleada democracia chilena, desde 1990 en adelante, ha comenzado a levantar la voz de a poco, en circunstancias de que durante largos meses muchos de sus actores parecieron estar perdiendo el partido por abandono (tanto en la ex Concertación como en la centroderecha). Es probable que sea tarde este deseo de ser parte de la discusión, pero sin duda era necesario y permitirá incorporar aspectos valiosos a un debate empobrecido y que pondera más los likes y las consignas que los argumentos y los datos.

Es verdad que la vorágine de las revoluciones tiende a consumir mucha energía social en movimientos y política activa. Sin embargo, la reflexión sigue siendo tan urgente como necesaria. Ricardo Lagos ha hecho lo suyo, en un momento de desprestigio de la política: quizá sea una manifestación de cambio de ciclo, vientos de normalización o simplemente de restaurar ciertas formas de debate público que siguen siendo necesarias en la democracia chilena.

Por Alejandro San Francisco, historiador, académico USS y UC y director de formación de Res Publica, para El Líbero

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