Byung-Chul Han, filósofo alemán de origen coreano, viene hace tiempo alertando sobre los síntomas de lo que ha llamado la sociedad del rendimiento y del cansancio. El sujeto contemporáneo, forzado a rendir, se explota a sí mismo, y ese giro (de ser un explotado por el sistema a ser él el propio explotador) le produce una falsa sensación de libertad. Los síntomas de esta sociedad en la que impera esta nueva “alienación” (distinta a la que develó Marx en el siglo XIX) son la depresión y el cansancio constante.

Han acaba de publicar un breve ensayo en el que señala que los síntomas por él descritos en sus libros hoy se ven agravados por la pandemia. En uno de sus últimos textos, antes de la pandemia, había advertido sobre el fin de los rituales en nuestra vida cotidiana, esos que Antoine de Saint Exupéry declara como fundamentales para la convivencia humana, en el famoso diálogo entre el zorro y el Principito. Han advierte que —con los distanciamientos— se acelerará la pérdida de esa ritualidad. Hoy lo que predomina es una comunicación sin comunidad y uno de los daños colaterales de las cuarentenas va a ser una vida con menos rituales, una vida más triste, más fría y distante. Los ritos religiosos (que algunos, con un simplismo ramplón, parecen considerar como no primordiales) están amenazados, y el rito más básico de tomarse un café con los viejos amigos del alma también corre riesgos.

Han también había hablado del “panóptico virtual”, advirtiendo sobre cómo la sociedad de la transparencia se vuelve la sociedad del control. Hoy enciende las alarmas por el excesivo entusiasmo con la “comunicación” digital. Denuncia el “video-narcisismo” y además señala que la comunicación digital contribuye a profundizar el cansancio, que ya era un signo de nuestra sociedad del rendimiento. El no encontrarnos con la mirada del otro en la pantalla nos deja frente a un vacío cercano al de la desolación. Para Han, la depresión puede convertirse en la más grave pandemia del presente, una pandemia que no aparece en los conteos diarios que saturan los medios de comunicación. Es cierto que la muerte de cada ser humano por este virus debe conmocionarnos y preocuparnos y que se deben mantener las medidas de cuidado mientras las cifras de mortalidad no bajen. Pero también es fundamental tomar conciencia de los daños colaterales que van a producir las cuarentenas prolongadas en nuestros niños, jóvenes y ancianos, y no solo en ellos. Lo digital no puede reemplazar la presencialidad humana, ni en la educación ni en la convivencia. Nada puede competir con el sofisticado intercambio neuronal que subyace a las miradas, ni con la química y alquimia de los abrazos: perder eso significaría una involución en la historia humana sin precedentes.

Sería bueno empezar a considerar en los balances de la pandemia a los que van a morir de depresión y tristeza, los que van enfermarse en una hipercomunicación sin otros, en la que ya no se puede practicar esa domesticación delicada tan bien descrita por el zorro de El Principito y tan crucial en el encuentro humano. Hay que tener cuidado hoy con reducir la realidad solo a la mirada médica, por supuesto importante en una pandemia como esta: antes cometimos el error de convertir a los economistas en los hechiceros de la tribu. Pero una cosa es la economía y otra el economicismo reductivista. También hay un riesgo de la medicalización de la política. No se puede olvidar la dimensión antropológica, sociológica y sicológica de esta crisis. La depresión también es un virus que condena a miles a una muerte en vida, peor incluso que la muerte física. Necesitamos la mirada de estos médicos del alma que pueden ser los filósofos. Escuchar a un filósofo como Byung-Chul Han nos ayuda a dimensionar esta pandemia en toda su complejidad y nos advierte que otros virus, más invisibles y sigilosos, nos acechan, tan peligrosos y letales como el que hoy nos paraliza.

Escrito por Cristián Warnken para El Mercurio

/gap