En poco más de una década y vertiginosamente el Frente Amplio (FA) pasó de movimiento universitario a conglomerado político, jubiló a la Concertación y ganó la Presidencia de la República.

Las razones para elogiar al grupo coinciden, en parte, con las razones para temerle. Boric viene a gobernar en medio de una crisis colosal: económica, hídrica, sanitaria, política, social. Hay escaso margen de operación. Bien ha hecho el FA al apearse con exconcertacionistas. Pero hay problemas difíciles, muy cercanos al propio colectivo.

El FA agrupa jóvenes predominantemente blancos, acomodados, educados en colegios caros y universidades santiaguinas de élite, desprovistos de vínculo originario con contextos populares. Están impedidos de padecer lo que el Gitano Rodríguez llamase el “miedo inconcebible a la pobreza”. Así se entiende el desprecio inicial -de joven rico- que acusaban por las últimas décadas: las mismas en que el país dejó atrás el hambre, el frío, la desnutrición. Así también, la frivolidad del “meterle inestabilidad al país”.

El principal aliado del FA, el PC, es ente de ideología y compromisos dudosos. Camila Vallejo elogia a Lenin. El PC se vincula con cuanto dictador de izquierda asoma en Latinoamérica y el planeta.

En fin, parte del FA sostiene una ideología muy precaria. Si Carlos Ruiz y Gabriel Salazar, dos de los inspiradores del colectivo, tienen consideración al tratar con la situación concreta, consta una vertiente racionalista abstracta que también influye al FA. Esa vertiente condena de antemano y moral, casi religiosamente, al mercado, como alienante “mundo de Caín”. Propone prohibirlo en áreas enteras de la vida social. Afirma, además, a la deliberación pública como interacción donde, reconociendo los argumentos del otro, reconocemos a ese otro. Sin mercado -con un régimen de derechos sociales que lo prohíba- y con deliberación, se desencadenaría un proceso educativo que conduciría a la plenitud comunista.

Desconoce esta ideología: el valor político del mercado como factor de división republicana del poder (si quien gobierna y quien emplea coinciden, la libertad queda amenazada). También: las virtudes concretas de una economía bien regulada y libre. Y la banalidad en la que puede decaer la deliberación, que, como asambleísmo, tiende fácilmente a volverse reiteración de “lo que se dice” (cf. para el detalle, remito a mi libro: Razón bruta revolucionaria, descargable aquí: https://www.academia.edu/62037370/Razón_Bruta_Revolucionaria).

La combinación de síndrome de “juventud dorada”, PC y pensamiento abstracto, podría ser base funesta de un gobierno que descuidase la situación concreta, las condiciones de la producción y conservación de la vida, así como las del ejercicio del pensamiento libre.

El triunfo masivo de Boric luce ser augurio de un nuevo comienzo: el comienzo del final de la Crisis del Bicentenario. Sin embargo, será fundamental que se constituya en un liderazgo nacional, pues está también el riesgo de que, por las influencias mentadas, Boric devenga antes el sepulturero del viejo ciclo, incrementando simplemente el deterioro político e institucional del país.

/Escrito para La Tercera por Hugo Herrera, autor del libro: Razón, burta,revolucionaria

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