Según la teoría más aceptada, los planetas están hechos del material sobrante de la formación estelar. Así, cuando nuestro Sol se formó y encendió por primera vez su horno de fusión nuclear hace unos 5.000 millones de años, el material no utilizado se arremolinó a su alrededor formando un disco, del que poco tiempo después surgieron, por acreción, los mundos que hoy pueblan nuestro Sistema Solar. Sin embargo, los científicos no tienen del todo claros los detalles de este complicado proceso.

Ahora, un equipo internacional de astrónomos ha utilizado dos de los radiotelescopios más potentes del mundo para obtener más de trescientas imágenes de discos protoplanetarios alrededor de estrellas muy jóvenes en uno de los «semilleros de estrellas» más espectaculares y conocidos: las nubes de Orión. Las imágenes han revelado nuevos detalles sobre los lugares donde los planetas nacen, así como sobre las primeras etapas de vida de las estrellas. La investigación se acaba de publicar en dos artículos en «The Astrophisycal Journal».

Los astrónomos querían saber exactamente cuándo empiezan a formarse esos discos y qué aspecto tienen. Pero las estrellas jóvenes son muy débiles, y nacen rodeadas de densas nubes de polvo y gas en el interior de los semilleros estelares. Por eso, solo los radiotelescopios más sensibles son capaces de detectar los pequeños discos en medio de todo ese material.

La vida íntima de los «bebés» de estrellas

Para su trabajo, los investigadores utilizaron el Karl Jansky Very Large Array y el Atacama Large Millimeter/submillimeter Array, apuntándolos directamente hacia uno de los lugares con mayor tasa de nacimientos de estrellas: las nubes moleculares de Orión. Se trata de la mayor observación de estrellas jóvenes y sus discos llevada a cabo hasta la fecha.

De este modo, los investigadores pudieron observar con un detalle sin precedentes tanto las primeras etapas de la formación estelar como el modo en que los discos surgen y se configuran para la «fabricación» de planetas. En conjunto, y gracias a los varios cientos de imágenes tomadas en diferentes momentos de su desarrollo, las observaciones ilustran aspectos poco conocidos de este proceso.

La exquisita resolución y sensibilidad de VLA y ALMA fueron cruciales para comprender tanto las regiones externas como las internas de las protoestrellas y sus discos. En conjunto, ambos telescopios fueron capaces de revelar la estructura interna de las protoestrellas más jóvenes, a un escala más pequeña que la de nuestro Sistema Solar. Gracias a eso, los científicos podrán ahora empezar a comprender cómo empieza el proceso de formación de los planetas.

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