En un memorable discurso, el entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, sostuvo: “La nuestra fue la primera revolución en la historia de la humanidad que realmente cambió el curso del gobierno, y con tres pequeñas palabras: Nosotros, el pueblo.  Nosotros, el pueblo, le decimos al Gobierno qué hacer, no el Gobierno a nosotros.  Nosotros, el pueblo, somos el conductor, y el Gobierno el vehículo, y nosotros decidimos dónde debe ir, por qué ruta y cuán rápido.”

El resultado del plebiscito, donde el pueblo chileno rechazó la propuesta de los convencionales constituyentes, es un recordatorio de que somos nosotros, el pueblo, quienes decidimos. En efecto, dejamos claro que no nos gustó la propuesta partisana e identitaria, y para que no persista duda alguna es que casi la totalidad de los potenciales votantes, es decir, la verdadera definición de pueblo, fue quien se manifestó mayoritariamente por el Rechazo. Esto tiene insospechadas consecuencias y debiera poner en reflexión a todos los políticos, sobre todo a aquellos que, arrogándose la representación del pueblo, proponen sandeces que sólo satisfacen los intereses de un grupo menor de electores.

En estadísticas hay una diferencia muy importante entre la muestra, que es una parte o un subconjunto, y el universo, que es la totalidad de la población. Por razones obvias, las muestras son más fáciles y económicas de recolectar, que censar a la población, o universo, completo. Con el advenimiento del voto voluntario en Chile, en el 2012, lo que sucedió es que la población votaba cada vez menos, con lo cual interpretar la voluntad de los chilenos se hizo cada vez más difícil, pues los resultados electorales se relacionaban más a una gran muestra que a la población general. Cierto grupo de partidos políticos fueron los más beneficiados con el voto voluntario, pues en su afán de ganar elecciones, se preocupaban sólo de los interesados en votar, y desdeñaban los intereses del resto de los chilenos que no votaban y que alcanzaba a cerca de la mitad del universo de votantes.

Los partidos políticos más radicales, tanto de izquierda como de derecha, fueron ganando peso electoral mientras los más centrados perdían representación. El votante fanático es más organizado y diligente que el equilibrado, que usualmente siente que la vida no se le va en una elección. Sin embargo, los partidos “ultrones”, que dominan el concepto del “pecado de representatividad”, muy estudiado por el premio Nobel de Economía en comportamiento humano, D. Kahneman, convencen a los incrédulos que la base de representatividad poblacional es muy parecida a la muestral, y de ahí a arrogarse la sabiduría y exégesis del pueblo dista un pequeño paso. Así es como las democracias devienen en populismos empobrecedores, como el caso de Argentina, o en dictaduras donde la falta de libertad y profusión de miseria campean, como es el caso de Venezuela.

El resultado del plebiscito, gracias al voto obligatorio, es un gran llamado de atención para todos los partidos políticos. Primero, porque de ahora en adelante con el voto obligatorio no será fácil convencer a electores agnósticos, aquellos que juzgan el quehacer político por su experiencia personal y no se tragan la “pomada” o el “eslogan”. Y segundo, porque los partidos deberán mirar al centro para captar la intención de voto. Este pareciera ser el error de convencionales como Bassa, Stingo y otros más, que creyeron que sus electores (la muestra) era igual a la población, y que sus propuestas, aceptables para sus fanáticos, estaban lejos de las necesidades del votante agnóstico, y olvidaron que el sufragio obligatorio incorporaría a un número muy superior de electores que no compartían su visión refundacional de Chile.

Parafraseando al expresidente Reagan, en el discurso referido a “nosotros, el pueblo”, el electorado chileno, o la inmensa mayoría de este, no quiere que el Gobierno tome más de su libertad y de su dinero. Llegó la hora de decir “BASTA” y recordarle a la gente que el hombre no es libre a menos que el Gobierno sea limitado, pues cuando éste se expande las libertades se contraen. El pueblo de Chile, a pesar de la grosera intervención gubernamental en la reciente elección, en un estallido electoral sin precedentes le ha dicho no a los apóstatas de la libertad y el emprendimiento, a los redentores del colectivismo, sean frenteamplistas o comunistas, para darle la bienvenida a políticos que garanticen que el esfuerzo y el sacrificio personal serán inexpropiables.

/Escrito por Manuel Bengolea, Economista, estadístico de la PUC y MBA de Columbia. para El Líbero