En la próxima elección presidencial, el mundo opositor volverá a vivir uno de sus principales maleficios: la proliferación de candidatos decididos a convencer a la gente de la insolvencia transformadora de sus compañeros de ruta. En las recientes primarias legales, un millón de ciudadanos optó por Gabriel Boric y dejó a Daniel Jadue en el camino, con la nada despreciable cifra de 700 mil votos. Pero el candidato de Apruebo Dignidad al parecer no es lo suficientemente progresista como para concitar el respaldo de la Lista del Pueblo, que se apronta a confirmar a su propio elegido para encarnar el sueño de los justos. Que tampoco será tan “puro” para impedir que Eduardo Artés, líder del auténtico comunismo proletario, llegue a la papeleta. Y con seguridad, el menú revolucionario tendrá todavía más integrantes.

Falta además saber quién será el o la representante de Unidad Constituyente, un sector que carga con el peso de sus ambivalencias y de serios trastornos de identidad. En efecto, la ex Concertación, un mundo avergonzado de su historia, que un día descubrió que había construido un país donde la derecha también podía ganar elecciones, y decidió por tanto tirarlo a la basura. Que ahora dice haber aprendido las lecciones de su indolencia frente al neoliberalismo y ser hoy la genuina encarnación de los cambios postergados durante esos veinte años que administró el poder.

Todo verosímil, salvo porque hace solo un par de semanas el PS y su candidata presidencial tocaban la puerta del PC y el FA, solicitando ser aceptados en su primaria, dejando a la DC sola y abandonada a su suerte. Pero los comunistas no aceptaron los socios que Paula Narváez traía bajo el brazo, y los mandaron a todos juntos de vuelta para la casa. En el camino, con implacable frialdad la DC sacrificó a la candidata que había ganado su propia primaria y puso en su lugar a la presidenta del Senado, porque tenía mejores números en las encuestas. Finalmente, la ex Concertación volvió a vender la misma mercadería de la que estuvo en la práctica renegando durante la última década: que representa una alternativa de cambios distinta a la que hoy encarnan el PC y el FA.

En resumen, la oposición vuelve a jugar a la atomización sin considerar las enseñanzas de su historia reciente. En la elección de 2009, Frei, MEO y Arrate sumaron más del 50% en primera vuelta, pero en el balotaje esa suma no se mantuvo y la derecha terminó ganando la contienda. En 2017 pasó exactamente lo mismo: desde Carolina Goic a Eduardo Artés sumaron más de la mitad de los votos, pero esos votos no convergieron en segunda vuelta y la derecha obtuvo una mayoría absoluta todavía más amplia que la vez anterior.

Es que para los puros de espíritu la fragmentación es el resultado inevitable de la consecuencia pero, también, un lujo que a la larga sale bien caro.

/escrito por Max Colodro para La Tercera

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