En el mapa político cultural todo se ha desdibujado. Desde el globalismo impulsado por la ideología postmoderna y su armamento deconstructivo hasta nuestra versión local de la retroexcavadora, los conceptos se han vaciado de su contenido tradicional. De ahí que sea cada vez más complejo referirse a la realidad política. Nietzsche nos advertía que no es posible pensar sobre los fenómenos para los que no tenemos palabras. El problema es que, a estas alturas del avance en la construcción de Babel, hemos llegado al punto de desvincular la palabra del mundo en que habita. De ahí que el poeta Roberto Merino se queje amargamente: “La palabra ‘facho’ perdió totalmente su significado. Ahora te dicen facho por discrepar.”

Más allá de la anécdota que destila el que a un zurdo lo terminen etiquetando de facho por criticar o que a un facho lo tilden de zurdo por promover la política identitaria, lo cierto es que aún en nuestras pálidas memorias sabemos que el zurdo da la batalla cultural en pos de la colectivización y que el facho se pela los dedos y se quema las pestañas por afirmarse como individuo. En esa ruta de la existencia cada cual se encuentra con sus ilusiones, demonios y trampas. Lo interesante es que en el mapa político chilensis las ilusiones del facho alimentan el triunfo del zurdo y las trampas de este último sirven al éxito de su enemigo político… ¿cómo así?

Empecemos por los fachos. Ellos viven presos de la ilusión que afirma que la cultura y todas sus manifestaciones no importan. Lo único relevante en la vida es parar la olla, nada de andarse con poesías lloronas y tocando la guitarra en las fogatas a la orilla del mar. En el mundo del facho, se estudia, se trabaja y se es una persona decente. El facho paga la micro por dignidad; le gusta la Teletón y los bingos escolares para ayudar al que lo necesite. Nada de andar pidiendo cajas de navidad ni esperando que los políticos le arreglen la vida. Varias veces he oído decir en el contexto de la Municipalidad de Las Condes que mucha gente no se acerca a pedir ayuda, porque no saben de la existencia de programas diversos. Es muy probable que una parte de los ciudadanos está desinformada, pero les aseguro que otra parte no está ni ahí con la ayuda del gobierno municipal.

Esos son los llamados fachos pobres y, aunque en nuestra cosmovisión tipo homo economicus nos parezca absolutamente irracional que no se aprovechen las ventajas del clientelismo político, me consta que esas personas sí existen. ¿Cuál es la ilusión del facho tanto rico como pobre? Que basta con el esfuerzo individual para salir adelante; que los negocios son lo primero y que los zurdos son una manga de flojos que nunca va a lograr nada en la vida. Un facho piensa más o menos del siguiente modo: “si tanto les importa el arte y andar con sus chascas largas haciéndole shows a los cabros chicos y entreteniendo a los viejos amargados, entonces hagamos un trato. <Ustedes la cultura, nosotros el negocio>. Así, todos somos amigos y vivimos en paz.”

El problema es que ese trato no sólo se hace a costa del principio de representación cuando se financia con fondos públicos de ciudadanos que no comparten la ideología zurda. Además, esta ilusión promueve la captura de las mentes de millones de jóvenes cuya voluntad política se expresó con fuerza a favor de Boric. Son los gobiernos inspirados en esas ideas los que destruyen todos los esfuerzos de la amplia gama de fachos que ha sacado adelante a este país. De modo que la ilusión de los fachos es como un triángulo de las Bermudas. En uno de sus ángulos permite a los zurdos destruir el principio de representación y con él, la legitimidad de la democracia. En otro, los financia con el sudor de su frente, esperando haber comprado paz social a precio de huevo cuando, en realidad, están financiando a la vanguardia que siembra odio en todas direcciones. Finalmente, en el tercer ángulo esta ilusión termina entregándole al zurdo el poder de destruir los esfuerzos de toda una vida.

Pero no se preocupe que los zurdos también tienen sus problemas. Hablamos fundamentalmente de su desconexión de la realidad producida por la camisa de fuerza que su ideología impone al pensamiento fundado en la experiencia. En otras palabras, ellos saben hablar en bonito, pero nada de lo que creen tiene las consecuencias que esperan. Esta es la trampa del zurdo. Hagamos una breve descripción para profundizar en nuestro futuro cercano.

Para nadie será una sorpresa cuando este 2022 veamos caerse a pedazos las esperanzas que ciudadanos mal informados pusieron en la elección de Boric. Y es que la hiper liquidez ocasionada por los tres retiros y los US$30 mil millones del IFE no volverán. Como vemos está siempre vigente la sabiduría de Michelle Bachelet, pero ahora con una nueva dosis de realismo: desde que asuma el nuevo Presidente no sólo cada día podrá ser peor sino que, inevitablemente, será peor. ¿Cómo enfrentará el joven de Magallanes sendos desafíos si él cree que las empresas con los mayores ingresos son aquellas que ganan 1000 UF mensuales? ¿Qué hará frente a una ciudadanía que legitima los métodos violentos cuando se agote su paciencia por la alta inflación, la agudización de sus problemas, la falta de trabajo y la inmigración descontrolada colapsando parques y plazas?

Así las cosas, la trampa de los zurdos suele ser aquel dispositivo que los desconecta de la realidad donde sus quimeras y falsedades políticas entran en estado de putrefacción. El problema es que las consecuencias son el hambre, el dolor y el derrumbe del mundo común. Volver a levantarlo todo será tarea de los fachos. Y así en el ciclo sin fin, como diría el rey León

Sólo queda por imaginar la sonrisa del ex Presidente cuando observe al joven que promovió su caída, aplastado bajo el peso de una banda presidencial cuyos hilos en este nuevo período se tejen a partir de cinco hebras: arcas fiscales vacías, fuertes presiones inflacionarias, escaso margen de endeudamiento, cero inversión extranjera y una frustración de las expectativas nunca antes experimentada por la generación que le dio el triunfo. ¡Un ironía digna de los dioses griegos!

/Escrito por Vanessa Kaiser, Acádemica Universidad Autónoma, para El Líbero

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