Las vacunas contra el COVID-19 que están autorizadas hoy se desarrollaron a una velocidad sin precedentes y superaron las expectativas sobre su eficacia. Los miles de millones de personas que están protegidas por ellas han evitado síntomas graves, hospitalizaciones y muertes. Estas vacunas son un éxito científico inmenso. Y, sin embargo, podrían ser aún mejores.

El virus ha evolucionado y, para enfrentarlo, el mundo necesita vacunas de nueva generación. Esto incluye vacunas que puedan prevenir por completo las infecciones por coronavirus.

Pero el SARS-CoV-2 siguió mutando y, al hacerlo, hemos visto variantes que son más contagiosas y con una gran capacidad de eludir los anticuerpos protectores y causar infecciones generalizadas, a pesar de los niveles cada vez mayores de inmunidad, tanto de las vacunas como de las infecciones previas. Por fortuna, después de las dosis de refuerzo, las vacunas de ARNm siguen siendo muy eficaces para prevenir hospitalizaciones y muertes, incluso ante la variante ómicron, que es muy contagiosa.

Así que, si podemos eliminar en gran medida la posibilidad de una enfermedad grave y el riesgo de muerte mediante una combinación de vacunas y tratamientos que ya existen, es válido preguntarse: ¿por qué deberíamos preocuparnos por las infecciones?

Incluso las infecciones leves pueden convertirse en un COVID persistente, y las personas sufren síntomas debilitantes y duraderos. Los datos también sugieren que algunos grupos, como los adultos mayores, que han sido vacunados pero no han recibido sus vacunas de refuerzo pueden seguir teniendo un riesgo muy grande de sufrir los peores resultados de la enfermedad. Las infecciones periódicas pueden resultar en trastornos importantes en la vida de las personas, al afectar su capacidad para trabajar y mantener a sus hijos en la escuela. Tampoco hay garantía de que las personas que se infectaron con la variante Ómicron permanezcan protegidas contra infecciones de variantes futuras.

Un cambio que podría hacer que las vacunas sean más efectivas sería que pudieran detener el virus justo cuando ingresa al cuerpo. Esto podría reducir las infecciones por completo, así como la propagación del virus. Las vacunas disponibles actualmente se inyectan en los músculos del brazo y son altamente capaces de combatir el virus una vez que las personas están infectadas. Pero no tienen tanto éxito en evitar que las personas se infecten en primer lugar. Para lograr esto, lo ideal es evitar que un virus se propague justo en el lugar en el que las personas se infectan: la cavidad nasal.

Por esta razón, grupos de científicos, incluida Akiko Iwasaki, profesora de inmunobiología en la Escuela de Medicina de Yale, están trabajando en vacunas nasales contra el COVID-19. “En el mejor escenario, una vacuna nasal podría ingresar a la capa de la mucosa dentro de la nariz y ayudar al cuerpo a producir anticuerpos que detengan el virus antes de que tenga la oportunidad de adherirse a las células de las personas. Este tipo de inmunidad se conoce como inmunidad esterilizante”, escribió la especialista en un artículo para The New York Times.

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