Amanecerá el 5 de septiembre. Nos daremos cuenta de que, como todos los lunes, miles de trabajadores salen de sus casas a ganarse el pan de cada día. Los estudiantes a sus colegios y la ciudadanía se desplegará en la multiplicidad de actividades que construyen la patria chilena. Muchos comentarán los resultados del día anterior. Con más o menos alegría por el resultado volverán a la cotidianidad de sus vidas, con diferentes grados de preocupación u optimismo por el futuro. Ese momento en que, acabadas las disputas de las dos alternativas en juego, seguiremos haciendo comunidad desde cada vida personal y comunitaria. Muchos temen que el bando perdedor no sepa asumir y que quienes ganen no sean magnánimos. Sin embargo, para la mayoría de los chilenos la tarea será aunar y no dejar que los sectarismos dominen la construcción del futuro.

Muchos consideramos al proyecto en votación como una imposición a través de la cual un grupo de chilenos les dice a otros que su acuerdo social no los incluye o no les permite sentirse parte. En ese contexto, hemos dicho que no estamos de acuerdo con la propuesta porque tiene un sistema político que no genera más y mejor democracia. Nos parece que establece sistemas de justicia que pueden llegar a ser 12 en el país (1 para el 88% de los chilenos y 11 sistemas de justicia para los pueblos originarios).

Amén de lo anterior, nos plantea un sistema subnacional que atomiza en vez de descentralizar y muchos otros problemas. Por supuesto, que los derechos personales y sociales que plantea el texto son necesarios y no podríamos estar en desacuerdo. Sin embargo, la sala de máquinas es un problema mayor en el futuro. Esta Constitución se escribió pensando que los actuales grupos en el poder seguirán siendo los mismos para siempre. Traicionaron un principio básico que es escribir pensando en ser minoría algún día y, por lo tanto, defendiendo el derecho del que no piensa igual. Lo hemos repetido varias veces. Con los quórums de reforma que plantea el proyecto a ser plebiscitado, la posibilidad de que venga un gobierno extremo de signo contrario para retraer avances sociales y de derechos individuales es grande y peligrosa.

No nos gusta el proyecto y haremos lo posible por construir uno que sí nos identifique a todos. Podemos ir por más. La diferencia con las dictaduras es que la decisión la tomamos entre todos.

Por lo mismo, es pertinente que haya voto obligatorio y que vayamos a votar en masa. Es más que una obligación; demuestra que el amor a la patria se ejerce en actos concretos, pero no se acaba en un voto. Continúa con más fuerza ese lunes por la mañana. Será la hora de la generosidad de quienes aprueban y rechazan. No será el amanecer de los maximalismos, a los que tendremos que derrotar. Dos semanas después vendrá el cumpleaños de Chile que nos recordará que todos celebramos al mismo país, que nos identifica como una misma familia. Tal vez sea una bendición que venga después de un día que pareciera dividirnos.

/escrito por Soledad Alvear para La Tercera

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