La ansiedad presidencial no es necesariamente un defecto, como se le ha achacado en estas páginas. Menos lo es en las actuales circunstancias. Por el contrario, es muchas veces una virtud cuando hablamos de aquella normal o positiva que portamos la mayoría de los seres humanos. Ella nos genera el impulso del aprendizaje, del logro, de alcanzar la meta, todo lo cual nos moviliza a empeñarnos en hacer bien la tarea.

Intuyo que esa vertiente de la ansiedad es la que hoy están viviendo los científicos que buscan afanosamente una vacuna contra el coronavirus. Es la misma que motiva el emprendimiento, la que mueve a un deportista a superar sus marcas, a un estudiante a obtener buenas calificaciones al rendir su examen o a un capitán de barco a organizar bien un naufragio.

Estamos viviendo una crisis sanitaria gravísima, de la cual no se conoce su origen, su tratamiento ni su desenlace final. Comienzan a aflorar el desempleo y posiblemente, el hambre y la desesperación. En tal escenario, la ansiedad del líder es un sentimiento necesario, que puede venir acompañada de errores o traspiés, pero ello no le opaca su mérito. La antítesis sería una actitud presidencial pusilánime o simplemente vivir esa situación bloqueado por el pánico y la inacción.

Pero la ansiedad tiene también una vertiente patológica o negativa, que —como hemos leído hasta la saciedad— se manifiesta a veces en una obsesión compulsiva. Es aquella de la crítica artera, majadera y reiterativa a través de la pluma: “El Presidente se ha vuelto inútil”, es “brilloso, pero no brillante”, es un “narcisista cercano a lo maligno”. Basta ya, señor Peña. En este trance de angustia en que vivimos, imploro moderación y respeto por la persona y especialmente por la institución presidencial.

Carta al diario El Mercurio de Fabio Valdés C.

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