En 2006, cuando el entonces presidente Luiz Inácio Lula da Silva ganó la reelección frente al candidato de derecha Geraldo Alckmin, por más de veinte millones de votos, nadie imaginó que años más tarde la política los juntaría en una misma fórmula para combatir a un enemigo común.

Pero en aquella elección Lula ejercía la presidencia desde 2003 y estaba considerado como un populista que hablaba, en pleno auge neoliberal, de sacar a la gente de la pobreza y reducir a cero el hambre que vivía el país más grande de Latinoamérica.

Nunca nadie en Brasil había logrado lo de Lula: venir del movimiento sindical, emerger desde el obrerismo y derrotar al establecimiento brasileño. Y hacerlo significó, en ese 2006, vencer al máximo representante de la centroderecha, un exitoso político y famoso líder gobernador de São Paulo.

Han pasado 16 años y ahora ambos aceptan ir unidos para enfrentar al actual presidente, Jair Bolsonaro, quien en 2018 irrumpió con una fuerza inusitada y con una cantidad de votos similar a la que sacó Lula en 2006: 57 millones, un millón menos que el líder del Partido de los Trabajadores (PT).

Con una mirada rasante se puede pesar que Lula se alió a la derecha y que está teniendo una transformación ideológica. Pero lo cierto es que el izquierdista siempre tuvo que buscar alianzas con líderes similares de la centroderecha para derrotar a los sectores más conservadores y gobernar un país como Brasil, con un modelo que le da un peso capital al Congreso y donde reina la complejidad política, debido a la gran cantidad de partidos que integran el Parlamento.

La fuerza del centro político es ineludible si de lo que se trata es de gobernar al gigante del sur.

Entonces, la cuestión va más allá de lo ideológico y tiene que ver con la representación misma del ‘statu quo’, es decir, lo que probablemente será definitorio para el electorado popular es si Lula está siendo visto como “el” representante del bloque de poder brasileño, o si puede seguir siendo el representante de los anhelos de cambio.

Si fuera la primera opción, su candidatura pudiera verse afectada o arrollada por el hombre que está conquistando las banderas del populismo: Bolsonaro, quien logra posicionarse como el verdadero enemigo del establecimiento político.

Una reciente encuesta, realizada semanas después de confirmarse la nueva fórmula vicepresidencial del izquierdista, muestra que Bolsonaro ha recortado la ventaja que le llevaba Lula, aunque este último todavía mantiene un margen bastante favorable.

El sondeo –encargado por la Confederación Nacional de Transporte (CNT) y realizado por el instituto MDA- muestra que, en una hipotética segunda vuelta, la ventaja de Lula sobre Bolsonaro sería de 14 puntos porcentuales (50,8 % contra 36,8 %), cuando la ventaja en el mes de febrero era de 18 puntos (53,2 % versus 35,3 %).

Otra encuesta de PoderData, realizada en abril, pone a Lula con una ventaja de nueve puntos, cuando un mes antes la brecha se ubicaba en 14 puntos. A inicios de 2022, el abismo entre ambos candidatos era de 22 puntos a favor del líder del PT y aún quedan cinco meses de infarto en los que nada está escrito.

Como se sabe, cada encuestadora tiene sus intereses políticos y es lógico que utilicen sus hallazgos investigativos para impactar en la campaña. Pero lo que no puede obviarse es que Bolsonaro no es cualquier líder inflado por los medios, sino uno que ha conquistado territorio popular que antes era afín al lulismo.

| Bolsonaro tiene una estrategia que podría resultar exitosa: convertirse en el dueño de la polarización en contra del establecimiento político brasileño, es decir, robarle el rol simbólico que originalmente poseía Lula.

El conservadurismo es muy fuerte en muchas capas sociales, incluyendo las populares, y el actual presidente tiene línea directa con ellos. Hablamos de un coloso que constantemente está saliéndose de los límites de lo políticamente correcto, algo que hasta ahora le ha dado resultado, y que tiene una estrategia que podría resultar exitosa: convertirse en el dueño de la polarización en contra del establecimiento político brasileño, es decir, robarle el rol simbólico que originalmente poseía Lula y que le llevó a tantas victorias electorales.

La estrategia Bolsonaro
Mientras Bolsonaro afina su estrategia, Lula –el gran líder de la polarización de la primera década del siglo– ahora trata de posicionarse como un actor mediador, no belicoso y que quiere limar la ardua conflictividad que ha provocado el actual mandatario.

Y es que Bolsonaro se ha mostrado especialmente agresivo contra el Poder Judicial y el sistema electoral brasileño, siempre dejando en entredicho su reconocimiento a un resultado contrario e involucrando a las Fuerzas Armadas en la diatriba.

Con respecto al Tribunal Supremo Electoral, el actual mandatario brasileño ha dicho que en su seno hay personas que “conspiran” a favor de su rival. Al aluvión de críticas contra los poderes públicos, Bolsonaro suma la constante exaltación al pasado régimen dictatorial y sus agravios contra Lula, a quien tilda de “ladrón”.

Indudablemente, la polarización le sirve al ultraderechista para intentar pasar la página con sus grandes chascos: el pésimo manejo de la pandemia de covid-19, que dejó más de 600.000 muertes y la galopante crisis económica.

El caso de Daniel Silveira resulta grave. Se trata de un diputado de ultraderecha que ha incitado al cierre del Congreso y del máximo tribunal, insultando a los magistrados. Sin embargo, después de ser declarado culpable por el Supremo y condenado a 9 años de cárcel, fue absuelto de manera exprés por el presidente y se ha convertido en un ícono del bolsonarismo.

Ese gesto no se escapa de su peso electoral. Para Bolsonaro, apoyar a la derecha más radical y conservadora, que ataca a la institucionalidad, es una forma evidente de polarizar.

Además, el presidente ha iniciado giras en el nordeste brasileño, bastión de Lula, y ha impulsado beneficios sociales de cara a la elección de octubre. Sus redes sociales son muy activas en comparación a las del izquierdista, y su estilo, entre conservador y disruptivo, posee una estrategia muy clara que busca conquistar el malestar contra la institucionalidad.

Mientras Bolsonaro se gana el puesto de candidato “antisistema” con un discurso moralizante, Lula se centra en el tema ideológico intentando aglutinar a izquierda y derecha liberal contra el “fascismo” y la extrema derecha.

Esa es la pelea política que estamos viendo en la precampaña que apenas comienza, pero que ya presenta una diatriba candente que pone en vilo la propia democracia.

Hasta octubre, el mes de la primera vuelta, se evidenciará una campaña de pronósticos reservados donde se enfrentan dos pesos pesados, cada uno con sus estrategias muy definidas.

Para observarla hay que entender que tanto Bolsonaro como Lula tienen fuerte ascendencia en el pueblo e irán a la conquista de sectores fuertemente divididos por la grieta social. El pronóstico es que será un choque de colosos.

Por Ociel Alí López, sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela. Ha sido ganador del premio municipal de Literatura 2015 con su libro Dale más gasolina y del premio Clacso/Asdi para jóvenes investigadores en 2004. Colaborador en diversos medios de Europa, Estados Unidos y América Latina.

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