La variable climática fundamental, hasta fines del siglo 19, fue la mayor o menor altura meridiana del sol. La depredación humana no existía o era sólo un factor incidental.

La perspectiva cambió en el siglo siguiente. En 1969, plena Guerra Fría, el Secretario General de la ONU, U Thant, advirtió a los países miembros del sistema que quedaban sólo 10 años para solucionar los problemas globales de la humanidad, entre los cuales mejorar el medio ambiente. De no hacerlo, agregó, “habrán alcanzado proporciones tan escalofriantes que seremos incapaces de controlarlos”.

Los científicos produjeron informes de miedo, casi todos coincidían en una fuerte crítica a la identificación del crecimiento económico con el bienestar social. Destacó entre ellos el del Club de Roma, de 1972, titulado, precisamente, “los límites del crecimiento”. Con datos duros, sus autores denunciaron la incapacidad del mundo para enfrentar, más allá del año 2000, las necesidades de una población siempre creciente, que utiliza los recursos naturales a tasas aceleradas, causa daños irreparables al medio ambiente y pone en peligro el equilibrio ecológico global. Concluyeron advirtiendo sobre intolerables brechas sicológicas, políticas y económicas y pronosticando -ojo- que “el agravamiento de este estado de cosas haría inevitables los estallidos políticos”

A fines de ese siglo 20 ya no se trataba de revertir el cambio climático, sino de detener su deterioro acelerado. En 1991, el entonces Secretario General de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, conminó a iniciar políticas urgentes de largo plazo, pues “lo que está en juego es en extremo importante para toda la raza humana”.

Estallidos en democracia

Pese a las evidencias científicas y empíricas del siglo pasado y a las advertencias de la ONU, pobres fueron los resultados. Tras el fin de la guerra fría, los líderes de los países miembros más potentes pugnaban por crecer indiscriminadamente, para disfrutar el fin de la historia y, de paso, iniciar guerras supuestamente marginales.

Llegó así este siglo 21 con una segunda calamidad: la crisis de la promesa democrática, en cuanto horizonte necesario y global. Tras el fin de la Guerra Fría, la democracia realmente existente dejó de ser el modelo político y cultural de la humanidad, debido (entre otros) a los siguientes factores: carencia de un orden mundial de reemplazo, irrelevancia estratégica de la ONU, subordinación de la cultura humanista a la cultura de la entretención, incomprensión de la revolución tecnológica, decaimiento abrupto de la calidad de los políticos, confluencia del crecimiento económico con las crisis de la desigualdad y la fuerza bárbara de la regresión teocrática.

Las dos señales más alarmantes se produjeron en los EE.UU., la potencia líder del mundo occidental. La primera fue esa guerra conceptual contra el terrorismo, que se ejecutó, sin mayor análisis, contra países tan concretos como Irak y Afganistán. Fue una guerra que el presidente George W. Bush decidió iniciar, sin sospechar sus complejidades y que sus entrampados sucesores no supieron concluir.

La otra gran señal ominosa fue el asalto al Capitolio, inducido por el presidente Donald Trump. Un insólito intento de golpe de Estado, en un país cuyos gobernantes habían definido la expansión de la democracia liberal como su “destino manifiesto”. Tanto o más grave fue que el Partido Republicano optara por apoyar la impunidad de su militante presidencial, subordinando el prestigio de su país al más burdo clientelismo.

En lo regional, la crisis de la promesa democrática también se está expresando mediante señales visibles: dictaduras supuestamente legitimadas por elecciones espurias, elecciones con previo encarcelamiento de candidatos opositores, migraciones masivas de ciudadanos desesperados, gobernantes elegidos como mal menor, corrupción en instituciones fundamentales (públicas y privadas), fuerza expansiva del narcotráfico, judicialización de los conflictos políticos, revueltas camufladas como “estallidos sociales” y hasta terrorismo laico con magnicidio incorporado. Como resultado, América Latina hoy está expuesta a la acción revolucionaria sin teoría revolucionaria, al vaciamiento del poder democrático de derecho y a intervenciones de nuevo tipo de la fuerza institucional.

Razón de supervivencia

Como las desgracias suelen ser gregarias, cayó sobre el mundo el coronavirus como tercera calamidad asociada. Su primer efecto no fue, por tanto, la solidaridad global, administrada por organismos del sistema ONU, sino la búsqueda de culpables. “El virus chino” se instaló, ab initio, como un factor más en la lucha de las superpotencias por la hegemonía mundial y como un argumento versátil para los políticos de vuelo rasante.

En ese contexto, las señales duras que está dando el planeta son tan dramáticas -incendios, terremotos, huracanes, inundaciones, socavones, extinción de especies animales-, que por fin el cambio climático se convirtió en hashtag mundial. Los ciudadanos ilustrados saben, hoy, que el primer deber de un político responsable es asumir las medidas aconsejadas por los que saben, porque más vale tarde que nunca.

Esa sería la buena noticia. Pero, la noticia mala es que demasiados políticos siguen navegando en la laguna de las encuestas coyunturales y lucen desbordados por las tres calamidades instaladas. Esto explicaría por qué su permanencia en los cargos está subordinando el mínimo común de la unidad nacional eficiente y del respeto a sus símbolos. Por qué siguen privilegiando querellas ideológicas, partidistas, refundacionales, generacionales, étnicas, regionalistas, de opciones sexuales, de jergas incluyentes o de símbolos identitarios.

Para algunos, las alternativas a tanto escapismo serían la resignación estoica de los faquires, la idea de que alguna potencia prevalecerá entre los escombros o ese idealismo místico según el cual Dios o los dioses proveerán. Contra aquello está (debiera estar) la razón sensata del realismo posibilista y su efecto práctico de raigambre bíblica: asumir que hay un tiempo para cada cosa.

Vista así, la tarea actual no es reestructurar el lenguaje, licuar la nación, liquidar la república o reemplazar la diplomacia de Estado por la diplomacia de los pueblos. Más bien es la de organizarnos para enfrentar las tres grandes calamidades que nos azotan partiendo por lo más inmediato: buscar, promover y elegir representantes políticos que no aspiren a privilegios, que tengan moral de servicio público y real capacidad de liderazgo.

Desde esa primera piedra, podremos trabajar para refundar partidos y renovar sistemas democráticos, con vistas a cumplir la misión de nuestro tiempo: hacer lo que corresponda para que el país propio y el planeta sigan siendo plataforma para quienes vendrán detrás de nosotros.

Por José Rodríguez Elizondo, Director del Programa de Relaciones Internacionales, Facultad de Derecho, Universidad de Chile para ellibero.cl

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