No se entera un año desde que el gobierno asumió la conducción del país; en realidad, son apenas 10 meses y el balance es desolador. La lista del deterioro que ha experimentado nuestro país desde aquel 18 de octubre es elocuente. Entonces, buena parte de nuestra dirigencia política, social y cultural, decía exultante en las pantallas de televisión y en redes sociales que Chile había “despertado”. El país -sentenciaban varios “rostros” con ojos llorosos- no soportó más los abusos, la desigualdad y los miedos provocados por el sistema neoliberal. La sociedad “estalló” y derrotó, por fin, ese modelo frío e inhumano.

El país empezó a calibrar la magnitud del cambio que emprendería, esta vez, sin escuchar a esos tecnócratas insoportables que habían validado el modelo de la dictadura e impedido por treinta años las anheladas transformaciones. No más planillas Excel, ahora gobernaríamos en verso; fuera esa élite endogámica y autoritaria que solo se protege a sí misma, en su reemplazo “habitaría” el poder un nuevo grupo de dirigentes “cool” y con liderazgos horizontales. Después de todo, el problema era simple, bastaba con dejar de gobernar para los poderosos y hacerlo para la gente. A un lado los corruptos de los treinta años, aquí venimos los que tenemos “otros valores”.

La mayoría de los chilenos creyó en ese diagnóstico y en las promesas de quienes lo enarbolaban. Por eso, les entregó el gobierno y les dio una mayoría de más de 2/3 en la Convención Constitucional. Tuvieron la oportunidad de rediseñar el país y de conducirlo en ese cambio. Cómo no recordar al convencional que en la noche misma de su elección dijo: “para que quede clarito, ahora los grandes acuerdos los vamos a poner nosotros”. Así fue, de hecho, pero el 4 de septiembre, el 62% de los chilenos rechazó esos acuerdos y, aunque nadie lo diga, me parece que esa fue la primera señal de que el país estaba -ahora sí- despertando.

Despertando de la ilusión que sembraron por años, esto partió mucho antes de ese 18 de octubre, comenzó realmente cuando se instaló el discurso de la desigualdad, se demonizó el lucro, se culpó al mercado y a las grandes empresas de todos los problemas no resueltos, se hizo creer que las miserias humanas que se expresan en actos de corrupción empresarial, como las colusiones, solo existen en este modelo; nadie dijo cuál es la solución alternativa y mejor. Solo utopías fracasadas o que no se han probado en ninguna parte.

El problema es que al despertar reinará la frustración, esa inevitable indignación de la mayoría al darse cuenta que a la vuelta de pocos años están peor que antes y, en el mejor de los casos, con una nueva Constitución que a sus ojos se ve muy parecida a la anterior. ¿Qué le ofrecerá el sistema político, especialmente la actual oposición, a esa mayoría? ¿Grandes acuerdos con los responsables del fracaso o una opción propia y viable? ¿Emergerá una utopía populista autoritaria? Lo único claro es que no hay mayor desafío político que gobernar la frustración.

Por Gonzalo Cordero, abogado, para La Tercera