El cielo nocturno casa con el color de las camisas y los chadores que se acercan a la plaza del Imán Jomeiní. El centro de la capital está gobernado por unos altavoces que amplifican las palabras del clérigo que en ese momento ofrece su homilía a cientos de creyentes que, sentados frente a una gran pantalla de cine, escuchan que deben ser justos en sus negocios. Que no deben robar. En silencio. Separados por un metro. La mascarilla puesta: el duelo, este año, no será como de costumbre.

¿Puede una idea ser tan poderosa como para que millones de personas, muchas de las cuales burlan los preceptos religiosos a las primeras de cambio, lloren juntas por el líder que la impulsó hace 1.300 años? Sí y no. Cerca de 200 millones de musulmanes chiítas conmemoran esta semana el martirio del Imán Hussein, nieto del Profeta y su verdadero sucesor, según ellos, pero en Irán, un país todavía fuertemente golpeado por la pandemia del coronavirus, se ha resuelto que, esta vez, el luto debe llevarse en soledad.

En el mausoleo de Ruholá, frecuentado por la comunidad afgana, cerca de un centenar de fieles asisten conmovidos al relato que el predicador hace de la batalla entre las nutridas tropas del califa omeya Yazid y la magra caravana que acompaña a Hussein, en el suelo iraquí de Karbala. A la entrada, dos voluntarios esparcen líquido desinfectante sobre la mano de los visitantes y les colocan una mascarilla.

En el patio del recinto, al aire libre, se oyen de fondo gimoteos, algún que otro quejío roto de dolor y las orientaciones de otro voluntario atareado. Por aquí y por allá, el chico ofrece agua a los asistentes, a quienes ordena sentarse sobre unas marcas colocadas con cinta sobre la alfombra. No permite a nadie sentarse a menos de metro y medio de otro, aunque sea su acompañante varón -las mujeres deben permanecer en otra sección del templo-.

NIÑOS Y ANCIANOS EXCLUIDOS DEL RITUAL

“En la mayoría de casos no necesitamos imponer pautas de prevención. Quienes vienen ya las aplican”, explica Rasul Rasulí, custodio del santuario. “Somos responsables. Nadie entra sin máscara. Cada dos horas desinfectamos todos los espacios. Nadie que tenga más de 38 grados de temperatura puede acceder a los rituales, de los que, por razones de seguridad, hemos excluido este año a ancianos y niños”.

Cientos de musulmanes chiítas conmemoran esta fecha en un mausoleo de Teherán.
Cientos de musulmanes chiítas conmemoran esta fecha en un mausoleo de Teherán.VIA REUTERS

Aunque Rasulí reconoce que “no podemos negar que estamos ante un duelo distinto al tradicional”, las normas aplicadas de higiene y distanciamiento social “quizás supongan una distancia física, pero por otra parte nos acercan. Este año hay mucha gente bajo presión económica“, dice, refiriéndose al efecto de las sanciones estadounidenses y, según ha reconocido el mismo poder, de los desmanes políticos, “y muchos están donando. Estas acciones han supuesto un acercamiento, ni que sea espiritual”.

Desde que estallara la crisis vírica en todo Oriente Medio, a partir de un brote en la ciudad religiosa de Qom, el oficialismo iraní ha hecho hincapié en su pragmatismo contrastándolo, por ejemplo, con la oposición de la derecha religiosa estadounidense a cumplir con los protocolos de prevención de la Covid-19. Los principales centros de peregrinaje fueron cerrados durante meses, así como se dejaron de celebrar los rezos comunitarios del viernes, pese a ser una oportunidad para diseminar ideas políticas.

Con Irán superando los 21 mil muertos por coronavirus, muchos han temido que el mes religioso de Moharrán, que culmina este domingo con el Ashura -la batalla final contra el asediado Hussein-, resulte en otro repunte de casos. Aunque la mayoría señala las husseiniyas, que cada año han reunido a cientos de fieles cantando y golpeándose el pecho al ritmo de los cánticos de famosos plañideros, no pocos han llamado la atención sobre los miles que han aprovechado estos días para hacer turismo por el país.

La máxima autoridad religiosa y política del país, Ali Jamenei, se dejó fotografiar esta semana llorando en total soledad, y con la mascarilla puesta. Para Hussein Moshiri, un profesor de teología, se trató de un ejercicio de pedagogía hecho adrede para orientar los rituales de este año. “El Islam siempre encuentra una vía de salida. Siempre da con una forma de desarrollarse”, explica. “Esta vez, con la crisis del coronavirus, los pensadores del Islam han dado con una que se adapte a los preceptos religiosos”.

RECUPERAR LOS DUELOS EN EL DESIERTO

“Dadas las circunstancias, el seguimiento de rituales mediante streaming por Internet es religiosamente aceptable”, ejemplifica. Y más. Para evitar aglomeraciones en los tekkiye, templos de barrio que acogen a la comunidad en luto, se han establecido tekkiye móviles, rancheras con un plañidero en el remolque que van por los barrios cantando los tradicionales elogios al mártir. El nasri, la comida preparada que se comparte estos días entre los vecinos, ha sido prohibida o sustituida por productos higiénicos.

En algunos pueblos, la situación ha sido un acicate para recuperar los duelos en el desierto, una tradición que lleva a muchas familias a llorar en soledad entre las dunas. Otro de los rituales condicionados por la pandemia ha sido la tasua, la más importante de las procesiones en las que los piadosos físicamente más fuertes se golpean con cadenas -Irán prohíbe la flagelación con sangre- y caminan sosteniendo enormes estructuras metálicas, los alam. Este año se han limitado tales actos.

Las consecuencias de la política religiosa de circunstancias se evidencian también a pie de calle durante esta suerte de versión chiíta de la Semana Santa. El año pasado, los alrededores de la mezquita de Arg, un templo cercano al Gran Bazar que cada año recibe a los fieles seguidores del ala rigorista del poder, estaban a rebosar; este año, la afluencia era mucho menor. “Gracias a Dios se está mejor así. Con menos multitud se aprecia mejor este ritual“, opina Said, mientras va camino de la sección de mujeres para recoger a su esposa y a su hija.

Dentro de la mezquita, a la que se accede por un túnel que arroja desinfectante, muchos buscan un espacio libre para golpearse el pecho al ritmo de un tempo hipnótico. Pero en primera línea, no menos de una veintena han caído presas del embrujo de uno de los momentos más extáticos de un ritual cuyos ecos, da la impresión, se remontan a la noche de los tiempos. “¡Hussein!¡Hussein!¡Hussein!¡Hussein!”, gritan una y otra vez estos jóvenes arremolinados, descamisados, golpeándose sin cesar, ungidos en sudor y lágrimas.

Para la mayoría de iraníes el Ashura trasciende a lo religioso. “De pequeña, mi padre jamás me dejaba estar con mis amigas tras la caída del sol. Estos días eran los únicos en que, dado que ellos iban a la hayat -reunión de fieles del barrio-, me dejaban quedarme hasta tarde”, recuerda Shirin, una informática. Para los chicos, sostener el pesado alam no es sólo un acto de fe; es también una oportunidad para exhibir músculo frente a las jóvenes que acuden a este encuentro social en busca de un buen partido.

Como resultado, y para disgusto de aquella parte del clero más conservadora, ciertas tradiciones mucho menos piadosas se han imbricado entre los actos religiosos de este tiempo. Pero, este año, el coronavirus ha disuadido a muchas madres de acudir a colocar lazos en ciertos templetes para rogar por una buena esposa para sus retoños. La pandemia ha conseguido que un momento del año vivido con el corazón en un puño no se cure con muchas mariposas en los estómagos.