El retorno del expresidente Sebastián Piñera a la arena política en Chile refleja un oportunismo de mal gusto, pero también es una amenaza al intento por reinventarse que ahora está emprendiendo la derecha. Aunque a Piñera le cueste entenderlo, para enfrentar exitosamente los desafíos de esta nueva etapa, la derecha deberá enterrar los vestigios de la dictadura—incluida la constitución de 1980—y también los recuerdos y el legado de los dos polémicos y deficientes gobiernos que lideró el empresario y político.

Después de haber estado literalmente escondido durante los primeros seis meses de gobierno del Presidente Gabriel Boric, Piñera volvió a la arena política con un inusitado entusiasmo. No hay discrepancias sobre cuáles fueron las razones que lo tuvieron alejado de los medios. Piñera, y los partidos de derecha, leyeron correctamente que su presencia dañaba la campaña del Rechazo.

La mala imagen pública que tiene Piñera probablemente habría ayudado a la campaña del Apruebo más que a la del Rechazo. Por eso, Piñera se escondió. Aunque la izquierda, y el propio gobierno de Boric, intentaron provocarlo para que saltara al ruedo, el incontinente expresidente no respondió a las provocaciones. A sus 72 años, ya era tiempo de que pudiera controlar su incontinencia mediática.

La ausencia de Piñera ayudó a que la campaña del plebiscito se convirtiera más en un referéndum sobre el desempeño del gobierno de Boric y sobre la dirección en la que va el país que en un concurso de popularidad entre Boric y Piñera. Pero el hecho de que la derecha necesitó que Piñera se escondiera para lograr que su opción política fuera electoralmente viable dice mucho de lo que representa Piñera. El dos veces presidente de la república es un pasivo para la derecha. Negar esa realidad es querer tapar el sol con un dedo.

Por eso, resulta incomprensible que, después de que la derecha lograra su victoria electoral más importante desde el retorno de la democracia, Piñera quiera volver a la arena política. Es cierto que la victoria del Rechazo no fue solo de la derecha. Hubo grupos y líderes de centro, de izquierda y muchos liberales que valientemente trabajaron para derrotar la maximalista constitución arbolito de pascua propuesta por la convención. Con todo, aunque la victoria del Rechazo fue de muchos, nadie puede negar que fue también una victoria de la derecha política chilena.

Ya que hay un tremendo capital electoral que ahora la derecha puede capitalizar, no sorprende que muchos políticos del sector se sientan tentados a querer liderar esa aventura. El retorno de Piñera al ruedo político alimenta las sospechas de que, aunque él ha dicho que no quiere volver a ser candidato, aspira a ser un actor relevante en la derecha. Es más, dada su conocida incontinencia, uno nunca debería descartar una nueva candidatura presidencial de Piñera.

Su discreto, pero innegable involucramiento detrás de bambalinas en la campaña del Rechazo confirma las sospechas de que Piñera aspira a dirigir desde las sombras la estrategia de reposicionamiento de la derecha. Sus entrevistas en los últimos días en varios medios de comunicación despejan las dudas sobre el protagonismo que aspira tener el expresidente.

Es innegable que Piñera tiene credenciales y méritos. Ganó la mayoría absoluta en dos elecciones presidenciales. Es el único derechista que ha logrado ser electo democráticamente presidente en Chile en más de 60 años. Al menos en el primer periodo, entregó un país mejor del que recibió.

Pero los pasivos políticos de Piñera superan ampliamente sus activos. En el estallido social de 2019, no trepidó en entregar la constitución para salvarse él. En La Moneda, Piñera se apuró en abandonar su programa de gobierno para abrazar causas populares con el objetivo de mejorar un poco su popularidad. Piñera siempre privilegió las encuestas de aprobación de la semana por sobre los principios y objetivos de largo plazo. Aunque dijo defender un discurso de derecha, promercado y favor de la competencia, bajo sus dos gobiernos, Piñera hizo crecer el Estado, creando nuevos ministerios y ampliando las regulaciones. En vez de fortalecer a los partidos de derecha, Piñera buscó fortalecer su círculo íntimo. Finalmente, Piñera nunca logró ganarse ni el corazón de los chilenos, ni la confianza de los líderes de su propio sector.

Ahora que el expresidente vuelve a testear las aguas para convertirse en un actor político relevante, la derecha chilena debiera evitar cargar con el pesado yunque de impopularidad y rechazo que representa el expresidente. Precisamente porque la derecha tiene una gran oportunidad para construirse como una opción de futuro razonable, moderada y libre de la pesada carga del pasado, los partidos y simpatizantes de ese sector debieran resistir con determinación y disciplina el intento de Piñera por influir en la hoja de ruta que dibujará ese sector.

Después de que la derecha tuvo que luchar por dos décadas para desligarse del controversial y polémico legado de Pinochet, ese sector debiera evitar ahora asociarse con el tóxico y dañino legado asociado a los dos gobiernos del expresidente Piñera.

Por Patricio Navia, Doctor en Ciencia Política y profesor de la UDP, para El Líbero

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