A principios de octubre, Donald Trump recibió a un puñado de aliados republicanos en su torre de Manhattan para darles un mensaje urgente: nos van a querer robar las elecciones de medio término y tenemos que enfrentarlos para detener esto. Especialmente en Pensilvania y Georgia. Trump quedó obsesionado con esos dos estados desde las presidenciales de 2020 porque cree que fue allí donde los demócratas “manipularon” los resultados y le “robaron” la reelección.

A la reunión asistieron ex funcionarios suyos como el cercano Michael Caputo, varios abogados de los bufetes más caros del planeta y hasta el agente de la CIA Sam Faddis, que armó un equipo de inteligencia para monitorear el proceso. Muchos otros “halcones” se fueron sumando y hoy hay decenas de equipos de abogados y espías trabajando en al menos diez estados para asegurarse de que sus candidatos ganen por las buenas o por las malas.

Para enfrentarlos, además de abogados, los demócratas sacaron a la cancha a la que sigue siendo su figura más convocante, el ex presidente Barack Obama. Se pasó la semana de gira por los estados en que los candidatos de su partido están más comprometidos. Y repitió que “no hay lugar para la intimidación de los votantes o la violencia política en Estados Unidos, ya sea dirigida a los demócratas o a los republicanos… No hay lugar, y punto”. El presidente Joe Biden lo apuntaló durante sus propias apariciones. “No puedes amar a tu país sólo cuando ganas”, dijo Biden en su discurso en la Unión Station de Washington, advirtiendo que los candidatos que se niegan a aceptar los resultados del próximo martes podrían poner a la nación en un “camino hacia el caos”.

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