La lista de los grandes economistas chilenos que naufragaron al intentar carreras políticas es larga y antigua y contiene nombres señeros, como los de Gustavo Ross, Raúl Sáez, Pedro Vuskovic, Alejandro Foxley, Hernán Büchi, Rodrigo Valdés, etc. Todos ellos comprendieron, muy tarde, que la economía es una ciencia regida por leyes matemáticas bastantes inflexibles, y que ciertamente molestan y no caben en el país de las maravillas que es la política. Todos ellos vieron naufragar su bien ganado prestigio en el mundo real cuando se traspasaron al mundo irreal de la política, en que siempre se intenta lo imposible y se trata de que tenga lógica lo que contradice al sentido común.

Hoy estamos viviendo la aventura política de Mario Marcel, que de serio y responsable presidente del Banco Central ha saltado al Ministerio de Hacienda de un régimen populista y sin pies ni cabeza como el de Boric.  Todas las virtudes de sensatez, equilibrio y previsora sabiduría que le dieron fama en el instituto emisor no tienen cabida en el ambiente esquizofrénico de un gobierno que solo puede consolidarse con un populismo insostenible y en que la audacia es lo único que puede prevenir el fracaso. En esas condiciones, el derrumbe del prestigio del Sr. Marcel no es un pronóstico, sino que una certeza respaldada por la improbabilidad del milagro.

Porque, en verdad, solo un milagro podría evitar que el gobierno al que el Sr. Marcel sirve se deslice rápidamente hacia la total incapacidad de cumplir con los mínimos requerimientos de un gobierno responsable. Como presidente del Banco Central ganó fama de apóstol de los equilibrios fiscales, del endeudamiento prudente, del otorgamiento de seguridad y estabilidad que son requisitos indispensables para fomentar la libre empresa y la inversión productiva,  de la independencia y profesionalismo del instituto emisor, de la eficiencia administrativa y de la responsabilidad fiscal, y ha pasado, en pocos días, a convertirse en el aval juzgador de todas las iniciativas que vulneran aquello y se sienta en un gabinete en que se compite por el premio a la iniciativa más disparatada y a la frase más mentirosa y agresiva.

En verdad que cuesta pensar que una persona tan bien preparada y bien intencionada puede decidirse a jugar su futuro en una apuesta tan desafortunada como es el Ministerio de Hacienda de la administración Boric, que está condenado a ser juguete de un populismo sin destino por la simple razón de que el país no está en condiciones de sustentarlo en la coyuntura mundial y nacional en que estamos. Es demasiado obvio que, como ya está ocurriendo, el Sr. Marcel se convertirá en propagandista de todo lo opuesto a lo que hizo para edificar su carrera y perderá completamente su imagen de garante inicial de la mesura y la responsabilidad. De ser un factor de estabilidad, se convertirá con gran rapidez en motivo de desconfianza y de incertidumbre. 

¿Es tan grande el vértigo del poder, del automóvil fiscal con chofer, del saludo de los carabineros cuando se cruza por La Moneda, del hipócrita homenaje de las autoridades extranjeras cuando se les visita, de la frecuente fotografía en los periódicos, como para que un hombre abdique de sus principios? El ejemplo del Sr. Marcel dice que sí, pero el juicio de la historia dice que no. En verdad que es una lástima lo que le está ocurriendo al Sr. Marcel y todavía es más lastimoso el futuro que lo espera. Si tiene la entereza de irse cuando la presión de los irresponsables que pululan en torno a la administración Boric se le haga insoportable, o si se queda para “apagar la luz” cuando la crisis económica lo devore, el olvido de la anécdota lo estará esperando. Ni el portazo de Raúl Sáez ni la iracunda despedida de Pedro Vuskovic los libraron de ese destino.

La realidad de lo que es le impone a Boric un ministro de Hacienda irresponsable, porque toda medida sensata para realizar el ajuste que la economía chilena requiere para lograr cierto grado de estabilidad no tendrá sustento político en sus bases manejadas por un PC. Este sabe que, o adquieren el poder total en un corto plazo o saldrán de La Moneda a patadas, y mucho más pronto de lo que se podría haber esperado inicialmente.  Y ello, por la sencilla razón de que una política económica siquiera coherente no tiene sustento sobre una base política tan rupturista e inestable como la que ese gobierno tiene.

Por todo eso es que, con algo de pena en el corazón, estaremos invisiblemente parados en la puerta de La Moneda para exclamar en el momento oportuno “¡Adiós, don Mario Marcel!”. Tal epílogo es la consecuencia inevitable de haber aceptado un encargo que pudo ver como un honor, pero que en realidad era una misión imposible.

/Escrito por Orlando Sáenz, empresario y escritor, para El Líbero

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