Como siempre he sido cristiano, creo en los milagros. Esto es, creo que, en ocasiones muy especiales e infrecuentes, Dios permite que sus leyes inmutables que gobiernan la vida y el universo por Él creado suspendan su inexorabilidad para que se produzca un efecto que es imposible para la razón humana, como la de la resurrección de un muerto o una lluvia de panes en el desierto. Hasta hace poco, me asistía la convicción de que el número de creyentes en esos milagros disminuía constantemente al compás del indecible materialismo de nuestros tiempos.

Por eso es que me ha producido tanto estupor y desconcierto el comprobar que existen muchísimos más creyentes en los milagros de los que siempre supuse y, más asombrosamente aún, que esos creyentes inadvertidos se encuentran precisamente entre los más alejados de las revelaciones divinas. Para demostrar esto, me propongo recurrir a dos o tres ejemplos sacados de la actual realidad.

Durante los últimos cien años, muchos países del mundo buscaron el bienestar y el desarrollo general sustituyendo a la iniciativa privada por el control centralizado del estado como fundamental generador de riqueza, empleo y distribución equitativa. El fundamento del cambio siempre fue porque el desarrollo basado en el capitalismo y la libre iniciativa producía una enorme tensión social y una muy desigual distribución de la riqueza. Pero ocurrió que todos los experimentos de resultados por esa nueva ruta terminaron en estrepitosos fracasos. De ellos surgió, primero, el estancamiento –cuando no el retroceso–, al que siguió el descontento popular que se necesita reprimir y por ese camino siempre se ha llegado, indefectiblemente, al estado policial.

El mundo exhibe por todas partes los escombros de esos experimentos y las heridas materiales y espirituales que los acompañaron. Todavía hay algunos en desarrollo que se pueden observar abriendo un periódico o encendiendo un televisor, como es el caso de Cuba, de Venezuela, de Nicaragua por nombrar los más cercanos. Incluso en nuestro país todavía están frescas las terribles consecuencias del tempranamente abortado experimento que pretendió Allende y que nos costó una penosa recuperación económica en el marco de una dictadura militar cercana a las dos décadas.

Siendo así las cosas, parece inconcebible que hoy exista en Chile todo un sector ciudadano que, supongo sinceramente, cree que nuestro país puede romper ese impresionante listado de fracasos con una primera experiencia exitosa. Eso sería un milagro que haría palidecer al del cruce del Mar Rojo.

Si bien ese ejemplo es señero, hay otros que aumentan el volumen de los recién descubiertos milagreros. Está el caso de los que, aun en sectores presumiblemente cultos, creen posible que el problema en la Araucanía se solucione con mesas de diálogo, creaciones de guetos reservados, entrega de terrenos, etc. Es lo que se ha estado haciendo por muchas décadas y que solo ha sido acompañado de más violencia y más anormalidad. Que llegue un régimen que, por los mismos caminos, obtenga un resultado positivo es, simplemente, creer en la ocurrencia de otro milagro comparable a la multiplicación de los panes.

Tengo amigos, muy informados y cultos, que de verdad creen  que el gobierno Piñera II todavía tiene tiempo para proteger eficazmente al comerciante de Plaza Italia, al colono en la Araucanía, al mercadista en una población metropolitana, a la mujercita que tiene que pagar peaje para atravesar un puente entre Temuco y Padre las Casas. Eso sería un milagro tan grande como la curación del ciego de que nos hablan los evangelios.

Pero el más bizarro de los grupos milagreros es el que cree que un fulano como Gabril Boric puede hacer un gobierno coherente y positivo, aún si no estuviera prisionero del círculo de comunistas que lo rodean. Si eso fuera posible, echaría por tierra todas las teorías sobre el valor de la experiencia y la educación, aunque haya precedentes de prodigiosos sabios innatos, de lo que se dice “ciencia infusa”, como fueron Salomón, Santo Tomás de Aquino y Mozart. Tres ejemplos en cuatro mil años no apuntan demasiado al número cuatro de Boric. Es mucho más probable pensar que quienes creen en un buen gobierno de Boric todavía no comprenden que lo que tienen entre manos no es más que un Sancho Panza sin don Quijote y que lo que se puede esperar de él como gobernante es, con suerte, un Castillo sin Sobrero y, con mala suerte, un Maduro sin Camión. Otra cosa sería un milagro superior a la resurrección de Lázaro.

Sigo creyendo en los milagros, como creo en su extrema rareza y, francamente, me resulta imposible creer que la solución de los problemas de Chile amerite uno nuevo y cósmico. Decididamente no soy un milagrero.

Nota: No estimo calificables como milagreros a los que le creen a los demagogos que predican que se produce más trabajando menos, que existen los derechos sin deberes y que es posible un gobierno socialista que, desmintiendo al propio Dios, cambia aquello de “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” y subsidie eternamente a los vagos. Esos creyentes no son milagreros si no que son idiotas cuya cura no está en el campo de la política si no que en el de la medicina.

/Escrito por Orlando Sáenz, empresario y escritor, para El Líbero

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