Algún país. Año 2030. La señora Juanita, de 60 años, está desesperanzada. Lleva años ahorrando para abrir su panadería, y cuando quiso hacerlo, se dio cuenta que era tarde. Ya no están disponibles los programas de los bancos en apoyo a las pymes, ya que se han ido achicando y otros cerrando. Están tan restringidos que no pueden asumir un riesgo alto. Además, la gente casi no tiene ahorros, o bien los ha llevado a otros tipos de activos, por lo que no es fácil para un banco obtener fondos. Ah, pero le dijeron que el Estado se encargaría.

La señora Juanita tiene que trabajar, ya que no ha podido jubilarse. Aunque sus legisladores nunca aprobaron la postergación de la edad de jubilación, ella tiene que seguir haciéndolo igual. Los ahorros que tenía en el sistema ya no están, y nunca más ahorró ni se preocupó por su pensión. Ah, pero le dijeron que el Estado se encargaría.

Tiene que trabajar, porque entre otros gastos, tiene que pagar el arriendo. Recuerda aquellos tiempos en que con un poco de ahorro hubiera podido comprar su vivienda con un crédito hipotecario, a una tasa nominal en torno al 5% anual a 25 años. Su cuñada lo hizo, incluso compró dos más. Juanita no lo hizo y no posee vivienda. Ah, pero le dijeron que el Estado se encargaría.

Pensó que, si no podía instalar su panadería, cocinaría en casa. Pero a quién le vendería, si los supermercados ya no son lo que eran antes. El crédito está restringido, y los más grandes, ya no cuentan con un mercado de capitales. Sólo los más grandes han podido emitir afuera. Qué ironía, piensa Juanita, ir a pagarle dividendos e intereses a los mercados extranjeros, si funcionaba tan bien el local. Ah, pero le dijeron que el Estado…

Tampoco podrá comprar un camión para repartir, ya que ni el crédito automotriz ni el leasing son lo mismo que antes. Tendrá que pagar el transporte a un tercero. Pero no está segura de poder hacerlo, ya que por más que han querido subsidiar el combustible, el dólar ha subido tanto, más de 1000% en casi una década, que es prohibitivo. Pensó buscar algún transporte alternativo, basado en otros tipos de combustibles o energías. Pero en su país ha habido muy poco de esto, desde que se restringió la inversión extranjera. Ah, pero le dijeron que el Estado…

Ella está preocupada porque quizás ni los insumos pueda comprar, ya que podrían comenzar los paros agrarios, ante las restricciones a las exportaciones, impuestas por el gobierno con la idea de sólo abastecer al mercado interno. Y justo cuando más se necesitan los dólares. Ah, pero le dijeron…

Teme que ni la gente de su barrio pueda pagar el kilo de pan, ya que, la inflación está siendo tan alta, que el salario mínimo podría no alcanzar para éste, ni hablar de carne. Ah, pero le dijeron…

Juanita tiene que trabajar, ya que su red de ayuda está tan débil como ella. Uno de sus hijos se tuvo que ir fuera del país, y el otro está sin trabajo. Cuesta encontrar trabajo en el sector privado, prácticamente sólo el sector público contrata. Claro, si le dijeron que…

Está intrigada Juanita, pues no tiene claro cómo el Señor Estado lo hará. Cómo será tan eficiente para producir, contratar, y proveer de todas las necesidades de ella y de sus compatriotas. Cómo se financiará, si el país está tan pobre que ni tiene a quién cobrar impuestos. Además, qué ironía, vuelve a pensar Juanita, que el Estado tenga que recurrir al mercado de capitales externo, cuando el doméstico funcionaba tan bien. Los ahorros nacionales, que compraban cerca del 80% de la deuda del Estado, ya no están. Juanita no necesita ser economista para darse cuenta que es lamentable, que hoy, en 2030, el gobierno tenga que emitir a tasas tan altas (y en dólares, cuando ni siquiera se tiene tantos). Los ahorros soberanos desaparecieron, el FMI duda prestar más, y la minería, nacionalizada, ya no produce como antes. Ah, pero le dijeron…

Juanita está desesperanzada, porque le dijeron que el mercado era el culpable de todo hace una década. Y que ahora, luego de desarmarlo todo, el Señor Estado todopoderoso y omnipresente, le solucionará prácticamente todos sus problemas. Pero Juanita se está dando cuenta que esta ideología, al igual que la fe, es la certeza de lo que se espera, y la convicción de lo que no se ve. ¡Claro que no se ve! La señora Juanita no necesita ser historiadora para saber que ni en Alemania funcionó. Tampoco necesita ser periodista para entender que lo que está ocurriendo en su país lo vivió hace poco México, Argentina y Venezuela.

/escrito para La Tercera por Paula Yazigi

*La autora es economista, investigadora asociada a Horizontal.