Una dimensión poco abordada del episodio de los indultos es lo que dicen esos perdones acerca del estallido de 2019-2020. La violencia que sufrieron diversas ciudades ha dejado una marca hasta hoy indeleble de monumentos derribados, saqueos, inmuebles quemados, muros pintarrajeados y carabineros, militares y manifestantes acusados ante tribunales de justicia (varios ya condenados).

De los 12 convictos que recibieron el indulto por delitos vinculados al estallido, la mitad contaba con condenas previas y once ya habían sido detenidos por Carabineros en alguna ocasión. Estos datos, que han dado pie para que se demande la revocación de la gracia a quienes ya habían sido sentenciados, sugieren una presencia muy elevada de delincuentes en los hechos de violencia que pusieron en jaque la paz social entre octubre de 2019 y marzo de 2020.

Es presumible -aunque con el Ejecutivo actual toda posibilidad queda abierta- que los indultados deberían ser lo más presentable entre los casos estudiados por la autoridad para otorgar perdones. Si en ese grupo “selecto”, el 50% tiene prontuario criminal y el 92% ya había sido detenido, cabe preguntarse qué es esperable para aquellos que no calificaron.

Queda en evidencia que el estallido tuvo un alto componente delictual. Esto ayuda a explicar por qué la violencia cobró tanto protagonismo en los hechos de 2019-2020: una porción relevante de los que protagonizaban incidentes serios vio en ellos una oportunidad para delinquir con impunidad y para vengarse de la policía y de todo símbolo de autoridad.

Parece obvio que este componente delictual no tenía interés alguno en permitir que las cosas volvieran a la normalidad y prolongó todo lo que pudo la fiebre violentista que aquejó a Chile en esa época. Los “insurrectos” al estilo del indultado Luis Castillo entendieron que esa era su hora y la aprovecharon. A país revuelto, ganancia para el crimen.

La presencia de delincuentes en las protestas explica también el cansancio y la distancia crecientes que fue tomando la ciudadanía respecto de las manifestaciones. Ésta no tardó en tomar nota de que lo que estaba imponiéndose no era la protesta social por falta de soluciones largamente esperadas, sino un festival de violencia impune que dañaba su calidad de vida, sus barrios y su posibilidad de trabajar, estudiar o, simplemente, surgir.

La reacción ante los indultos presidenciales ratifica que romantizar el estallido es hoy un ejercicio políticamente radiactivo. Tanto el plebiscito de septiembre como las encuestas recientes muestran que la gente ya no quiere saber nada de octubrismo. Así como se derrumba el apoyo a la protesta violenta y renace el anhelo de orden, también cae el respaldo a los políticos que aún no quieren despegarse del estallido y sus protagonistas.

Escrito para La Tercera por Juan Ignacio Brito, periodista

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