Se sabe que, en cualquier discusión o debate, el que se enoja pierde. Y a Sebastián Sichel se le ve cada vez más molesto. Lo rodea una creciente soledad, no únicamente en lo relativo a los apoyos partidistas, sino también en lo electoral. El candidato que después de las primarias llegó a captar 24% de adhesión, hoy apenas marca 7%.

Un conjunto de factores explica el derrumbe.

Por un lado, las limitaciones del propio Sichel, quien ha cometido errores no forzados y a ratos no ha estado a la altura del desafío. La demora en reconocer los retiros desde su cuenta de AFP, el nombramiento de un jefe de campaña que duró solo unos días en el cargo o el débil desempeño en los debates son problemas creados por el mismo candidato, al que a veces le sobró soberbia y siempre le faltó autocrítica.

Segundo: para Sichel ha sido costosa la identificación con Sebastián Piñera y un gobierno que es un lastre electoral. Aunque ha intentado alejarse de La Moneda en las últimas semanas, es increíble que su comando no haya previsto esta situación desde un principio. Tampoco ha conseguido distanciarse de los empresarios, al punto que uno de ellos asumió la coordinación de su campaña.

Un tercer factor que juega en contra de Sichel es que no logró resolver su condición de independiente y abanderado de una coalición de partidos. Éstos no siempre actuaron con lealtad, pero el candidato ayudó poco al adoptar posiciones que sugieren una lectura equivocada de la realidad que enfrentaba, como su amenaza contra quienes votaran a favor del cuarto retiro.

Otro inconveniente se relaciona con que Sichel identificó el centro como la ubicación equidistante y estática entre los extremos. Esa manera posicional de interpretarlo no reconoce que, en muchos temas, el centro no supone un justo medio, sino el sitio donde se ubica la mayor parte del electorado. Así fue como José Antonio Kast le ganó la partida en temas como inmigración o el combate contra el narcotráfico.

Por último, Sichel creyó que solo debía crecer hacia el “centro”, con lo que terminó alienando al votante de derecha, al que dio por descontado, revelando una comprensión equivocada de las lógicas de la primera vuelta y del potencial de Kast.

Estos factores dieron pie a un cóctel venenoso al combinarse con el rasgo clave de la candidatura: su carácter utilitario. Sichel ganó la primaria porque asomaba como el único capaz de contener a la izquierda radical, no porque su figura o proyecto generaran adhesión profunda. Una vez que los traspiés se acumularon y la utilidad se relativizó, la candidatura se desplomó al no contar con otros recursos de validación.

A no ser que ocurra algo extraño, todo indica que para Sichel ya no hay retorno posible: hoy solo parece un candidato picado en busca de culpables por la oportunidad perdida.

Por Juan Ignacio Brito, periodista, para La Tercera

/gap