Los ritos y las formas van a estar en la mirada de todos este domingo 4 de julio, cuando se inaugure la Convención Constituyente.

A través de ellos se va a manifestar si estamos en presencia de un acto verdaderamente republicano o de una simple asamblea partisana.

Mal partimos tiempo atrás, cuando hubo convencionales mediáticamente poderosos que se opusieron a que el juramento de la dupla paritaria que presidirá inicialmente la instancia fuese tomado por el presidente de la Corte Suprema. La ofensa fue significativa, pero no tuvo más resultado que cambiar a un alto magistrado por una digna funcionaria menor, la secretaria relatora del Tribunal Calificador de Elecciones. En todo caso, la señal fue explícita: no queremos tener vínculos con los poderes del Estado.

Pero el tema de los juramentos o las promesas no está agotado, porque ¿en nombre de quién lo harán los convencionales? Algunos han propuesto que sea invocando a “los pueblos de Chile”, expresión ambigua, pero claramente dirigida a disolver la unidad nacional. Quizás haya libertad para apoyarse en diversos principios, pero entonces, ¿cómo podría pretenderse un resultado que obligue a todos, si los fundamentos habrán sido quizás variadísimos?

Con la persona electa para presidir se mostrará también otra clave simbólica: o se habrá buscado mayoritariamente a quien pueda conducir con autoridad o a quien deba, más bien, difundir una imagen comunicacional. O el especialista o el populista.

¿Se va a cantar el Himno Nacional? ¿La Bandera patria presidirá la ceremonia como único emblema? Mario Góngora dejó muy en claro la función que habían cumplido en la formación de la nacionalidad, pero qué diferentes son hoy las formas de entender “el asilo contra la opresión”. Quizás, por eso mismo, sufran el Himno y la Bandera una que otra desilusión este domingo 4.

Acompañarán a las anteriores dimensiones rituales, otras expresiones que no solo podremos calibrar el día de la instalación de la Convención, sino que la acompañarán a lo largo de toda su trayectoria.

El lenguaje. Desde este mismo domingo las palabras expresarán respeto o insultos; serán cultas o vulgares; procurarán incluir o dividir; se limitarán al mandato recibido o se extralimitarán hacia mil caprichos. ¿Qué va a primar en el lenguaje? ¿El “no conversaremos con la derecha” o el “vengo abierto a hablar con todos”?

El tono de la voz y los restantes gestos corporales. El cuerpo entero y, en particular, ese instrumento maravilloso que es la voz humana, darán a conocer las más profundas disposiciones de cada convencional. Los de temperamento altisonante, destemplado y agresivo, suelen encontrar en estas instancias oportunidad de lucimiento personal, ocasiones para gritar y agitarse desde su asiento. Es cosa de que repasen los manuales de los jacobinos y de los bolcheviques para aprender modos concretos de autoexaltación.

La presentación personal. Diferenciará también a quienes creen en el valor de las formas como expresiones de la armonía interior, de quienes buscarán transmitir con un aspecto “cuidadosamente desarreglado” un mensaje más de protesta y de ruptura.

Y la forma ausente.

El Gobierno ha anunciado que su papel será “minimalista”. Pero la Constitución nos dice que “el Gobierno y la administración del Estado corresponden al Presidente de la República”. ¿Cómo podría tener el Gobierno una actitud minimalista sin faltar a sus deberes fundamentales? ¿A quién le correspondería, en ausencia del Gobierno, asegurar un correcto funcionamiento de la Convención?

Este domingo 4 se cumplen exactamente 210 años de la instalación del Primer Congreso Nacional. La comparación está abierta.

/escrito por Gonzalo Rojas para El Mercurio

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