Si algo ha caracterizado a la política chilena del siglo XXI es la proliferación de las encuestas, no solo como un medio de evaluación de la realidad de un momento determinado, sino también como un instrumento de proyección.

Cada encuesta puede ser analizada desde diversas perspectivas. Desde luego, cada una representa un momento específico de la opinión pública y no una comprensión de la realidad de más largo plazo. Si recordamos bien, solo hace algunos meses los principales candidatos presidenciales –y potenciales gobernantes para el próximo periodo de acuerdo a diferentes estudios de opinión– eran Joaquín Lavín y Daniel Jadue: ambos fueron derrotados en sus respectivas primarias y ya no son candidatos a La Moneda. También es relevante, en cada caso, la pregunta que se formule: no es lo mismo “quién cree” o “quién quiere” que sea el próximo Presidente de Chile. Influye cuántas personas se pronuncian sobre un tema determinado y cuántas “no saben” o “no responden”. Otros factores pueden cobrar interés según las circunstancias: si los estudios de opinión son semanales, mensuales o trimestrales; el tamaño de la muestra; si es presencial o telefónica; si es de una empresa independiente o de un comando o grupo interesado.

El tema ha vuelto a adquirir interés, ya que este miércoles 15 de septiembre Carmen Le Foulon, coordinadora del área de Opinión Pública del Centro de Estudios Públicos, presentó los resultados de la encuesta del CEP, quizá la más tradicional y una de las más respetadas del país, desde su nacimiento a fines de la década de 1980, como muestra el interesante estudio de Maximiliano Jara (“Las encuestas del Centro de Estudios Públicos en la coyuntura plebiscitaria de 1988: surgimiento, crítica y valoración de un insumo político”, Revista Historia, Universidad de Concepción, N° 26, vol. 2, julio-diciembre de 2019). En esta ocasión rápidamente comenzaron los análisis de los resultados, tanto por parte de los especialistas como por los comandos de los candidatos y la prensa, que observa con interés el movimiento de la opinión pública.

Como era previsible, los candidatos que aparecen con mayor apoyo son Gabriel Boric y Sebastián Sichel en cuanto a las preferencias de los encuestados, ubicándose el líder izquierdista en primer lugar (13% contra 11%). La información es consistente con otros estudios, en los que llaman la atención la ubicación de Yasna Provoste y José Antonio Kast en los lugares siguientes, prácticamente empatados, y la baja adhesión a candidatos como Marco Enríquez-Ominami. En otro plano, en la encuesta CEP la situación cambia con el análisis de las figuras mejor evaluadas: Sichel es el candidato con mayor evaluación positiva, al obtener 34% (y 32% de evaluación negativa), en tanto Boric alcanza el 29% y 34% respectivamente. Un poco más abajo se ubica Yasna Provoste, con el 23% y 38%. Es interesante constatar que ni Sichel ni Provoste aparecían en la encuesta CEP de 2019, previa a la llegada de la pandemia, lo que nuevamente muestra la variabilidad de las opiniones políticas.

Quizá lo más interesante del resultado, a esta altura de la competencia, es lo que precisó Le Foulon: “Me parece más relevante resaltar el alto porcentaje de personas que aún no sabe o no contesta esta pregunta. En ese sentido, la mitad de la población no tiene una persona que le gustaría que fuera presidente, cualquiera que fuera, aquí no se les restringió a que estuvieran en la papeleta o que fueran de algún partido político”. Probablemente ahí se jugará la definición en el camino a La Moneda, lo que requiere que los candidatos sean capaces de motivar a votar, así como llegar al centro político y no solo a sus tradicionales votantes.

En otro plano, resulta valiosa la evaluación de algunas instituciones, tanto las de carácter estatal como otras de interés público. Al respecto es particularmente útil analizar la encuesta semanal Plaza Pública CADEM, que hace el seguimiento a distintos temas a través del tiempo. En el caso de la pregunta “¿Cuánta confianza tiene usted en la Convención Constituyente?”, a comienzos de junio marcaba el 55% la respuesta “Mucha o bastante confianza”, la cual subió al 63% después de la instalación del organismo; la respuesta “Poca o nada confianza” alcanzó el 41% y el 36% en esas mismas fechas. Al 10 de septiembre, la situación se ha revertido, después de una serie de problemas al interior de la Convención: los números positivos son del 43%, en tanto la desconfianza llega al 54%, un claro cambio en la percepción ciudadana. Por cierto, quedan muchos meses por delante, pero resulta clave constatar que el organismo constituyente, nacido entre las esperanzas y confianza de la población, sigue la misma lógica de otras instituciones políticas mal evaluadas de manera persistente, y no disfruta de un cheque en blanco. En otras palabras, se acabó la línea de crédito y en adelante la Convención deberá justificar muy bien su trabajo y obtener resultados adecuados si no quiere caer en una pendiente de desprestigio. En este plano, las instituciones que gozan de mayor aprobación en la ciudadanía son las universidades, las radios, la PDI y las Fuerzas Armadas, en tanto el gobierno, el Congreso y los partidos políticos ocupan las tres últimas posiciones.

Los temas son múltiples y del mayor interés en otros planos: las expectativas económicas de la población, cuáles son los principales problemas que aquejan a la sociedad (la delincuencia sigue en el primer lugar), la evaluación de las personalidades públicas, la disposición a votar y, en el último tiempo, diferentes temas relacionados con el coronavirus, que incluyen la opinión sobre la gestión del gobierno, los temores de las personas y la vacunación. No debemos dejar de mencionar la percepción global sobre Chile, y si el país estaría viviendo una etapa de progreso, decadencia o estancamiento.

Desde ahora seguirán habiendo muchas encuestas, especialmente de cara a las próximas elecciones presidenciales. Algunas serán “reales” y otras más bien “ficticias”, algunas creíbles y otras moverán al escepticismo, algunas con larga trayectoria y otras de circunstancia. Como suele ocurrir, las candidaturas, los comandos y los partidos aceptarán con cierta alegría los resultados positivos y pondrán en duda aquellos que les muestren números negativos. La población debe tener una cosa en la cabeza: las encuestas no son la realidad, pero puede ser un excelente insumo para medir la temperatura de la opinión pública. Por otra parte, históricamente las encuestas han tenido un cierto carácter performativo, y cuando se liberan logran cambiar parcialmente la percepción de la realidad e incluso modifican las lealtades. Con todo, en momentos de liquidez como los que vivimos –y quizá por la gran cantidad de encuestas existentes– es probable que esta cualidad haya variado.

No se debe gobernar ni tomar decisiones solo en función de las encuestas, pero no cabe duda que seguirán estando en el primer plano, especialmente cuando Chile vive meses decisivos para su futuro.

Por Alejandro San Francisco, profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de “Historia de Chile 1960-2010” (USS), para El Líbero

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