Los dichos de algunas figuras políticas reflejan la preocupante nueva tónica de la discusión pública en Chile: el juego de la promesa sin límite. Un juego que no tiene ganadores porque nunca termina y cuya única regla es parecer más indignado que el del lado, más conectado con los dolores de una sociedad que solo unos pocos reclaman conocer y frente a la cual sus contradictores serían siempre insensibles.

En estos tiempos de pandemia, esta es la lógica con que ha operado parte de la clase política, principalmente desde cierta oposición. Cualquiera sea la medida anunciada, sin importar de cuántos recursos se trate, la respuesta es siempre predecible: que es mala e insuficiente.

No se me malentienda. Estar en desacuerdo con las medidas y estimar que estas deben ser mayores, es totalmente legítimo y una parte intrínseca de la democracia. Sin embargo, cuando estas posiciones no surgen de una genuina convicción, sino que de la conveniencia electoral, se tergiversa el espíritu democrático y se falta a la credibilidad en la que un sistema político debe reposar para relegitimarse.

Lamentablemente, es este el caso de Chile. Basta una sencilla comparación internacional para notar que el esfuerzo fiscal de Chile ha sido líder en la región, no distando, en proporción al tamaño de su economía, de paquetes anunciados por algunas de las economías más desarrolladas. Tampoco importa que los 12.000 millones de dólares del acuerdo Covid del 14 de junio ahora se suplementen con 6.000 millones más. Y si hace apenas tres semanas sectores de la oposición pedían que se usaran los ingresos extraordinarios del cobre, cuando ello ocurre, la respuesta vuelve a emerger: “insuficiente”. El coro es conocido: vamos por más, a través de medidas mal diseñadas.

Que este sea el sello de cierta oposición que ha seguido una deriva populista no es sorpresa. Sí lo es, y preocupa, que a este coro y tipo de propuestas se sumen candidatos presidenciales de Chile Vamos, entre otras cosas, planteando hacer uso de los fondos de cesantía (¿para evitar pronunciarse sobre un tercer retiro?). Esta medida vaciaría el Fondo Solidario y permitiría efectuar retiros a personas que han mantenido su trabajo. Además, en circunstancias que la amenaza del desempleo es hoy y no en 10 años más, hacerse de los recursos de los trabajadores, precisamente destinados a protegerlos ante ese riesgo, resulta inentendible. En simple, debilitar las cuentas individuales y vaciar la totalidad del Fondo Solidario es una mala idea, por donde se le mire, particularmente en momentos en que el desempleo es un riesgo y el empleo debe ser la prioridad.

Desde Evópoli creemos que se debe actuar con sentido de urgencia, pero responsablemente y sin renunciar a una mirada de futuro. Por esto, para ir en ayuda de los más afectados por la pandemia, hemos propuesto avanzar en la eliminación de exenciones tributarias para financiar de manera permanente las transferencias a hogares y, junto con esto, implementar un subsidio directo al bolsillo de los trabajadores que sea complementario al actual a la contratación. La solidaridad bien entendida se financia con los impuestos de todos, no echando mano al bolsillo de los trabajadores, como lo hace el retiro de los fondos de cesantía. La ciudadanía necesita un Estado que se haga cargo hoy de los estragos sociales de la pandemia, pero también de las fisuras que dejará mañana.

En momentos tan desafiantes, es fundamental hacer frente al populismo de la inmediatez. Ello supone actitud, convicción y responsabilidad a través de medidas serias y sustentables, basadas en principios de justicia y eficiencia. Requiere una administración que logre hacerse cargo de las inequidades del país, modernizando el Estado, eliminando los privilegios tributarios y logrando que todos paguen los impuestos que les correspondan. Ello, en lugar de echar mano a aquellos fondos pertenecientes a los trabajadores y que tienen fines específicos, como proveer pensiones y estabilidad durante la cesantía. Cualquier otra cosa es hacernos trampa en solitario.

Uno esperaría que, en la adversidad y de cara a las fisuras que dejará la pandemia, quienes aspiran a cargos de la más alta responsabilidad tengan visión de futuro, en lugar de solo apelar a la inmediatez. Muchas cosas dependen del siguiente gobierno, el cual deberá lograr reformas audaces y hacer frente a grupos que pretendan bloquearlas o distraernos de lo realmente importante. En el Chile que viene, la ruta debe ser ambiciosa, el timón debe estar firme y la tripulación navegar unida, pero con responsabilidad.

/Escrito por Ignacio Briones para El Mercurio

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