La noche del domingo 16 de mayo el diagnóstico entre los egresados de la Universidad de Chile pertenecientes a la derecha fue unánime: Chile es la FECH. En efecto, tenemos una Convención Constituyente donde la centroderecha no alcanza el tercio, la centroizquierda está notablemente disminuida y existe una mayoría de pequeños grupos de izquierda, que en esta elección han decidido disfrazarse de independientes bajo distintos nombres de fantasía que ocultan su verdadera naturaleza totalitaria.

Conocido es el dicho “la victoria tiene muchos padres y la derrota es huérfana”. Como era de esperarse, ante la evidente debacle de la centroderecha chilena parece que nadie quiere cargar con el muerto. Si bien es cierto que la actual derrota se debe, en gran medida, a años de abandono de una defensa férrea y pedagógica de las ideas de la libertad, que permitieron el despegue del país, no debemos caer en el error de despersonalizar las responsabilidades. Es por ello que en esta columna esperamos recordar algunas de las decisiones funestas que nos llevaron a este resultado, con el objeto de no olvidar las causas del desastre cuando sus efectos sean más notorios y sus artífices “hagan la desconocida”; situación que es de esperarse de muchos oportunistas que vieron en esta crisis la posibilidad de ascender a costa del sector.

En primer lugar, está indudablemente Sebastián Piñera, quien prefirió salvarse él mismo durante el proceso subversivo desencadenado el 18 de octubre de 2019, en vez de salvar al país. Piñera tenía dos grandes opciones en ese momento, luchar, aceptando los costos del cargo, o renunciar y llamar a elecciones, con el fin de que los candidatos tuviesen que definirse respecto de la violencia desatada, discutiéndose el problema de la insurrección en los términos más claros posibles. De haber ganado alguien que validara la violencia, las consecuencias hubieran sido notorias y, por lo tanto, adjudicado correctamente los costos de la decisión; mientras que, si hubiese ganado alguien que prometiera reprimir decisivamente la violencia, se habría relegitimado la acción policial. Sin embargo, en palabras de Federico Jiménez Losantos, Piñera decidió “estar pero no ser”, es decir, tener el cargo, pero no ejercer el poder, llevándonos al peor de los escenarios.

Debido a esta imperiosa necesidad de salvarse a él mismo, y ante el miedo de la opinión pública, Piñera entregó la Constitución y se rehusó a gobernar. En ese momento el gobierno se tornó irrelevante y en un obstáculo para encontrar soluciones, generando un vacío de poder, el cual fue aprovechado por sus opositores en el Congreso.

También habría que agregar, dentro de las causas atribuibles al gobierno, los efectos de las cuarentenas. Si bien no podemos negar lo eficiente que ha sido el gobierno en la vacunación masiva, tampoco podemos desconocer los efectos económicos, sociales y psicológicos que ha tenido la extensión de esta medida en los ciudadanos. En términos electorales, debemos recordar la pasada elección de la Comunidad de Madrid, en donde se impuso fuertemente Isabel Díaz Ayuso (PP), con el apoyo de Vox, haciendo una decidida oposición a las restricciones que promovía el gobierno central de Pedro Sánchez (PSOE).

En segundo lugar, no cabe duda de que la renuncia del líder de Chile Vamos trajo la renuncia del conglomerado, ¿quién querría seguir a un líder cobarde? La tentación de sobrevivir a toda costa gobernó a muchos dirigentes del sector, que no querían perder las comodidades del poder. En ese escenario, Desbordes, que se había caracterizado por su irrelevancia política y su obediencia al gobierno, vio la oportunidad de ascender: si Piñera iba a vender a la derecha, Desbordes iría más lejos y ofrecería un precio aún más bajo.

Por supuesto, en esta “venta a la Desbordes” no podemos olvidar a su “Rasputín”, Hugo Herrera, que aplaudió con fervor el acuerdo del 15 de noviembre, adjudicándole al entonces presidente de RN una posición mesiánica: “Mario entiende los anhelos populares”. Todo esto en la clásica jerga etérea que nos tiene acostumbrados Herrera, quien no ofrece ninguna propuesta ideológica congruente ni precisa. De hecho, es tan patente el desconocimiento de Herrera acerca de la realidad política del país que, en una columna posterior a la derrota –la cual consiste en una mera copia de las columnas anteriores, porque debemos reconocer que a la hora de escribir Herrera ha sido repetitivo hasta cansancio–, no da cuenta de que estos grupos de independientes que llegaron a la Convención son en su gran mayoría de extrema izquierda; asimismo, ve en ellos la oportunidad de “legitimar” el proceso constituyente1. Y es que, en el fondo del asunto, Herrera no tiene una propuesta respecto del contenido que debe tener un proyecto político, por ello desprecia la economía, llamando “economicista” a todo aquél que haga presente la inviabilidad de ciertas alternativas2.

El fracaso de la “tesis entreguista” fue manifiesto en las elecciones, ya que la tendencia fue que salieran electos en las listas de Vamos por Chile los candidatos que tenían posiciones más definidas y coherentes. De este modo, el 65% de los Convencionales Constituyentes electos por las listas de la derecha adhirieron al Rechazo3. Como ejemplo de esta tendencia, en el distrito 10 ganó Teresa Marinovic, cuya votación supera a la sumatoria de las votaciones de los exministros “apruebistas” de Piñera, Monckeberg y Blumel; éste último fue uno de los padres del famoso acuerdo del 15 de noviembre, y ni siquiera salió electo4.

Como ha dicho Patricio Navia, “cuando los candidatos de derecha no esconden sus ideas, los votantes de derecha no esconden su apoyo”5. Y efectivamente la derecha lleva años escondiendo sus ideas, temerosa de defenderlas. No obstante, si tuviésemos que establecer un punto de no retorno en este proceso, sería el 15 de noviembre de 2019, cuando la derecha renunció a defender la Constitución y pensó que, negociando con quienes validaban o promovían la violencia, podría obtener la tan anhelada paz, y que, al mismo tiempo, estos grupos parlamentarios le permitirían gobernar. Las cúpulas encabezadas por Desbordes, Blumel y Piñera, pensaron que aquellos grupos violentistas que atacaban las ciudades y que querían verlos, al menos, colgados (recordemos los muñecos y pancartas que mostraban a Piñera muerto), reconocerían en el gobierno legitimidad al pactar con la oposición la entrega de la Constitución. Todo lo anterior en el absurdo supuesto de que estos grupos violentistas sí respetarían las nuevas elecciones ahora, siendo que no respetaron las de 2017 que llevaron a Piñera a la Moneda.

Una vez rendido el Gobierno y la derecha ya no había vuelta atrás, se había aceptado indirectamente la tesis de la izquierda dura sobre que los problemas sociales que atravesaba Chile pasaban por la Constitución; frente a eso no había mucho que se pudiese hacer.

A pesar de que la democracia ha hecho que prescindamos de las guerras de sucesión para determinar, en algunos casos, la alternancia del poder, no se dejan de repetir ciertas dinámicas sociales. Al igual que en la guerra, nadie sigue a los generales cobardes, y eso es justamente lo que pasó el domingo 16 de mayo.

Por estas razones, la misión de quienes votamos Rechazo será siempre recordar estas facturas, puesto que cuando los efectos negativos de estas malas decisiones empiecen a ser más notorios, sus artífices se esconderán y tratarán de diluir la responsabilidad. De nuestra memoria dependerá identificar las causas cuando fracase lo que se ha sustentado sobre tantas promesas irresponsables y demagógicas, para poder construir sobre los diagnósticos correctos.

Escrito por Javier Rozas G., Jefe Área Jurídica Revista INDIVIDUO.

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