La noticia apareció en una esquina del diario, como si la envolviera un pudor ajeno.

Tres asociaciones de magistrados -es decir, agrupaciones de jueces- solicitaron a la Corte Suprema gestione permisos para que las asesoras del hogar de aquellos funcionarios que tengan niños, niñas o adolescentes puedan trasladarse y, de esa manera, asistirlos en sus casas.

Contar con auxilio doméstico facilitaría -ese es el fundamento de la petición- que los jueces puedan cumplir su deber de asistencia en los turnos parciales que se han dispuesto.

Si una petición como esa proviniera de personas que ejercen oficios en los que ha suponerse ignorancia o desaprensión hacia la equidad y el trato igualitario, una petición como esa no debiera sorprender. Pero que una petición como esa la formule un grupo de jueces -y que lo haga, es de suponer, luego de reflexionar detenidamente sobre ello- es simplemente insólito.

Y lo es porque el oficio de juez es, entre todos los oficios, aquel del que se espera un sentido de la ecuanimidad e imparcialidad que consiste, ante todo, en no conferir ventaja alguna a los propios intereses. Pero esta sorprendente petición -tan sorprendente como el hecho de que se la formule sin reparar en el efecto que produciría en la opinión pública- parece desmentir la presencia de ese sentido, o un olvido repentino del mismo, en muchos de quienes -con certeza han de haber sido muy pocos- adhirieron a esa petición. No cabe ninguna duda de que los jueces y las juezas que se sumaron a ella han de estar agobiados con las tareas hogareñas y con los deberes de cuidar a los propios hijos y atender, además, a sus deberes profesionales. El detalle, sin embargo, es que todas las personas se encuentran hoy, y especialmente a contar de esta semana, y lo mismo vale para cuando comiencen a retornar a sus quehaceres ordinarios, en una situación igual o peor. Entonces la pregunta elemental que esos jueces debieran haberse formulado a sí mismos es qué peculiaridad poseen, qué rasgo original los constituye, para merecer un trato mejor que cualquier otro ciudadano a la hora de soportar y hacer frente a la cotidianidad agobiante de la pandemia. Y, desde luego, merecer un trato harto mejor que el de las asesoras del hogar cuya presencia reclaman.

Y la respuesta es que bajo las circunstancias de la pandemia no tienen ventaja alguna sobre ningún otro ciudadano que, al igual que ellos, debe soportar el horror al domicilio, el infierno doméstico en que, por estos días, arriesga convertirse la vida familiar, y no solo la de los jueces.

Por eso la Corte Suprema no debiera acceder a la petición que esos jueces le han formulado y en vez de eso debiera hacerles presente que cumplir con el deber -porque de eso se trata- exige a veces hacer sacrificios y esfuerzos que en ausencia de esa obligación nadie preferiría hacer. Y es que la distribución de los esfuerzos y las cargas en momentos excepcionales, como son las que configura una pandemia, debe ser particularmente equilibrada, sin cometer injusticia, ni padecerla (como aconseja Aristóteles). Pero todo esto los jueces y juezas lo saben de sobra. Ellos saben que el deber, y especialmente los deberes públicos, tienen algo de incondicional, es decir, solicitan ejecutar una acción o mantener una conducta incluso si con ello hay que torcer el propio impulso o desoír la propia inclinación.

Este grupo de jueces, claro, no ha formulado la petición en tanto jueces, es decir, ejerciendo jurisdicción o administrando los deberes legales; lo han hecho como simples trabajadores o funcionarios seguramente agobiados, pero incluso en esas condiciones la ciudadanía tiene derecho a esperar que no cedan tan rápidamente al agobio y no soliciten desprenderse de él o aliviarse solicitando medidas especiales o excepcionales a través de la Corte Suprema.

La Corte Suprema cometería un error si se muestra complaciente con esa petición y la admite, porque, después de eso, ¿qué explicación podría darse a decenas de otras profesiones y oficios que, al igual que estos jueces y juezas, deben servir sus cargos y al mismo tiempo resolver la distribución de sus tareas domésticas?

No cabe duda de que la Corte Suprema rechazará esa petición, y no porque crea que los jueces y juezas carezcan de agobio en estos días, sino por la sencilla razón de que la Corte sabe que solicitar para sí más que los otros no se condice con su carácter de jueces.

Por Carlos Peña para El Mercurio

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