El permiso para trotar, hacer deporte o simplemente caminar —en esta dura cuarentena— desde las 6 a las 9 de la mañana nos ha devuelto la posibilidad de ponernos de nuevo a “andar”. Y digo andar, no trotar ni circular en bicicleta. Andar como lo hacían nuestros antepasados nómades.

Andar no es un deporte, y no busca resultados, no depende de mediciones, escapa a la tiranía del rendimiento que se ha apoderado desde hace tiempo de nuestra sociedad. Al caminar, además, nos liberamos de esa otra tiranía contemporánea: la de la velocidad. Desprendidos de todo peso superfluo, de toda carga innecesaria, nos echamos a andar, sin prisa ni pausa, abiertos a la presencia del mundo, del paisaje o del encuentro con otros caminantes.

El caminante no es agresivo, va silbando, escuchando el canto de los pájaros, a veces se detiene a contemplar un árbol, y se da el tiempo de saludar. Qué diferencia con los automovilistas iracundos y con tantos ciclistas ensimismados y a veces agresivos, que parecen sentirse dueños de la calle y las veredas. El caminante no se siente dueño de nada. Se deja adelantar por el que trota, no le importa quedar atrás, pues sabe que la única manera de estar de verdad en el mundo es demorándose.

¿Qué pasaría si nos echáramos todos a andar, cada cual a su propio ritmo, y nos convirtiéramos en un pueblo de caminantes? Cambiarían la manera de entender y configurar la ciudad, la manera de habitar y convivir. En el caminar se disipan las angustias, las tristezas, los cansancios, se oxigena el alma. ¡Si los políticos caminaran, si los intelectuales caminaran! Federico Nietzsche, que elaboró sus grandes intuiciones caminando en la montaña, entendió que una filosofía elaborada al aire libre no puede ser igual que una concebida en el encierro de una biblioteca. “Estar sentado el menor tiempo posible, no dar crédito a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre y pudiendo movernos nosotros con libertad, a ningún pensamiento en el cual no celebren una fiesta también los músculos”, dice en “Ecce homo”. Imagino a Violeta Parra recorriendo los pueblos de Chile recopilando el folclor oral; y, a pesar de las pellejerías, incomprensiones e injusticias que padeció, agradeciendo el milagro de poder caminar: “Gracias a la vida que me ha dado tanto/ me ha dado la marcha de mis pies cansados/ con ellos anduve ciudades y charcos/ playas y desiertos, montañas y llanos/ y la casa tuya, tu calle y tu patio”.

En Chile, en décadas pasadas, se caminaba mucho. Los jóvenes Enrique Lihn y Alejandro Jodorowski forjaron su amistad, en la década del 50, caminando en línea recta y saltando lo que encontraran en su ruta: murallas, lo que fuera, hasta llegar a un árbol, a la hora del crepúsculo, para allí sellar un pacto secreto. Pero la irrupción del automóvil fue haciéndonos olvidar nuestra condición original de caminantes. ¿Por qué no nos lanzamos a lo abierto, por todos los caminos de Chile, buscando recuperar nuestro ritmo interior perdido, y la conexión con el territorio? Sócrates inventó la filosofía —muchas veces a pie pelado o con unas sandalias— recorriendo ciertos rincones o márgenes de la ciudad, conversando con sus discípulos horas de horas, hasta encontrar “juntos” la verdad. ¿No debieran los constituyentes salir de las estrechas salas de deliberación para ir a caminar y encontrar en esas caminatas el acuerdo perdido, perdido tal vez porque al dejar de caminar borramos el camino?

Son las 8 de la mañana, llevo más de dos horas caminando, y escucho mi corazón, “que agita su marco” y me dice que no bastarán ni la técnica ni la ciencia para sacarnos de esta pandemia global. Solo cuando todos volvamos a andar y recuperemos una velocidad humana, derrotaremos esta peste y otras que se han multiplicado por nuestros flujos acelerados y enfermos, y volveremos a ser peregrinos y no turistas, caminantes y no competidores de una carrera suicida y loca. ¡Sueños de caminante en una bella mañana de otoño!

/Escrito por Cristián Warnken para El Mercurio

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