Que el mundo de las certezas se acabó, ya lo dijo el filósofo español Daniel Innerarity. Y si bien lo planteó en referencia a los cambios globales coronados por la pandemia, la frase calza a la perfección con el Chile actual. Hay un cierto vértigo –citando de nuevo a Innerarity- frente a lo que viene. Y, cómo todo, hay quienes lo ven con optimismo y aquellos que no esconden su inquietud. Lo desconocido siempre ha despertado sensaciones encontradas. “El fin de los tiempos”, tituló su columna Max Colodro, y en su caso, el fin es el “del Chile de la transición” que -debate maniqueísta de por medio- ha sido “quemado en la plaza pública” para dar nacimiento “a un nuevo país”, el del proceso constituyente.

 Pero como en toda discusión cargada de blancos y negros, siempre es bueno poner matices. Lo hace La Tercera en su editorial del domingo pasado al plantear que si bien el nuevo escenario presenta riesgos -como no reconocerlos- también ofrece una importante ventaja: “La deliberación constitucional se canalizará a través de un proceso reglado con quórums que exigirán acuerdos”. Ningún grupo obtuvo un tercio de la convención y ese es un punto a considerar, más allá de las inclinaciones generales de la futura constituyente. Como señalaba Fernando Atria en una entrevista a este diario “el que llegue a atrincherarse a la convención, sea la lista del pueblo o la derecha, será irrelevante”. Habrá que aprender, agrega, a tener “una conversación política como la que siempre deberíamos haber tenido”. Veremos si lo logran.

 Y ahí, el tema, como apunta Héctor Soto, es despejar “la nebulosa” en torno al país en que los chilenos quieren vivir. Y eso, todavía está pendiente. “Es verdad”, agrega, “que Chile hoy está más cerca que nunca de elegir un presidente comunista” y “que hay un descontento con el modelo mucho más extendido de lo que la actual distribución de fuerzas en el Parlamento sugiere”. Sin embargo, la pregunta que surge inevitablemente es ¿a qué queremos parecernos? “¿al Chile pre-73, a la Argentina peronista, a la Australia de los últimos años, a los países nórdicos, a la experiencia museográfica de las naciones socialistas?”. Recién empezamos a buscar la respuesta.

 Pero encontrarla no será fácil, como tampoco lo es desentrañar el Chile que surgió de las urnas. Es cierto como escribe Ascanio Cavallo que en las pasadas elecciones “terminó de caer el sistema político vigente desde el fin de la dictadura” y que “ha sido una caída más larga de lo que muchos de sus propiciadores deseaban”. Pero según él, eso mismo “ha favorecido su radicalidad, el empuje más y más hacia la izquierda de un país que hace sólo tres años eligió a un gobierno de derecha”. Es decir, si de cifras electorales se trata, Chile pasó en tres años de votar masivamente por un presidente de derecha a hacerlo por listas de izquierda. Como sucede también en el deporte, parece que somos algo bipolares.

 Las elecciones, agrega Cavallo, le dieron rostro al 18-O o favorecieron, como apuntó Matamala, a un grupo que “tiene raíces en el Chile real mucho más profundas que aquellos que los miran con desconfianza y extrañeza”. “Los invasores”, tituló Oscar Contardo su columna del domingo pasado, haciendo un paralelo entre la obra ya clásica de Egon Wolff y los sucesos de las últimas elecciones. Para él, esa fue la sensación que para algunos dejó la pasada elección. Pero cultivar “una cultura del pavor social” no tiene sentido en estos momentos, “si lo que todos queremos es un nuevo contrato de convivencia y prosperidad”.

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