Convengamos en que la prueba de amor es una institución antigua y quizás caduca, pero siempre es posible sacar lecciones del pasado. Lo digo a propósito del emplazamiento de la izquierda a los partidos de Chile Vamos para que se comprometan a cambiar la actual Constitución por una nueva. El fundamento de esta petición, según algunos, sería que la derecha no tiene credibilidad en la materia porque se ha negado a cambiar la Constitución.

Lo primero es distinguir. Hay quienes si la conversación es sobre credibilidad debieran guardar respetuoso silencio. Recordemos que el acuerdo del 15 de noviembre contó con la concurrencia de la UDI, Renovación Nacional y Evópoli y la activa participación de estos partidos que suscribieron el Acuerdo por la Paz y una Nueva Constitución.

El Partido Comunista, en cambio, y la mayoría de los movimientos del Frente Amplio, se opusieron al acuerdo y se negaron a firmarlo. Es más, el presidente del Partido Comunista Guillermo Teillier pidió la renuncia del presidente Piñera el 19 de octubre. Gabriel Boric fue una excepción a ese comportamiento de la extrema izquierda y quizás esa intuición es la que lo tiene en La Moneda.

Pero ahora que las encuestas demuestran que la opción Rechazo tiene una clara mayoría en la opinión pública, ellos hablan con gran soltura acerca de la credibilidad de la derecha. En su estrategia habitual, están tratando de convertir su pérdida en ganancia y forzar a la derecha a comprometerse a los cambios que ellos quieren hacerle a la Constitución, usando entonces mano mora para lograr sus objetivos. La derecha debe estar atenta a este ardid.

Hay otros dirigentes y simpatizantes de la izquierda que han señalado que es importante que la derecha dé señales concretas de que apoyará una nueva Constitución. Tienen razón en pedirlo, porque el resultado del plebiscito de entrada fue categórico y la opción Rechazo tendrá mayor apoyo si es que se recoge ese anhelo.

Con gran presteza, los tres partidos de la centroderecha han suscrito un documento de Compromisos de Chile Vamos con una casa para todos, en el cual se comprometen a apoyar una serie de contenidos en el nuevo texto.

La izquierda democrática puede darse por satisfecha, entonces, con la prueba de amor que han dado los partidos de la centroderecha. Es lo que corresponde. No es cierto lo que dice la extrema de izquierda de que la historia muestra que la actual Constitución no se puede modificar. Doscientos cincuenta cambios, de los cuales cincuenta se hicieron durante la presidencia de Ricardo Lagos, dan cuenta de que esa disposición existe.

Respecto a las reformas que no se acordaron en esas oportunidades, el Acuerdo del 15 de noviembre demuestra que la centroderecha sí está dispuesta a avanzar más allá y este compromiso así lo prueba.

Ximena Rincón, quien con su proyecto junto a los senadores Walker y Araya de rebajar el quórum de reforma de la actual Constitución a 4/7, ha hecho por el proyecto de una nueva Constitución más que la izquierda radical, ha dicho que este compromiso permite construir ese país y esa casa de todos.

Ciertamente un sistema político que resuelva la actual fragmentación y problemas de gobernabilidad es necesario, un sistema judicial independiente también. Un mayor poder de decisión a regiones y comunas que armonice con un estado nacional es urgente. Reglas para que los derechos sociales que se determinen no sean meramente declarativos, sino que tengan mecanismos justos y sustentables para reclamarlos son imprescindibles, como lo dijo por lo demás el exPresidente Lagos. Una institucionalidad económica que permita el crecimiento y proteja el medio ambiente es otro de los desafíos urgentes para cumplir con las expectativas de la población. Tengo la percepción que una Constitución que aborde estos desafíos y otros podrá construirse sin dividir ni discriminar a los chilenos.

Pero no hay que confundirse acerca de cuál es hoy día la cuestión relevante. La derecha ha dado la prueba de amor y la gran tarea de los políticos ahora es diseñar mecanismos que hagan posible una nueva Constitución.

El Partido Comunista y sectores del Frente Amplio tratarán de torpedear esta senda, haciendo nuevas exigencias a la derecha, sin pudor alguno, considerando que siempre han estado contra la casa de todos como lo demostraron en la Convención, porque una casa para todos no es compatible con el proyecto refundacional que está en la cabeza de sus ideólogos, pero muy lejos del corazón de los chilenos.

Los partidos de Chile Vamos, a su vez, deberán estar alertas para no verse arrastrados a ceder cada vez más en los contenidos, evitando así que otra vez lo que se construya no sea la casa de todos. Debieran mostrarse dispuestos a discutir los mecanismos para elaborar la nueva Constitución, pero no pretender enfrascarse en una negociación sobre sus contenidos ahora.

Primero, porque no tienen mandato para ello. Segundo, porque es inconveniente para el objetivo de que gane el Rechazo. Lo que se requiere en esta etapa en la derecha es templanza y humildad.

El plebiscito no es sobre la Constitución que quiere la derecha, sino sobre la que aprobó la mayoría de izquierda dura de la Convención. La opción Rechazo está ganando en toda la línea, de manera que abocarse a una discusión de detalle acerca de qué debe contener la nueva Constitución es una mala idea para quienes desean ver rechazada la insensata propuesta de la Convención. No tiene sentido cambiar de caballo cuando vas ganando holgadamente la carrera.

La centroizquierda democrática, por su parte, habrá de tener la honestidad intelectual para reconocer que este camino conduce a la casa de todos y no caer en la trampa del Partido Comunista de perseguir ventajas ilegítimas. Gabriel Boric, por último, deberá meditar si se sube a este acuerdo o condena por adelantado a su gobierno al fracaso.

Por Luis Larraín, economista, para El Líbero

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