Si algo puede agradecérsele a la entrevista de Hernández Norambuena, es que haya puesto a Jaime Guzmán de nuevo en la primera fila de la atención nacional.

Y ha sido justo cuando están a punto de cumplirse los 30 años de su asesinato, el próximo jueves 1 de abril. Y además, en este 2021, Guzmán habría cumplido 75 de edad, por allá por el 28 de junio próximo.

Un sector grande de chilenos lo echa mucho de menos, a veces, sin saber por qué: se trata de la comprobación de una desprotección, de una orfandad nunca superada. Pero hay unas determinadas circunstancias en las que es habitual oír: “¡Si Jaime Guzmán estuviera vivo… las cosas habrían sido distintas!”. Ese comentario tiene lugar, con frecuencia, ante los conflictos agudos, materia en la que Chile pareciera estar especializándose.

Efectivamente, el líder gremialista poseía una particular sutileza para captar dónde estaban los problemas, qué importancia relativa tenían y con qué articulación entre principios y estrategia se los debía enfrentar. Hoy es común encontrarse con personas que prefieren no oír hablar de los conflictos: huyen; otras duran apenas un breve tiempo en medio de los enfrentamientos: se cansan; también existe el grupo de los que participan de las disputas con afanes innobles, egoístas y, en cuanto ha terminado su participación en un conflicto, provocan otro nuevo: son los sembradores del odio.

Jaime Guzmán no perteneció a ninguna de esas categorías, porque era un hombre de paz. Pero al mismo tiempo y por la misma razón, durante casi 30 años estuvo justo al medio de cada una de las graves disputas que vivió Chile, desde los 60 a inicios de los 90. Y las enfrentó una a una.

Seguramente, muchos de sus seguidores recuerdan la importancia que el senador asesinado le daba al sentido de la oportunidad, es decir, a entrar en el conflicto en el momento justo. Era una de esas personas que transmiten una serena urgencia ante los acontecimientos, que formulan un llamado explícito a tomar una medida en el instante preciso, casi siempre, de inmediato, sin dejar pasar las horas ni los días. Al revés, y curiosamente a pesar de la aceleración de la vida, nos topamos hoy con retrasos, dilaciones y buenas excusas para no proceder de inmediato. Qué tristes ejemplos son La Araucanía y Plaza Baquedano.

Pero esa inmersión en el conflicto del día a día jamás lo hizo perder el sentido y la perspectiva última de su actividad. Al interactuar con él, se tenía la sensación de estar frente a una persona suspendida entre la tierra y la eternidad. Daba la impresión de estarse tomando absolutamente en serio cada circunstancia, cada dato, cada palabra del momento presente, mientras parecía estar mirando todo eso con una intransable apertura a la trascendencia, como si cada instante valiera una eternidad. Los “para qué” hacer cada cosa, los “para qué” vivir la vida —y en concreto la vida pública— lo marcaban y determinaban. De eso dependían, por supuesto, los “cómo” hacer cada cosa.

Quizás fue esa la razón —el profundo sentido vocacional de su vida— lo que lo llevó a respetar la diversidad de orientaciones concretas en las personas que se relacionaban con él. El hecho de que su propia vida pública se haya expresado de modo tan multifacético —profesor, comunicador y político— le permitió comprender la diversidad de vocaciones particulares existentes en los jóvenes que se le acercaban. De ahí la multitud de profesores, comunicadores y políticos que lo reconocen como el auténtico inspirador de sus respectivas tareas.

También en esa dimensión se le echa de menos, porque Chile necesita más que nunca una nueva generación de jóvenes y abnegados servidores de la Patria.

/Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio

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