Seguí atentamente la cuenta pública de nuestro Presidente. Debo confesar que a medida que seguía la presentación mi ánimo fue cambiando, tal como le debe haber pasado a muchos otros. Mi sueño de toda una vida -un país en que todos y cada uno de los chilenos se pudiera desarrollar plenamente- parecía poder hacerse finalmente realidad.

Con gran elocuencia, el Presidente nos comunicaba que los chilenos podrían, entre otras muchas cosas, ganarse un ingreso razonable trabajando 40 horas semanales y dedicando el resto del tiempo a la familia y al esparcimiento, en barrios con lindos parques y cuidados campos deportivos. Por supuesto que la inmensa mayoría tendría acceso a vivienda y a una oportuna y competente atención en el Servicio Nacional de Salud. Y para qué hablar de la guinda de la torta, los románticos viajes en tren.

Sin embargo, tal cuadro idílico no es más que una ilusión. ¿De dónde saldrán los recursos para poder ofrecer esos y otros cuantiosos beneficios prometidos a la ciudadanía? Es obvio que con repartir el queque no basta. Hay que crecer económicamente y se crece invirtiendo más y/o haciéndolo con más eficiencia, es decir, con desarrollo tecnológico y una mejor asignación de recursos. No existe otra forma. Pues bien, el discurso fue mezquino en materia de incentivos para el ahorro, la inversión, y la reasignación de recursos, a pesar de que mencionó un significativo aumento en la investigación.

En la práctica y en la experiencia histórica de Chile, es la inversión -generalmente asociada a mejoras técnicas- la que explica la mayor parte del crecimiento económico y para que ella se dé, el Estado puede generar los incentivos y las certezas jurídicas necesarias.

Probablemente, consciente de lo anterior y de la actual y marcada baja en la tasa de inversión y de la reciente enorme fuga de capitales, el Presidente ha declarado en su gira internacional que los principios que han inspirado el desarrollo de Chile en los últimos años -como la certeza jurídica, el respeto a los tratados internacionales y la independencia de poderes- se seguirán respetando en el país. No mencionó, sin embargo, que el desarrollo a que se refiere se logró además respetando otros principios, como el de la propiedad privada, la disciplina fiscal y monetaria, la existencia de tributos competitivos a nivel internacional y el fomento al ahorro.

No basta -para lograr que repunte la inversión y para que se pueda cumplir con el programa de gobierno en materia social- con que el Presidente declare que Chile es un país seguro de invertir, si simultáneamente un borrador de nueva Constitución preparado por una Convención Constitucional dominada por colectivos afines al gobierno, debilita, y en ocasiones mucho, los principios fundantes de toda economía de mercado exitosa.

/Escrito por Rolf Luders para La Tercera