Es de esperar que la postergación de las elecciones, junto con favorecer la salud de los ciudadanos (que de cumplirse los mejores augurios podrán votar en mayo sin envolverse en plásticos, bañarse en alcohol y considerarse recíprocamente apestados), contribuya a mejorar la salud de la democracia y de la política.

Porque si los ciudadanos están maltrechos o amenazados de estarlo por el virus, la política lo está por algo que es peor y cuyo remedio puede tomar más tiempo: la falta de ideas.

Basta dar un vistazo a la franja electoral para advertir dos rasgos que a cualquier persona preocupada de la vida democrática debiera preocupar: sus partícipes, salvo excepciones para las que los dedos de una mano son excesivos, no parecen tener ideas acerca de la cuestión constitucional o si las tienen no las consideran dignas de comunicarlas al electorado, o un raro pudor les obliga a callarlas por cálculo, por oportunismo o porque piensan que la audiencia es estúpida y no será capaz de entenderlas. Y así entonces, en vez de ideas, lo que hay es la manifestación de anhelos y de intereses, demandas más o menos predecibles expuestas en forma de eslóganes, gruesas frases reiteradas, deseos que circulan en el ambiente y para cuya satisfacción todos se muestran dispuestos. Una rápida enumeración permite comprobar el fenómeno: todos acaban de descubrir que la educación pública es mala, la opinión unánime es que la salud debe ser igual para todos, que el agua es un bien insustituible para la vida, que la desgracia de la vejez merece mejores pensiones, que los derechos sociales son una deuda impaga, y así. Las ideas políticas o propiamente constitucionales simplemente no existen o si existen, se callan, es decir, o hay ignorancia o hay mala fe.

Y ocurre que la democracia no se construye con ignorancia, es decir, con una suma de deseos y desconocimiento acerca de cómo satisfacerlos, ni con mala fe, es decir, con la voluntad explícita de ocultar lo que de veras se piensa, ni con tontería, es decir, repitiendo lugares comunes propios de bien pensantes. Pero es inevitable al mirar esa seguidilla de imágenes repentinas, de sketches breves y declaraciones vacías, pensar que la franja electoral no es una franja electoral, sino una parodia burlesca, que a veces se antoja esperpéntica, de una franja, o que todos -salvo los que se podrían contar con algunos pocos dedos de una mano- o son ignorantes u ocultan lo que piensan o, lo que es peor, no piensan.

Es de veras increíble que el evento electoral más importante de los últimos cincuenta años (cincuenta años, porque en los setenta los eventos electorales eran más decisivos) se esté ejercitando hasta ahora con algo que no es propiamente frivolidad, sino que se parece demasiado a la irresponsabilidad. La frivolidad tiene al menos la virtud de que el acto frívolo y ligero se ejercita con plena conciencia de hacerlo. El irresponsable en cambio ni siquiera tiene conciencia de serlo. Su irresponsabilidad no deriva del hecho que abandona su deber, sino de la circunstancia de que en realidad no lo conoce, su sentido se le escapa y por eso cree cumplirlo con cualquier payasada que se parezca a aquello que el deber mandaba.

Y así, de todos quienes participan de la franja, quizá los únicos verídicos son los pueblos originarios, porque con su sobriedad, su mudez y sus gestos apenas insinuados muestran de manera flagrante que existían, a pesar de que todos parecían empeñados en olvidarlos.

Pero el resto de los candidatos ha hecho de todo esto una parodia, una simple imitación burlesca, de una franja electoral cuyo objetivo, no hay que olvidarlo, era informar los puntos de vista en juego y entre los cuales los ciudadanos debieran escoger.

Por eso tal vez la postergación de la franja (que como casi todo lo que ocurre hoy día es el fruto de un diagnóstico médico que pronostica toses y anuncia ahogos) sea una excelente oportunidad para que, gracias a unos días de reflexión, los partidos y los independientes se tomen de una vez por todas este asunto en serio.

Por Carlos Peña para El Mercurio

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