La Convención Constitucional sigue en el centro del debate. No es para menos, dirán algunos, considerando que es la instancia que determinará nuestro futuro manual de instrucciones de la convivencia social. Pero de ahí a instalarla como una suerte de momento fundacional, algunos lo ponen en duda. “No quisiera caer en la ironía innecesaria, pero me cuesta creer que en el futuro el tiempo se medirá en años AB y DB (antes de Bassa y después de Bassa)”, escribía Gonzalo Cordero el domingo pasado, en referencia a las declaraciones del vicepresidente de la Convención que aseguró que ese organismo marca “el fin de una historia de despojos”.

Como decía el constitucionalista sudafricano Heinz Klug en una entrevista de Paula Escobar, no hay que olvidar que –tanto en su país en los 90 como en Chile hoy- estamos frente a una Asamblea Constitucional y no ante una Asamblea Constituyente que reclama una “tabula rasa” que “va a escribir la historia desde el día uno”. Nada de venganza, sino de responsabilidad, agregaba en referencia a lo que se hizo en Sudáfrica –que muchos han usado como referente. Un punto al que en parte apunta también Claudio Alvarado al advertir “la escasa preocupación por incluir a los adversarios” en el discurso de Bassa. Nada de “la casa de todas y todos”, escribe.

Y si para Alvarado el mayor error del vicepresidente de la convención es “creer que este proceso, ambiguo e indeterminado, les pertenece” y haber olvidado que los sucesos de octubre de 2019 no tenían dueño, para Paula Walker uno de los principales pecados de los convencionales “es el “síndrome de la galería” que consiste en hablar de una forma cuando la persona se sabe escuchada públicamente (…), y hablar en serio cuando se trata de lograr acuerdos, siempre que sea privadamente”. Y según ella, mientras no haya un compromiso de habla “veraz” se hará cuesta arriba la convivencia interna, más aún cuando crece cierta desafección de la ciudadanía al proceso.

Para Walker la convención enfrenta un desafío de “comunicación” para entregar “señales francas a la ciudadanía”. Un punto paradójico a la luz de otro problema que advierte Ascanio Cavallo en la convención y que releva en su última columna: “la sistemática desafección que ha mostrado la Convención” por la libertad de expresión, libertad “fundante” como la califica. “¿Inconciencia?” o “¿aturdida concesión a métodos antidemocráticos?”, se pregunta. Parecen crecer –o al menos son más estridentes- los que no creen en la libertad de prensa. Y como concluye Cavallo, el riesgo no es menor porque es esa libertad la que “sostiene la red de todas las demás protecciones”.

Para Joaquín Trujillo, “aquello que llamamos ‘una época’ consiste en ese trazo de tiempo, ese tiempo tan elástico, que hace larga y vivible la meseta entre dos abismos”. Frente a ello, la pregunta que surge es si estamos cerca de otro abismo que ponga fin a una época. Especulaciones y pronósticos no faltan por estos días, desde uno y otro extremo, del polarizado escenario político.

Boletín semanal de Opinión de La Tercera

/gap