Karim Benzema no necesita convencer a nadie a estas alturas. El francés, en el punto culminante de su carrera, es el gran culpable de que el Real Madrid se mantenga con vida en las semis de la Champions. Marcó en el momento preciso, cuando el Chelsea era un huracán incontenible. Su tanto restableció el equilibrio en el duelo, pura Copa de Europa. En el empate final nada tuvo que ver el árbitro, pese a los temores generalizados. Excelente noticia para todos.

El Real Madrid es un equipo hecho para la Champions, es indiscutible. Sobrevivió a la tormenta perfecta durante media hora larga como si intuyera que se le abriría una puerta en la eliminatoria. Pese a protegerse con tres centrales y buscar la proyección ofensiva por bandas de Carvajal y Marcelo, el equipo blanco no tuvo balón ni presencia por culpa del Chelsea, muy superior. También con tres centrales, el equipo de Tuchel se impuso donde menos se sospechaba, el centro del campo, agarrado a la verticalidad y el poderío de Kanté y Mount.

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Empezó avisando Pulisic, entre los centrales, y después perdonó Werner un gol clamoroso. Lo salvó Courtois, que se hizo grande en un remate a bocajarro. Ganaba el Chelsea en todas las facetas, esperando y saliendo a la contra o en ataque largo. No les hacía falta elaborar. Como en el primer ataque bastó un balón largo, exquisito, de Rüdiger entre Varane y Nacho para preparar el 0-1. Controló Pulisic, se escoró a la izquierda, sorteó a Courtois y marcó con temple.

Con todo, lo peor no era el gol, sino la sensación de superioridad londinense. No es el Chelsea de Di Matteo, una roca que vivía del talento ofensivo de Drogba. Este es un equipo más protagonista, y con mucho menos gol que aquel. Perdonó situaciones de superioridad en ataque. Un pecado ante un equipo como el Real Madrid, capaz de sobrevivir a un tsunami. Bastó con un arreón de Benzema, líder en el peor momento. Condujo el primer ataque serio con paciencia, se perfiló para la zurda y fabricó un tirazo al palo. En un córner, se impusieron por arriba Casemiro y Militao para llevar la pelota al área, Karim controló con la zurda y voleó con violencia a la red. Empate. Ver para creer.

 

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El empate rebajó las expectativas del Chelsea. A pesar del dominio de Kanté en la zona ancha, los laterales se sujetaron más atrás. Vinicius contribuyó a ello, encarando una y otra vez a Azpilicueta. Werner tuvo una contra en superioridad que estrelló en la red por fuera. El descanso vino bien a Zidane para aclarar algunos conceptos porque, sin cambiar piezas, el Madrid mejoró prestaciones. Casemiro se ancló atrás y aparecieron Kroos y Modric. Sin exagerar, tampoco. Al menos, el croata sufrió menos que en el primer acto. Como todo su equipo.

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Para sorpresa del personal, Zidane hizo el primer cambio y el sustituido no fue Marcelo. El ayer capitán no encontró el sitio con la pelota ni sin ella, especialmente en las contras. Entró Hazard, como parte del rodaje para la final de Londres. La contestación de Tuchel fue renovar el ataque al completo: fuera Werner y Pulisic, dentro Ziyech y Havertz. 200 kilos en danza. El Chelsea recuperó presencia en campo contrario, pero quien asustaba era Kanté, un portento.

El partido se cerró, como si ambos dieran por bueno el primer asalto. El Madrid apretó al final abusando del juego aéreo, donde el Chelsea mostró una flaqueza sorprendente. Pudo lograr la carambola Varane, tras tocar Chilwell. No habría sido justo. Los blues salen del Di Stéfano con ventaja, pero el Madrid es la Champions. Cuidado con él.

/Escrito por José María Rodriguez para Marca