Las elecciones tienen consecuencias. Mientras los ganadores tienen la oportunidad de implementar sus propuestas y hoja de ruta de reformas, los perdedores deben dedicarse a entender las causas de su derrota para llegar en mejor pie a la siguiente contienda electoral. Por eso, ahora es tiempo para que la derecha haga una evaluación profunda sobre las causas de su monumental reciente derrota electoral y sobre la incuestionable derrota política que tuvo ese sector durante el cuatrienio de Sebastián Piñera.

Hace 4 años, los partidos de derecha esperaban con ansias que Sebastián Piñera retornara a La Moneda y comenzara a desmantelar muchas de las profundas reformas que Michelle Bachelet había implementado en su segundo gobierno. Cuatro años después, muchos en la derecha hubieran preferido aceptar la propuesta de constitución de Bachelet que estar ahora a la merced de lo que decida la Convención Constitucional. Pero la realidad hoy es otra. El país está en medio de un proceso constituyente que parece destinado a producir una constitución que privilegiará los derechos sociales—con un enorme costo fiscal—y que pondrá trabas considerables a las libertades económicas. En la nueva constitución, la redistribución ocupará un lugar más importante que el crecimiento y la protección a los derechos de propiedad perderán importancia ante el objetivo de construir una costosa estructura de derechos sociales garantizados.

El profundo cambio político que experimentó Chile se produjo durante un gobierno de derecha. El giro hacia un estado más grande y un mercado menos vigoroso se dio durante la administración de un presidente que llegó al poder prometiendo todo lo contrario. Luego, corresponde preguntarse en qué falló Piñera y por qué la derecha no fue capaz de avanzar en su hoja de ruta—mientras que la izquierda sí supo hacerlo—en el cuatrienio que termina.

La principal razón de la derrota política e ideológica de la derecha fue que Piñera fue percibido como el defensor de los empresarios y los poderosos y no como el defensor de los mercados competitivos y de una cancha pareja. Desde el día en que Piñera decidió privilegiar la construcción de un gabinete de tecnócratas que no reflejaba la diversidad de la sociedad chilena, quedó clara la enorme distancia entre lo que Piñera prometía y lo que hacía su gobierno.

La decisión de Piñera de privilegiar un gobierno con los mismos de siempre fue apoyada tácita y decididamente por los partidos que componían la ya extinta coalición de Chile Vamos. En vez de levantar la voz para defender la necesidad de promover la meritocracia y la diversidad de orígenes, la derecha prefirió evitar la confrontación con el hombre que había derrotado fácilmente a Guillier en la segunda vuelta.

Pero los errores se pagan. Porque el gobierno nunca pudo desasociarse con la defensa de los más ricos, los empresarios y los poderosos, al poco andar, el nuevo gobierno perdió apoyo. La opinión pública le quitó tempranamente su apoyo al gobierno y a sus iniciativas. Cuando se produjo el estallido social, el gobierno de Piñera llevaba meses intentando infructuosamente avanzar su reforma impositiva, de pensiones y laboral. Más que el comienzo del fin, el estallido social vino a poner la lápida en el esfuerzo de la derecha por deshacer el legado que había construido Bachelet en su segundo periodo.

Ahora que muerde el polvo de la derrota, la derecha tiene la oportunidad para aprender lecciones y corregir errores. Para eso, la derecha deberá abrazar decididamente la defensa del libre mercado y de la competencia, asegurándose de marcar distancia clara y decidida con los poderes fácticos que se oponen a una cancha con igualdad de oportunidades para todos. Para lograrlo, la derecha deberá demostrar en sus liderazgos que ha aprendido la lección. En vez de presentar a los mismos candidatos de siempre o de usar la estrategia de head hunters para buscar candidatos, la derecha deberá comenzar a validar los liderazgos que se han construido desde las bases—desde los territorios. Hay una multiplicidad de alcaldes y líderes locales que defienden decididamente valores de derecha y que, no obstante, no pueden ascender a posiciones de liderazgo por no tener los apellidos tradicionales de derecha o por no haber ido a los mismos colegios de elite al que asistieron los líderes históricos del sector.

La mala noticia para la derecha es que ese sector tendrá pocos espacios de poder político real en los próximos meses. Pero la buena noticia es que la política siempre toma giros sorpresivos. Cuando cambien los vientos y la gente comience a buscar alternativas políticas distintas a las que ahora dominan en la Convención Constitucional, en el ejecutivo y el legislativo, la derecha podrá aprovechar la oportunidad para reconstruir poder político. Pero, para hacerlo, deberá aprender la lección de que la mejor forma de demostrar que cree en los mercados competitivos y la cancha pareja es practicando esos principios en la forma en que selecciona sus propios liderazgos.

Por Patricio Navia para El Líbero

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