Señor Presidente de la República:

«Es hora de cerrar el duelo». La frase no es mía, sino de José «Pepe» Mujica, expresidente de Uruguay, en el contexto de la conmemoración de los cincuenta años del golpe militar en su país. Cerrar el duelo no es consagrar el olvido. Todos los ritos de memoria, de recordar a los que partieron en horas aciagas y dolorosas, de no cejar -aunque parezca imposible- en esclarecer lo más posible lo que ocurrió, todo eso no solo es legítimo sino necesario.

Si esos ritos y actos de reparación no se hacen, toda comunidad está condenada a mantener hondas heridas abiertas, que tarde o temprano se infectan. En Uruguay se hace una marcha del silencio. Hermosa y significativa iniciativa. No los gritos, las vociferaciones, las consignas repetitivas, no, el silencio. El silencio para que nunca más. El silencio de una multitud puede decir más que miles de gritos.

Pero es hora de cerrar el duelo: el país debe hacerlo, y sobre todo la izquierda. Sí. La que sufrió en carne propia los horrores del fanatismo, el exilio, la desaparición, la tortura. Más grande y poderosa será esa izquierda si puede hacer esa resiliencia. Si no lo hace, quedará reducida a la administración de la victimización, que no es, sino, una forma de seguir dándole una victoria al victimario. Una parte de esa izquierda ya lo ha hecho, otra aún no lo hace.

Nadie tiene derecho, desde luego, de pedirle a quien sufre lo inconmensurable nada. Hay que respetar cada proceso de duelo personal, único e irrepetible. Pero tarde o temprano una comunidad tiene que cerrar el proceso de sanación y reencuentro y ello requiere de todas las partes grandeza, generosidad y humildad. Sobre todo generosidad de quienes fueron las víctimas de la violencia, en este caso de la violencia del estado.

Cuando Mandela salió de la cárcel y cruzó a tomarse un té con el líder de la minoría blanca, la minoría que había maltratado a su pueblo desde lejanos tiempos y lo había condenado a él a pasar largos años de encierro en una cárcel estrecha, en ese momento hizo un gesto político y ético de envergadura, invitó a sus seguidores (que clamaban en ese momento por venganza, por hacer arder por los cuatro costados las calles de Sudáfrica) a dar un salto de conciencia.

Son fundamentales los líderes adecuados para esos momentos en que una comunidad, después de largos años de división, decide cerrar el duelo. Mujica y Mandela son de esa estirpe de líderes que, desde su propio sufrimiento personal, dejan de mirar atrás: no cometen el error de Orfeo que miró atrás a Eurídice a punto de salir de la muerte a la vida, y la perdió para siempre. ¿Qué representa Eurídice en el caso de las comunidades fracturadas?

Tal vez la patria muerta que renace después de un largo viaje por las sombras. Pero solo si miramos hacia adelante, hacia la salida del largo túnel oscuro, adonde nos condenan las pasiones (muchas veces pasajeras) de la historia. Mujica y Mandela han sido los Orfeos de sus países. Hay mucho que aprender de ellos, Presidente, sobre todo en estas horas en que algunos -los que levantan su voz contra el negacionismo-practican un negacionismo tan brutal como el que dicen combatir.

Quieren negarnos a que estudiemos la historia, quieren negarnos a que escuchemos todas las versiones de lo ocurrido antes de la tragedia de 1973, quieren negarnos a que nos sentemos a conversar con nuestros ayer enemigos y hoy adversarios, quieren condenarnos a un relato oficial, a una verdad única. Es decir, quieren condenarnos a una dictadura tan feroz -pero de signo opuesto- a la que ellos mismos padecieron.

Eso es inaceptable, Presidente, es desvirtuar completamente el verdadero sentido de una conmemoración de estos cincuenta años. Si queremos que de esa conmemoración participen todos los chilenos y chilenas, poner a una mordaza a quienes osen plantear matices, interpretaciones distintas de una supuesta “verdad oficial”, es practicar el viejo y nefasto sectarismo de la que la izquierda y la derecha hicieron gala en los 70, sectarismo devastador, que dividió a las familias, que inoculó el odio y que terminó abriendo el espacio para que los peores demonios se desataran atacando allí donde las virtudes cívicas se habían debilitado irremisiblemente.

Nos quieren condenar a seguir encadenados en el pozo infesto de la historia, como esclavos de un resentimiento primario desde el cual no se puede forjar ningún proyecto colectivo ni tejer juntos ningún futuro. El encargado de coordinar y dirigir las actividades de conmemoración por usted designado, acaba de ser la primera víctima de la hoguera inquisitorial que los dueños de la verdad han encendido, solo por una frase sacada de contexto dicha en una entrevista radial.

Presidente: es urgente apagar esa hoguera, cualquier hoguera donde no haya espacio para la duda. Usted ha repetido varias veces esa memorable frase de Albert Camus, de que la “duda debe acompañarnos como nuestra propia sombra”. Solo dudar nos permite abrir una rendija para mirar por primera vez al otro, que piensa distinto a mí.

No debemos dudar de ciertos mínimos éticos fundamentales (como el respecto irrestricto a los derechos humanos), pero sí tenemos el derecho y el deber como comunidad de dudar de los relatos políticos, de las supuestas verdades históricas. Dudar no es olvidar. Cerrar el duelo y dudar, pensar juntos en la duda (que nos une más que la verdad) es tal vez el mejor homenaje que podemos hacer a las víctimas del odio y de una verdad (donde no hubo espacio para ninguna duda)impuesta en 1973 a sangre y fuego.

Lo saluda fraternalmente, Cristián Warnken.

  • Carta abierta publica en Pauta.cl