Chile enfrentó ayer su mayor corte de energía eléctrica desde el terremoto de 2010, con un apagón masivo que afectó desde Arica y Parinacota hasta Los Lagos. Cerca de 1,3 millones de clientes se encuentran sin servicio, según la Superintendencia de Electricidad y Combustibles (SEC).


Desarrollo analítico:

1. Un país paralizado: Impacto inmediato
El corte de energía ha generado un caos generalizado. En las principales ciudades, el tráfico se ha colapsado debido a la falta de funcionamiento de los semáforos, mientras que bomberos ha reportado numerosos rescates de personas atrapadas en ascensores. El Metro de Santiago suspendió sus operaciones, dejando a miles de pasajeros varados y obligando a muchos a caminar largas distancias para llegar a sus hogares. En el aeropuerto, los vuelos han sufrido retrasos, y los servicios esenciales, como hospitales y centros de salud, han tenido que recurrir a generadores de emergencia para mantener sus operaciones.

A través de las redes sociales, ciudadanos han compartido imágenes y testimonios que reflejan la magnitud del problema: calles congestionadas, edificios a oscuras y largas filas en estaciones de servicio. Este escenario no solo afecta la calidad de vida de las personas, sino que también tiene un impacto económico significativo, especialmente para pequeños comercios y empresas que dependen de un suministro eléctrico estable.

2. Antecedentes: Una historia de fragilidad
Este no es el primer apagón masivo que vive Chile. En marzo de 2010, tras el terremoto del 27 de febrero, un corte de energía afectó desde Antofagasta hasta Los Lagos, dejando sin suministro eléctrico a aproximadamente 13 millones de personas. En septiembre de 2011, otro apagón impactó a las regiones desde Coquimbo hasta el Maule, afectando a 9,8 millones de personas debido a una falla en un transformador de la subestación Ancoa. Más recientemente, en agosto de 2024, un temporal con vientos de hasta 124 km/h provocó cortes de energía en la zona centro-sur, dejando a cientos de miles de hogares sin electricidad por varios días y resultando en la muerte de tres personas electrodependientes.

Estos antecedentes revelan un patrón preocupante: el sistema eléctrico chileno, pese a su sofisticación, sigue siendo vulnerable ante eventos críticos, ya sean naturales o técnicos. La falta de redundancia en las líneas de transmisión y la incapacidad para operar de forma remota son problemas recurrentes que no han sido resueltos de manera efectiva.

3. La respuesta gubernamental: ¿A la altura de la emergencia?
Ante la magnitud del apagón, el gobierno convocó al Comité para la Gestión del Riesgo de Desastres (Cogrid) Nacional en las dependencias del Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (Senapred). Sin embargo, la respuesta inicial ha sido criticada por su lentitud y falta de transparencia. Aunque las autoridades han descartado un atentado y han llamado a la calma, la ciudadanía ha expresado frustración por la falta de información clara sobre las causas del corte y el tiempo estimado para restablecer el servicio.

La ministra del Interior, Carolina Tohá, ha asumido un rol protagónico en la gestión de la crisis, pero su mensaje inicial de tranquilidad contrasta con la gravedad de la situación. Mientras tanto, el ministro de Energía, Diego Pardow, ha estado ausente en las primeras horas de la emergencia, lo que ha generado dudas sobre la coordinación interna del gobierno.

4. Lecciones no aprendidas: ¿Está Chile preparado?
El apagón actual no solo es un recordatorio de las fragilidades del sistema eléctrico, sino también de las lecciones no aprendidas de crisis anteriores. Tras el terremoto de 2010, se prometió fortalecer la infraestructura y mejorar los protocolos de emergencia. Sin embargo, eventos como el temporal de 2024 y el apagón de 2011 demuestran que aún queda mucho por hacer. La falta de un plan de contingencia robusto y la incapacidad para comunicar de manera efectiva con la ciudadanía son problemas recurrentes que deben ser abordados con urgencia.


Conclusión reflexiva:
El apagón masivo que afecta a Chile no es solo un fallo técnico; es un síntoma de un sistema eléctrico que necesita modernización y mayor resiliencia. Además, expone las debilidades en la gestión de crisis del gobierno, que debe mejorar su capacidad de respuesta y comunicación ante emergencias de esta magnitud. En un mundo cada vez más dependiente de la energía, este incidente debe servir como una llamada de atención para fortalecer la infraestructura, garantizar la transparencia y asegurar que la ciudadanía esté informada y protegida. La pregunta que queda en el aire es: ¿Está Chile preparado para enfrentar una crisis de mayor magnitud en el futuro?

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