La reciente asunción presidencial de Rodrigo Paz en Bolivia no solo marcó un hito diplomático con la primera visita de un mandatario chileno a una investidura en La Paz desde 2006, sino que también se convirtió en el escenario de una elocuente narrativa no verbal. La postal más comentada—el breve y distante saludo entre el Presidente Gabriel Boric y su par de Argentina, Javier Milei—trasciende la anécdota para erigirse como un síntoma de las complejas tensiones ideológicas que reconfiguran las alianzas en la región.
El encuentro, capturado por las cámaras oficiales, se desarrolló con una frialdad calculada. Mientras Milei intercambió gestos cordiales e incluso un breve abrazo con mandatarios como Yamandú Orsi de Uruguay, Daniel Noboa de Ecuador y Santiago Peña de Paraguay, el protocolo se quebró al llegar al líder chileno. Boric fue el único jefe de Estado que permaneció sentado, limitando la interacción a un rápido apretón de manos carente de palabras y de contacto visual. Este gesto, aparentemente menor, constituye un lenguaje diplomático de alto impacto, que deliberadamente comunicó una falta de calidez y una marcada distancia en un foro multilateral.
La virilidad instantánea del episodio en redes sociales contrasta con el simbolismo histórico del que era partícipe la ceremonia: la presencia de Boric en Bolivia, rompiendo una ausencia de 18 años, fue un acto cargado de intención política. Sin embargo, este gesto de apertura quedó parcialmente opacado por la tensión con el vecino argentino, revelando la multidireccionalidad de las presiones geopolíticas que debe gestionar el gobierno chileno.
Este distante saludo representa un drástico contraste con el discurso oficial de diciembre de 2023, cuando Boric, acompañado de una comitiva de ministros, asistió a la toma de posesión de Milei. En aquella ocasión, el mandatario chileno afirmó haber viajado para “reafirmar una histórica y estrecha relación” y expresó su esperanza de trabajar “juntos sin vacilar en pos del bienestar de nuestra gente”. Un registro visual de un apretón de manos más prolongado y protocolarmente correcto en ese entonces da cuenta de un rápido deterioro en la química personal y la relación bilateral, agravado por las profundas diferencias ideológicas entre ambos gobiernos.
La Lectura Política Interna: La Crítica de la Oposición
La escena no pasó desapercibida en el frente interno, donde parlamentarios de oposición articularon una crítica severa que interpreta el gesto no como una defensa de principios, sino como una falta a la dignidad del cargo.
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El diputado Stephan Schubert (Partido Republicano) cuestionó la comprensión misma de Boric sobre sus deberes como Primer Mandatario, calificando el hecho de «vergüenza».
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La diputada Sofía Cid lo enmarcó en una “izquierda acomplejada”, acusando a Boric de privilegiar el “show ideológico” sobre la representación digna de Chile.
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En una línea similar, la diputada Catalina del Real tachó la acción de “vergonzosa” y de reflejar “la inmadurez con la que este gobierno ha tratado las relaciones exteriores”, argumentando que “lidera una barra brava y no un país”.
En conclusión, el frío saludo en La Paz funciona como un microcosmos de dinámicas más amplias. Es un acto que encapsula el choque ideológico en el Cono Sur, las complejidades de la diplomacia presidencial en la era de la viralización y la permanente disputa narrativa sobre qué constituye una representación estatal adecuada. Lejos de ser un simple incidente protocolario, el episodio subraya cómo los gestos personales entre líderes pueden adquirir un peso estratégico significativo, influyendo en la percepción de las relaciones bilaterales y alimentando el debate político doméstico.
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