Delcy Rodríguez cumple quince días al frente de la administración venezolana, investida con el título de “presidenta interina” tras la salida de Nicolás Maduro. Esta designación, válida tanto para el orden constitucional chavista como para la administración estadounidense, constituye un estatus que requiere una ratificación continua, particularmente desde Washington. El 14 de enero, Rodríguez sostuvo una conversación telefónica con Donald Trump, quien posteriormente celebró el contacto en su plataforma Truth Social. Horas más tarde, el mandatario recibió a María Corina Machado, a quien calificó de “mujer maravillosa”. Durante su visita, Machado se reunió con diversos funcionarios, consciente de que el camino hacia la recuperación democrática será arduo y espinoso.
No obstante, el desafío principal de Rodríguez trasciende la gestión de recursos petroleros, minerales o la restauración institucional. Su prueba fundamental, quizás la condición angular para cualquier progreso, radica en desmantelar el narcoestado consolidado durante la era de Maduro. Estados Unidos y sus aliados han prometido apoyo integral para que su legado no sea el de una mera heredera, sino el de un puente hacia una democracia plena y creíble.
En este proceso, una figura clave es su hermano, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional. Considerado un interlocutor viable con Washington, fue un promotor de Delcy como la opción más racional para una transición ordenada. “Estamos logrando avances extraordinarios mientras ayudamos a Venezuela a estabilizarse y recuperarse”, declaró Trump tras la llamada con la interina.
Estos avances deberán intensificarse. Más allá de la liberación progresiva de rehenes —planteándose si existen condicionamientos logísticos o tácticos detrás de su gradualidad— y de las aperturas diplomáticas y petroleras, la administración interina debe generar señales concretas en la lucha antinarcóticos. Esta es la prioridad observada desde Washington y América Latina. Rodríguez necesita demostrar que las estructuras del Cartel de los Soles, que impregnaron el Estado durante dos décadas, están siendo erradicadas.
¿Podría un logro significativo en esta área redimirla ante la ciudadanía venezolana? Es difícil de pronosticar, dado su papel protagónico en el antiguo régimen. Sin embargo, un desmonte efectivo del entramado narco dentro del poder le otorgaría oxígeno internacional y podría aspirar a una reevaluación histórica, aunque sea prematuro afirmarlo.
El futuro humano, político, económico y social de Venezuela depende, fácticamente, de la capacidad de Rodríguez para desarticular la influencia interna de los carteles. Sus próximas semanas y meses no solo sellarán su suerte como interina, sino que definirán el destino de los venezolanos dentro y fuera del país.
Para ganar un crédito de confianza global y aspirar a una absolución histórica —en términos de Fidel Castro—, Rodríguez deberá ser implacable con quienes intenten preservar el narco-régimen previo al 3 de enero. Mantener el statu quo o intentar un engaño internacional sería su perdición definitiva. Ya no hay espacio para simulaciones, dilaciones ni narcos en Venezuela. Una nueva era se avecina, incluso si su avance parece desarrollarse a cámara lenta.
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