En la configuración del nuevo gabinete puede haber decisiones que no me gusten. Así de claro y no tengo por qué ocultarlo. Sin embargo, creo firmemente que lo que corresponde en estos momentos es otorgarle al Presidente electo el beneficio de la duda sobre la elección de sus ministros.
Hoy se percibe en el país un ambiente de optimismo generalizado y, más importante aún, un deseo sincero de que terminen las divisiones que tanto han dañado la convivencia entre quienes creemos en una sociedad de la libertad, del mérito y del respeto institucional. El país viene de cuatro años marcados por desvaríos, confrontaciones estériles y una preocupante erosión de la gobernabilidad. Recuperarla no es una opción: es una necesidad urgente.
Hay que considerar, además, que el gobierno saliente no solo deja unas arcas fiscales seriamente deterioradas, sino que ha insinuado —de manera explícita y preocupante— que hará la vida imposible a las nuevas autoridades. Esa actitud, impropia de una democracia madura, no contribuye en nada al bienestar del país y sí alimenta un clima de tensión que Chile ya conoce demasiado bien.
En el ámbito económico, esta pluma tiene confianza. El gobierno electo cuenta con personas idóneas, que con experiencia y conocimiento para retomar una senda de crecimiento similar a la que supimos recorrer en el pasado, cuando el desarrollo no era una consigna vacía sino una realidad concreta. Crecer no es un capricho ideológico: es la única manera responsable de generar empleo, financiar políticas sociales sostenibles y ofrecer oportunidades reales, especialmente a los más vulnerables.
Quizá sea el segundo punto el que más inquieta: la amenaza permanente de movilizaciones reiteradas como método de presión política. Convertir la calle en un instrumento sistemático de desestabilización no es una forma legítima de participación democrática, sino una manera encubierta de desconocer la voluntad ciudadana expresada en las urnas. Gobernar exige decisión y especialmente “pantalones”.
El nuevo gobierno tiene por delante el desafío de generar estabilidad y certezas. Para ello requerirá tiempo, respaldo y también ser, capaz de anteponer el interés del país por sobre las legítimas diferencias políticas. No se trata de renunciar a las convicciones, sino de ejercerlas con madurez republicana.
Tenemos hoy un Presidente que ha mostrado talante institucional, respeto por la democracia y apego a las formas. Eso, en los tiempos que corren y después de lo que hemos vivido, no es poco. Por ello, más allá de que algunos de sus ministros no nos representen o no nos convenzan plenamente, todos debiéramos desearle lo mejor. No por él, sino por Chile; y muy especialmente por aquellos que más necesitan que las cosas resulten bien.
Este es el momento de sumar y no de restar. La hora del patriotismo y no de la soberbia; de la humildad y no de los caprichos; del diálogo franco y no de la descalificación. El país ya ha pagado un alto precio por la división. Aprendamos la lección.
Otorgar el beneficio de la duda no es ingenuidad. Es responsabilidad cívica. Ya habrá tiempo para juzgar; hoy corresponde… “que los hechos respalden las promesas”.
Por Cristián Labbé Galilea
/psg

