Los jóvenes pierden la confianza en la democracia. El 42% de los jóvenes de todo el mundo entre 18 y 36 años cree que el mejor régimen político es una dictadura militar y un 35% opta por un régimen civil pero autoritario, sin división de poderes ni parlamento. Así lo señala el estudio publicado por Open Society, propiedad del magnate George Soros, lo que tiene su gracia teniendo en cuenta quiénes son los mayores entusiastas del control total.

El presidente de la entidad, Mark Malloch-Brown, califica los resultados de «sobrios y alarmantes» y asegura que la popularidad de la democracia es menor para las nuevas generaciones, pues «la fe se va diluyendo entre los jóvenes a medida que aumentan sus dudas sobre la capacidad de la democracia para lograr mejoras tangibles en sus vidas. Esto debe cambiar».

Las advertencias de Open Society, por supuesto, no tienen que ver con los problemas que las democracias occidentales tienen para que sus ciudadanos se sientan representados. Es decir, la desafección entre las élites y el pueblo no parece importarles demasiado. El peligro que ellos detectan es que esas democracias liberales muten en regímenes autoritarios con gobiernos fuertes y soberanos, lo que en la práctica supondría una menor dependencia del exterior.

Aunque la desafección juvenil se lleve los titulares en casi todos lados, el barómetro arroja otras conclusiones interesantes. Por ejemplo, sobre Francia. El 66% de los franceses teme la violencia política. El dato no debe sorprender a nadie tras décadas de polarización social, desafección hacia la clase política y revueltas callejeras. Ningún fenómeno como el de los chalecos amarillos explica mejor este hartazgo, un movimiento transversal que aglutina a franceses —especialmente de clase media— con algo en común: un profundo desencanto hacia un sistema que les castiga a impuestos, prohibiciones y una capacidad adquisitiva menguante.

Los chalecos amarillos han protagonizado disturbios y movilizaciones multitudinarias en los últimos tiempos por la subida de los carburantes, la cruzada contra el diésel, las restricciones al vehículo, la subida en la edad de jubilación y la precariedad de los servicios públicos. La sensación generalizada es que el Estado saquea al ciudadano que no percibe un retorno de ese dinero vía impuestos. Además, hace unos meses estos franceses organizados asaltaron la sede del mayor fondo de inversión del mundo, Blackrock, en una de las mayores acciones violentas contra el globalismo que se recuerdan.

No es casualidad que el 50% de los franceses señale que las leyes en su país no garantizan su seguridad personal. El malestar en Francia es tal que ni siquiera es descartable un estallido civil, como reconocieron en 2021 un grupo de militares en activo. «Vemos la violencia en nuestras ciudades y pueblos. […] Vemos cómo el odio contra Francia y su historia se convierte en la norma. […] Esta decadencia anuncia un caos y violencia que no vendrán de un pronunciamiento militar, sino de una insurrección civil. […] Si estalla una guerra civil el Ejército mantendrá el orden en su propio suelo. […] Nos hemos dejado la piel para destruir el islamismo al que ustedes hacen concesiones sobre nuestro territorio. […] Actúen, señoras y señores. No se trata de prolongar sus mandatos o de conquistar otros. Se trata de la supervivencia de nuestro país, de su país».

Estos síntomas de agotamiento son más pronunciados en Occidente, donde ya no es tabú hablar de un cambio hacia un sistema más autoritario. Es la retribalización, un concepto que alude al deseo de un líder fuerte que apele directamente a la gente en un marco político cuya capacidad de actuación no la limite la prensa, la Justicia, los sindicatos o los intelectuales. El término es obra de la fundación belga Ceci n’est pas une crise, que publicó un estudio en enero en el que muestra que el 69% de los belgas reclama un líder fuerte, sin parlamento ni elecciones, el 71% quiere deshacerse de unas élites que «actúan en contra de los intereses de personas corrientes» y el 62% respalda a un gobierno autoritario. Otro dato: sólo el 22% está a favor de las sociedades abiertas.

Volviendo al trabajo de la fundación de Soros destaca esta predicción: los encuestados creen que China será el país más influyente en 2030. Excepto Japón, menos de la mitad de los participantes en el estudio de todo el mundo cree que esto tendrá un impacto negativo en su país, lo que demuestra que la influencia china es una realidad en los cinco continentes.

/gap