El Presidente, antes de asumir, dijo que quería “una prensa que incomode al poder”, sin embargo, desde que ejerce el poder pareciera ser que al poder le incomoda la prensa. Lo molesta, le enoja. Varias veces ha perdido la compostura frente a la prensa, humillado a periodistas cuando le preguntan frente a cosas que eran evidentemente cuestionables y las que ameritaban su respuesta. Hoy suma a esa lista “matonesca” la respuesta al periodista que le preguntaba por la imagen país frente a la falta de prolijidad en la organización de los Juegos Panamericanos. El Presidente buscó pautear a la prensa culpándola de la potencial mala imagen: “Depende un poco de ustedes también, de cómo se presente esto ante el mundo”. Es decir, ¿la prensa, según su visión, debe ocultar, matizar o abiertamente mentir? Es decir, ciertamente no incomodar al poder.

Lo curioso es que, precisamente en China, mostrando falta total de prudencia, sin considerar el totalitarismo imperante en ese país y desafiando al mismo Xi Jingping, el Presidente en su “clase magistral” instó a los jóvenes chinos a “mantener siempre una dosis de rebeldía, a no conformarse con las versiones oficiales, a cuestionar lo que se da por hecho porque es la manera de avanzar en el conocimiento. Es la manera en que se mueve el mundo”. Es decir, esto muestra que el Presidente tiene abiertamente un doble discurso. Afuera desafía al gigante chino, único potencial socio que le queda tras la destrucción del Chile pujante de los 30 años, adentro no quiere rebeldía, ni cuestionamientos… busca la verdad oficial.

Recién en septiembre para la conmemoración de los 50 años del golpe militar, el Presidente y el gobierno buscaron abiertamente instalar una verdad oficial, sin rebeldías ni voces disidentes. Pero bastó el hecho que quisiera promover la figura de Salvador Allende para que esta figura cayera en imagen como nunca antes en los últimos 50 años. Pareciera ser que su afán por la verdad oficial, genera desconfianza en las personas. El pensamiento crítico hace desconfiar y el Presidente con sus “rabietas” genera todo lo contrario a lo buscado.

Ciertamente la historia oficial no puede existir, el tiempo enfría las pasiones y la historia se revisa desde el presente de modo diferente y debe poder cambiar frente a los antecedentes disponibles en el tiempo. La historia objetiva no existe, la historia la hace el historiador y por eso frente a una misma realidad hay diferentes versiones. Las pulsiones totalitarias no simpatizan con la libertad de expresión, ni con la libertad para interpretar el pasado. Buscan fijar y promover desde la propaganda una verdad oficial.

El solo hecho de pensar en una verdad oficial, huele a totalitarismo. El Presidente Boric y su gobierno en Chile buscaron en forma descarada hace sólo un mes instaurar una verdad oficial sobre el pasado y el presente de Chile. Pero va a China, país abiertamente totalitario y controlado a instar a sus jóvenes a disentir. Cuesta entender qué pasa por su cabeza. Pareciera que quiere verse frente al mundo como un “demócrata”, pero su alma a la “izquierda del Partido Comunista” quiere y sueña con el “ministerio de la verdad”. El control de medios es el gran sueño, ya que en el fondo no es realmente democrático.

La democracia liberal es algo relativamente nuevo en el mundo. Implica reemplazar la ley del más fuerte en política, dejar de lado la violencia física como un modo de hacer política y reemplazar eso por la urna. Implica aceptar, la libertad de opinión, de asociación, el respeto a las instituciones y a la ley como algo sagrado. El Presidente no es amante de la libertad de opinión. Él y sus “amigos” dividen la realidad en los “amigos” y “enemigos”.

Buscan instalar lo políticamente correcto y quieren silenciar a los disidentes. Validan la violencia física como un modo de hacer política y sí, hace cuatro años quisieron derrocar a un gobierno legítimamente electo por medio de una revolución espuria. Quemaron el país para hacerse del poder. La verdad es que las credenciales democráticas dejan mucho que desear. La prensa debe para él cuadrarse a la oficialidad o no ser. Que no incomode….

Por Magdalena Merbilháa, periodista e historiadora, para El Líbero

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